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Columna publicada el 15-11-2005
Una gangrena moral corroe al Gobierno de España. Los “intelectuales” de Zapatero huyen despavoridamente ante la enfermedad. Están girando rápidamente. Sus intereses mezquinos de antaño quieren borrarlos de prisa y corriendo, ya han empezado a “ensayar”, o sea, a hacer suyos, que es otra manera de apropiarse de lo ajeno, maduros argumentos de quienes siempre mantuvimos que Zapatero no tenía ni legitimidad de origen ni de ejercicio. Excepto la escoria del socialismo más burocratizado, que sigue ladrando a la ciudadanía, levantada un día sí y otro también en toda España contra un Gobierno sin ninguna política democrática, nadie con entidad defiende la locura de este Gobierno. He ahí el verdadero hecho político y, sin duda alguna, dramático, que son incapaces de enfrentar las agencias socializadoras de la “política” socialista. El fracaso de PRISA en este punto es apoteósico. Su recorrido hasta que esto termine será duro.
Miro a mi entorno, leo los análisis políticos en los periódicos, oigo las tertulias de la radio e, incluso, presto atención a los “intelectuales” cercanos al PSOE, especialmente a quienes abandonaron las tesis constitucionales para defender la negociación con los terroristas, y no hallo tentativa alguna de comprender a este Gobierno. Éste es observado ya como un tejido muerto. Nadie parece sentirse con fuerzas para detener la gangrena. Nadie defiende a Zapatero. Nadie con entidad intelectual da un sólo argumento a favor de su sectarismo político. Nadie con dignidad moral arriesga una opinión, un atisbo compresivo, sobre la viabilidad democrática de la política exterior de España, la reforma de la legislación sobre el matrimonio, la tramitación de la reforma del Estatuto de Cataluña, la negociación con la banda terrorista ETA y la reforma de la educación.
Es un hecho casi incontestable, y esto no deja de resultar trágico, que ni dentro ni fuera de su partido hallamos personas, intelectuales de talla, dispuestas a examinarse, a medirse, con unas medidas políticas que excluyen siempre, como mínimo, a la mitad de la población. Nadie con un poco de inteligencia dejará de reconocer, después de año y medio de Gobierno, que Zapatero ha llevado a la Nación al borde del abismo por un lado, y ha reducido, por otro lado, al Estado a mero instrumento de control, cuando no una máquina represiva, de la vitalidad ciudadana.
Sin saber qué es la nación, según sus propias declaraciones, y sin tener la más remota idea de lo que debe hacerse desde el Estado para servir a una sociedad madura, nadie en su sano juicio puede apoyar, reforzar, o, sencillamente, aprobar la pequeña política de Zapatero. Sí, pequeña, porque este hombre no pretende otra cosa que sobrevivir en el poder a cualquier precio. Sí, pequeña, porque el presidente del Gobierno jamás ha caído en la cuenta de que sin la postulación de la unidad de los contrarios no hay política democrática posible. En realidad, sin ese postulado desaparece la política.

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