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Estatut

¿Neocentralismo español?

El Estatuto de Cataluña vuelve a ser trágico para toda España. Ha deslegitimado todo el sistema político. Las débiles instituciones políticas no soportan tantas contradicciones. La democracia española se derrumba. Es la hora de exigir responsabilidades. El Rey, por supuesto, no se libra de responder a esa exigencia, pero, aunque no se lo merezca personalmente, dejaré a un lado esta figura, porque aún me queda un finísimo hilo de confianza en la Constitución de 1978. Es, pues, sencillo mantener que el único culpable de esa tragedia es Rodríguez Zapatero. Nadie logrará engrandecer sus acciones rastreras contra la propia institución que representa. Nadie conseguirá jamás justificar su inmundicia. Es imposible hacer grande a un hombre pequeño.

Pero, en verdad, Rodríguez Zapatero es el más perfecto representante de una "elite" política que, durante treinta y cinco años, sólo ha tenido un objetivo: mantenerse en el poder destrozando todas las tradiciones, todos los vínculos y lazos entre los individuos que pueblan un país llamado España. La continuidad de España, base de nuestra civilización, ha sido cuestionada, destrozada y pisoteada por las ideologías más o menos sectarias y partidistas de la casta política española. Se diría que parece triunfar en la práctica la tesis revolucionaria de la superioridad del hombre natural y salvaje sobre el culto, histórico y civilizado.

Es necesario repetir que la aprobación del Estatuto de Cataluña en el parlamento de España fue el golpe definitivo a ese proceso contra la nación española. El principal culpable de este asesinato político, sí, fue Rodríguez Zapatero. He ahí el dato histórico decisivo, determinante de nuestra vida política, que nadie discutirá en el futuro. Su traición es ya histórica. Rodríguez Zapatero fue, es y, sin duda alguna, será un traidor a su patria. A su nación. Él, naturalmente, ni siquiera conoce el significado de esas palabras. Más aún, tanto detesta la idea de España como patria común de todos los españoles, que la utiliza como insulto contra todo posible adversario político.

Este profesional del poder, este político terrible y resentido, ya ha pasado a la historia de la infamia política por impulsar este Estatuto de Cataluña. Pero, en honor a la verdad, este hombre no ha estado solo en su perversa acción; en realidad, podría decirse que esta figura política es un precipitado, cuyo principal excipiente es el separatismo, del comportamiento de toda una "elite" política que no sólo no le ha importando el Estado-nación, sino que ha hecho de su desmontaje, durante los últimos treinta y cinco años, el eje central de sus desmanes políticos. ¿O es que acaso la cláusula Camps en el Estatuto de la Comunidad Valenciana no obedece a ese afán destructor de la nación española?

El espectáculo ofrecido por el Tribunal Constitucional respecto al Estatuto de Cataluña es sólo un ejemplo más de ese cúmulo de ataques contra la nación española. No es, pues, esa institución la única culpable de esta tragedia que se cierne sobre España. Aparte de los ya mencionados, estoy convencido de que otro de los principales causantes de este fiasco histórico es el diario El País, que el sábado pasado volvía a ofrecernos en el editorial una muestra rastrera de su cinismo moral. Sí, sí, lejos de analizar con un mínimo rigor la perversidad ideológica y política que ha traído el Estatuto de Cataluña, o sea, Rodríguez Zapatero y los separatistas, culpa a los magistrados del constitucional de dar carnaza a una discusión imposible y eterna entre el "neocentralismo español" y el "soberanismo catalán".

Hay que tener mucha mala fe y, sobre todo, ser un indigente intelectual para mantener que existe aquí y ahora, en la España de 2010, una fuerza política defensora de un nuevo centralismo español. Por favor, sean serios, y reconozcan algo evidente: es la debilidad de esa fuerza política central, o mejor, su carencia, precisamente, la única capaz de explicar el drama de España. Más aún, la desaparición de las instituciones democráticas es el resultado, en efecto, de un asalto a la nación, que tiene en los defensores del Estatuto de Cataluña, entre los que destaca el propio presidente del Gobierno, sus principales valedores.

Si no les gusta esta explicación de la muerte de la democracia en España, entonces sólo me queda recurrir a una viñeta de Mingote:

    • Comprendo lo difícil que es gobernar un país democrático cuando los más fieles partidarios del Gobierno son tenaces dinamitadores de la democracia.
    • ¿Y si empezáramos a llamar a las cosas por su nombre?

El Sr. Maestre es filósofo y escritor. Su último libro publicado es La escritura de la política (2012). Miembro del panel de Opinión de Libertad Digital y comentarista de esRadio.

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