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Populismo y narcisismo

El populismo supone un cierto descrédito o cansancio de la democracia representativa, considerada una fórmula foránea o desvirtuada por los elementos oligárquicos.

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Pablo Iglesias | Dani Gago

El populismo supone un cierto descrédito o cansancio de la democracia representativa, considerada como una fórmula foránea o desvirtuada por los elementos oligárquicos (la "casta", el "establishment"). Se apela al pueblo directamente como depositario exclusivo de valores auténticos. En lugar de "pueblo", se puede decir la "ciudadanía" o la "gente". El político populista anhela contactar directamente con esa base social, por difusa que parezca, saltándose en lo que pueda los representantes legales. Dada la dificultad de relacionarse con una entidad tan genérica, se buscan arquetipos expresivos del verdadero pueblo. Aquí entrarían los descamisados del peronismo argentino o los antisistema acampados en la Puerta del Sol de Madrid hace unos años. En ese último episodio se encuentra el fermento de Podemos. Por cierto, los populistas varones de distintas épocas (fascistas o podemitas) gustan de ir descamisados.

Los populismos de diversos países y épocas gustan de las movilizaciones de masas, aunque solo sea por internet, la "política de la calle", los escraches, las cadenas humanas, las asambleas, las consultas populares. La paradoja está en que, al tiempo, esas masas movilizadas exaltan a un líder o caudillo carismático. Es lógico, pues, que algunos movimientos populistas den lugar a regímenes autoritarios o militaristas. En Iberoamérica es algo inveterado de sus tradiciones políticas. El líder carismático lo es por el manejo inteligente de la propaganda, aparte de por sus habilidades personales. Los adversarios consideran demagógico el sorprendente triunfo del líder populista. Seguramente es algo que estimula aún más a ese conductor de las masas, hoy principalmente a través de las llamadas redes sociales. La continua distinción amigo-enemigo es típica del pensamiento totalitario o simplemente autoritario.

La posibilidad de tuitear de modo continuo facilita la manifestación de la personalidad del narciso en el líder populista. Se encarna en personajes tan aparentemente dispares como Donald Trump o Pablo Manuel Iglesias. Facilitan que su ingenioso mensaje vaya a ser leído en tiempo real por cientos de miles, millones de seguidores y curiosos. El narciso pasa por ser promiscuo, exhibicionista; suele escoger algún adorno capilar o cierta llamativa prenda de vestir que lo haga único. Ahí está la corbata desmesurada de Trump, la camisa sin más de Pablo Manuel Iglesias o el arreo militar de Fidel Castro o de Hugo Chávez. Diríase que tales personajes están siempre posando.

La exitosa fórmula ideológica de los líderes populistas se apoya en el lanzamiento de propuestas utópicas, con el excipiente de malandrines fáciles de identificar: los ricos, la casta, los inmigrantes, los periodistas. El tipo de líder populista con ribetes de narcisismo mantiene encendida el ansia de que se hable de él, de que se le contemple, siempre expuesto y compuesto. Sus ideas pueden parecer disparatadas, y lo son, pero nuestro hombre presenta muy deteriorado el sentido de culpa y aún más el del ridículo. Por eso sigue adelante voluntarioso. "Venceremos", repetía Fidel Castro. "Sí se puede", vocifera Pablo Manuel Iglesias. Clama Donald Trump: "Haremos otra vez grande a América". Los eslóganes no pueden ser más pueriles, pero el voluntarismo enardece a las masas ovejunas.

Que conste que el tipo del narciso prolifera ahora en la vida corriente, animado también por las redes sociales y la facilidad de multiplicar su imagen a través de ellas. Se da mucho en los actores y artistas, en los que juegan al famoseo y el postureo. Pero se aplica con entera propiedad a los dirigentes populistas. El narciso pluscuamperfecto es el transexual, un extravagante producto de nuestro tiempo. Para redondear la analogía con el mito clásico del joven Narciso, nótese que la flor del narciso gira lenta y voluptuosamente para ponerse siempre de cara al sol.

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