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La trágica razón por la que las ventanillas de los aviones son redondas y no cuadradas

En los años 50, el de Havilland Comet sufrió accidentes fatales por la fatiga del metal en las esquinas, obligando a cambiar el diseño del fuselaje.

Flickr/CC/Rafael Edwards

En la aviación comercial, cada detalle responde a una razón técnica. Esto quiere decir, entre otras cosas, que la forma ovalada de las ventanillas no es una elección estética, sino el resultado de una de las lecciones más duras en la historia de la ingeniería. Detrás de ese diseño aparentemente simple hay accidentes, investigaciones sin precedentes y un cambio estructural que salvó incontables vidas.

A comienzos de la década de 1950, los aviones empezaron a volar a mayor altitud para ganar eficiencia. A más altura, menor densidad del aire y menor consumo de combustible. Para hacerlo posible, fue necesario presurizar la cabina y adoptar fuselajes de forma cilíndrica capaces de soportar la diferencia de presión entre el interior y el exterior.

En ese contexto irrumpió el de Havilland Comet, el primer avión comercial de reacción del mundo. Rápido, moderno y silencioso, simbolizaba el futuro del transporte aéreo. Sin embargo, incorporaba una característica que pronto demostraría ser fatal: ventanas cuadradas.

La tragedia que cambió la aviación

En 1953 y 1954, varios Comet se desintegraron en pleno vuelo. Uno de los accidentes más impactantes ocurrió el 7 de abril de 1954, cuando un aparato que cubría la ruta entre Roma y Londres cayó tras sobrevolar el Mediterráneo. Meses después, otro avión similar sufrió un destino parecido. Las investigaciones iniciales no detectaron fallos en motores ni errores humanos.

La respuesta llegó tras una investigación exhaustiva que incluyó pruebas de presurización en laboratorio. Los ingenieros descubrieron grietas en el fuselaje, concentradas en las esquinas de las ventanas. Por tanto, el problema no estaba en el aire ni en los pilotos: estaba en la física.

¿Qué sucedía exactamente? Hay que saber que, cuando un avión asciende, la cabina mantiene una presión superior a la del exterior para que los pasajeros puedan respirar. Esa diferencia provoca una tensión constante en la estructura. En una ventana cuadrada, las esquinas de 90 grados actúan como puntos de concentración de esfuerzos. Se calcula que hasta el 70% de la presión podía acumularse en esos ángulos.

Con cada ciclo de presurización y despresurización, el metal sufría fatiga. Las grietas crecían de forma invisible hasta que el fuselaje cedía. El avión no explotaba por un fallo puntual, sino por un desgaste acumulado en puntos críticos.

El círculo como solución

Tras confirmarse la causa, la industria aeronáutica modificó el diseño de inmediato. Las ventanas pasaron a ser redondas u ovaladas. La razón es sencilla desde el punto de vista estructural: una forma curva distribuye la presión de manera uniforme, evitando puntos débiles.

Al eliminar las esquinas, la tensión fluye alrededor del marco sin concentrarse. Esto incrementa la resistencia del fuselaje frente a los continuos cambios de presión que experimenta en cada vuelo. La medida se convirtió en estándar global y redefinió los criterios de seguridad en la aviación comercial. Hoy, tanto en aeronaves de Boeing como de Airbus, las ventanillas mantienen ese diseño curvo que nació de la necesidad.

Más que cristal: ingeniería en capas

Si bien es cierto que las ventanas actuales no son simples cristales, actualmente están compuestas por varias capas de acrílico de alta resistencia. La capa exterior es la que soporta la mayor presión, mientras que las interiores actúan como refuerzo y protección adicional.

Además, en la parte inferior se encuentra un pequeño orificio conocido como "agujero de respiración". No conecta con el exterior, sino con el espacio entre capas. Su función es equilibrar la presión de forma gradual y evitar que las capas internas soporten una carga excesiva. Además, permite que la humedad escape y reduce el riesgo de empañamiento o congelación. Incluso las ventanas situadas en el morro del avión presentan diferencias, ya que deben resistir impactos y mayores niveles de presión.

La próxima vez que un pasajero observe las nubes desde 10.000 metros de altura, estará mirando a través de una pieza de ingeniería moldeada por la experiencia y la tragedia. La forma redondeada no es un detalle decorativo: es el recordatorio de que, en aviación, cada curva tiene una razón y cada mejora nace de una lección aprendida.

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