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¿Qué lecciones pueden sacarse del acto de salvajismo vivido en el aeropuerto de Barcelona? Primero que estamos ante dirigentes sindicales salvajes, que no les importa pisotear los derechos de miles de ciudadanos para que se satisfagan sus demandas. La utilización de los viajeros como rehenes es propia de sociedades cerradas. En segundo lugar, esa conducta salvaje debería hacernos recordar una obviedad: el sindicalismo español lleva muerto muchos años. No ha conseguido sobrevivir con dignidad fuera de las consignas de los políticos. Por desgracia para los derechos laborales, los sindicatos españoles siguen siendo meras correas de transmisión de la izquierda partidista. Amortizada la función política que tuvieron durante la Transición, nunca supieron adaptarse a las nuevas circunstancias de una democracia moderna, menos todavía supieron hallar su lugar en el nuevo mundo laboral surgido de la globalización.
De fracaso en fracaso, pero apoyados por una legislación injusta que los mantiene sin tener que responder ante nada y ante nadie, el sindicalismo español ha quedado reducido a pagar miles de nóminas de burócratas sin otro oficio que mantener un cuento de otro siglo. Sobreviven de los impuestos de los españoles que, en su inmensa mayoría, están hartos de este fraude sindical, que está favorecido por una ley patética al servicio del "bipolio" sindical. A estos sindicatos de irresponsables, sin embargo, les pedimos responsabilidades cuando provocan un caos como el del aeropuerto de Barcelona. No nos damos cuenta de que eso es un sinsentido. Es absurdo pedir responsabilidad a quien ha hecho de la irresponsabilidad su norma de comportamiento. El sindicalismo serio y eficaz en España sigue siendo un desiderátum.
La tercera lección política del caos del aeropuerto de Barcelona es evidente: un Gobierno populista y "revolucionario" requiere de sindicatos salvajes y dispuestos a romper el discurrir normal de la vida ciudadana. Los sindicatos españoles, que habían perdido buena parte de sus funciones por una absoluta inoperancia e ineptitud de sus cuadros dirigentes, han visto su gran oportunidad con el Gobierno de Zapatero. En efecto, la "mediación" del Gobierno, en realidad la intervención arbitraria y de acuerdo con los violentos, es para que sean cubiertas todas las exigencias de los huelguistas sin importar su irracionalidad. He ahí una prueba más de que Zapatero –por si no era suficiente su negociación con los asesinos de ETA– sólo atiende, negocia y transige con los violentos, con los salvajes. La concesión hecha hace sólo unos días a los pilotos de Iberia por la intervención del Gobierno es el modelo seguido por los huelguistas de Barcelona. En las dos ocasiones la mediación de la ministra de Fomento no pudo ser más lamentable, porque solventó el problema concediéndole todo a los violentos.
Otras dos enseñanzas laterales, o sea, irónicas podemos extraer del caos creado por los huelguistas contra los pasajeros. Por un lado, José Montilla, ministro de Industria y de Turismo, parece que nunca se ha considerado miembro del Gobierno sino un delegado de la Generalitat, toda vez que ha declarado que él no tenía nada que decir sobre el asunto del aeropuerto, "porque era una competencia del Gobierno de Madrid". Segundo, Magdalena Álvarez, ministra de Fomento, no ha culpado, como hizo cuando la nevada, a los pasajeros de la desgracia de soportar una huelga salvaje. Es un salto cualitativo en el populismo ramplón de este Gobierno. En todo caso, lo más grave del caos del aeropuerto de Barcelona, es que nos han dejado ver el rostro salvaje de unos sindicatos-basura.

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