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Asisto a un curso sobre Ángel Herrera Oria en Santander organizado por la Asociación Católica de Propagandistas. Todos los participantes coinciden en que es imposible comprender la historia de España del siglo XX sin la figura de Herrera. Todos ellos tienen razones suficientes para defender esa tesis, pero esa razonable y justa posición contrasta con el escaso conocimiento que se tiene de Herrera Oria fuera de los círculos de los especialistas. He ahí la primera señal para hablar de Ángel Herrera Oria como una causa perdida. Un fracaso. Naturalmente, no quiero decir que él sea un fracasado, sino que la sociedad ha fracasado por no tomarse en serio su mensaje. El fracaso es antes una cuestión social e histórica que subjetiva. Es otra manera de hablar del fracaso de una sociedad. Es una forma literaria de abordar la moral y la política.
La biografía de este personaje es, sin duda alguna, una de las principales causas morales y políticas de España, pero es menester reconocer que ha perdido, o peor, ha sido vencido por sus adversarios y enemigos para actualizar su mensaje. Su razón de ser ha fracasado en la historia política de la España contemporánea de modo parecido al fracaso del liberalismo de Ortega. Sin embargo, que no hayan triunfado ni uno ni otro en el terreno de la práctica, de lo concreto, no dice nada en contra de esos principios, pensamientos y proyectos culturales, sino contra el salvajismo que impide la existencia de ciudadanos cristianos o ciudadanos liberales, respectivamente.
El fracaso de Herrera Oria es semejante, por lo tanto, al fracaso de Ortega y Gasset. Es, en verdad, la síntesis de liberales y cristianos el principal problema ideológico que deberá resolver el PP si quiere llegar al poder. Dudo mucho de que los actuales dirigentes aborden el asunto, cuando ni siquiera son capaces de asumir con contundencia y efectividad los principios del llamado ciudadano cristiano, que está siendo expulsado por el Gobierno del espacio público con la saña propia de regímenes totalitarios... En todo caso, Herrera tuvo su último momento de éxito durante la Transición. Eso fue lo que mantuvo Alfonso Osorio, vicepresidente del Gobierno durante la primera época de Suárez y discípulo de Herrera Oria, en su intervención a favor de esa causa perdida.
Aunque él murió en 1968, según Osorio la Transición española habría sido inviable sin los principios de Herrera. Fue, sin embargo, su último y efímero éxito, porque muy pronto todo se fue a pique, entre otros motivos por una ley electoral con listas cerradas y bloqueadas y un Estado de las Autonomías absurdo. Hoy, en verdad, España vive de las pocas luces que aún quedan encendidas de ese período iluminador de nuestra historia reciente. El poderío de los principios y la acción política que Herrera defendió aún siguen vigentes: fortaleza en los principios del ciudadano cristiano y flexibilidad en las formas de organización política, defensa sin límite de las libertades, empezando por la de conciencia, y diálogo permanente con todos los adversarios políticos.
Defensa, en fin, de la ciudadanía, de la posibilidad de crecer como ser humano en lo público por encima de cualquier imposición de una casta política o intelectual. Esta sigue siendo la idea firme de un ciudadano cristiano, de un ciudadano a la altura de su tiempo. He ahí mi preferencia por una causa perdida en la España de Zapatero, o sea, la España de la persecución de las libertades en general y de las religiosas en particular. Contra esa persecución vale la pena arriesgarse por una causa perdida. Es la causa de Herrera. Es una forma estoica, española, de vivir en el fracaso.
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