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El bikini, permitido en Benidorm antes que en Francia

Pocas ciudades en España habrán recibido mayores ataques y desprecios por parte de las elites pensantes, de izquierdas y de derechas, que Benidorm.

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Una joven toma el sol en la playa en bikini | Cordon Press

Pocas ciudades en España habrán recibido mayores ataques y desprecios por parte de las elites pensantes, de izquierdas y de derechas, que Benidorm. Pero algo bueno debe tener cuando por ella pasan millones de visitantes (ya supera los 11 millones de pernoctaciones anuales), que a su vez dejan docenas de millones de euros.

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Pedro Zaragoza | EFE

El Benidorm que conocemos debe su existencia a Zaragoza... A Pedro Zaragoza Orts (1922-2008), alcalde entre 1950 y 1967, y que, como manda el tópico, en EEUU habría merecido biografias y películas por su vida, su ingenio y su presciencia para convertir un pueblo de pescadores de menos de 2.000 habitantes en una ciudad de veraneo de más de 65.000 residentes permanentes conocida en toda Europa.

Hijo y nieto de pescadores y marinos abandonó los estudios de oficial de marina mercante en Barcelona (en la misma escuela en la que estudió Miguel Delibes) y se marchó a Madrid, donde trabajó de maletero en la estación de Atocha hasta que encontró un empleo como ayudante de picador en unas minas de fosfato en Cáceres. Consiguió que lo nombraran gerente y descubrió un filón, por el que le premiaron con 500.000 pesetas, un dineral en esos años con el que habría podido comprar cuatro o cinco pisos de categoría en Madrid y vivir de su alquiler. Sin embargo, regresó a Benidorm en 1950, por la muerte de su padre. Entonces, el gobernador civil le ofrecio la alcaldía como tercera vía entre dos grupos locales enfrentados. Entonces el presupuesto municipal de Benidorm rondaba las 70.000 pesetas.

Lo primero que hizo fue avalar a los vecinos del pueblo que estaban exiliados por la guerra y que no hubieran matado a nadie para que regresaran. Luego se volcó en el desarrollo turístico del pueblo, no sólo para el mercado español, sino también para el europeo.

Consulado en Laponia

Aparte de asfaltar las calles, asegurar el abastecimiento de agua potable y diseñar una ciudad con avenidas más anchas que las de Valencia o Alicante (la comisión de urbanismo las redujo porque las creía un delirio), recurrió a formidables campañas publicitarias, como montar en 1959 el Festival de la Canción de Benidorm (con el compromiso de pagar cinco millones de pesetas a la Red de Emisoras del Movimiento si llovía) y firmar en 1964 acuerdo con una caja de ahorros vizcaína para dar un viaje de novios a las parejas que se casasen en la fiesta de la Virgen de Begoña.

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La más espectacular de estas campañas fue la realizada en Escandinavia. Zaragoza envió contenedores con miles de ramas de almendro florecidas a Estocolmo en diciembre que se repartieron en las calles y se colocaron en los escaparates de las tiendas. Y abrió el consulado de Benidorm en Laponia; los alicantinos pasearon a una pareja de lapones, vestida con su traje tradicional, por Helsinki, Barcelona y Madrid con un cartel que decía que se iban a Benidorm. Los lapones le dieron un susto al alcalde, ya que en la playa, ante los periodistas, vestidos con traje y corbata como era habitual, se quitaron toda la ropa, salvo los calcetines, para darse un baño. Como colofón, en las ferias de turismo se ofrecía sol embotellado.

Así, Benidorm asociaba su nombre a verano y playa, y a los ciudadanos de los países socialdemócratas no les importaba viajar a la España franquista para pasar sus vacaciones. La solidaridad obrera que no funcionó en 1914 contra la guerra y el nacionalismo tampoco lo hizo en los años 50. Para recibir a los miles de turistas, la urbanización se realizó en altura; así nacieron los rascacielos. Hoy son tantos que hacen que Benidorm sea la ciudad del mundo con más rascacielos por habitante.

Multas a quienes insultaban a las turistas

La anécdota más conocida de Zaragoza es su batalla por legalizar el bikini, diseñado en 1946 y prohibido en los años 50 en varios países europeos del sur, como la Francia de la IV República, con gobiernos de centro-izquierda. En 1952, permitió el uso de la prenda en su término municipal, pues las turistas nórdicas se la ponían sin vacilaciones.

Los puritanos católicos, alguno con asiento en el consejo de ministros, pusieron el grito en el cielo. Se dice que al arzobispo de Valencia, el vasco Marcelino Olaechea, le llegaron peticiones para que excomulgase a Zaragoza, aunque no se ha descubierto semejante expediente en el archivo diocesano.

Como el asunto se enredaba cada vez más, Zaragoza optó por acudir al máximo poder de la España de entonces. Se subió a su Vespa (¡un alcalde sin coche oficial, qué escándalo, oiga, qué demagogia!) y se dirigió al palacio del Pardo, en las afueras de Madrid, en un viaje de ocho horas. Se presentó ante el general Franco oliendo a gasolina y con alguna mancha de grasa para defender su postura.

Franco le recibió, se rió con él ("Mi general, los bikinis los vende Löewe") y le dio su apoyo. Ahí acabó la polémica, y el bikini puso en Benidorm su pica en Flandes.

Además, Zaragoza multó a quienes insultaban a las mujeres con bikini. Un método este, el de la multa, que quizás deberían recuperar las alcaldesas podemitas de Barcelona y Madrid para castigar las conductas incívicas en la Barceloneta y Las Letras, en vez de pontificar sobre el barricidio y el capitalismo depredador.

Según contaba Pedro Zaragoza, Franco, que le llamaba "el alcalde de la Vespa", le permitió acudir al Pardo siempre que lo considerase necesario. Ahí nació una relación entre la familia Franco y la de Zaragoza. La esposa y la hija de Franco solían ir unos días todos los años a Benidorm. Zaragoza, licenciado en Derecho en 1976, realizó las declaraciones de IRPF de la señora de Meirás, título que concedió a la viuda de Franco el rey Juan Carlos nada más ser proclamado.

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En España, Benidorm se convirtió en el epicentro del bikini.

A pesar de la amistad y de la admiración que tenía Zaragoza por Franco, como procurador en Cortes se opuso a la restauración de la monarquía en la persona de Juan Carlos de Borbón. Otro alcalde del Reino de Valencia, Agatángelo Soler, preguntaba en las Cortes por el dinero destinado en los Presupuestos Generales del Estado a la ex reina Victoria Eugenia. ¡Otro escándalo! Un político que vota contra las instrucciones de su partido y de su caudillo, cuando en el PSOE quienes eran enemigos de Pedro Sánchez ya ven naciones sin Estado por toda España para conservar el sillón.

Y así el turismo, ese gran invento como decía una película española, sirvió para retirar del tajo de la pesca a cientos de personas y para que otros millones, desde España a Noruega, disfrutasen de algo antes reservado a los ricos. Pero vaya usted a explicárselo a los niñatos que viven de sus padres o de ser técnicos-asesores en movilidad de los ayuntamientos del cambio.

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