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Por qué avanzan los populismos

Influye decisivamente el descrédito de los viejos partidos y líderes políticos, la descarada corrupción que los rodea.

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El avance de los populismos es un fenómeno mundial (ahora dicen "global"). No parece un gran consuelo para los españoles. En España el clima general de indignación o de cabreo no se debe tanto a la crisis económica, como suele decirse. Influye decisivamente el descrédito de los viejos partidos y líderes políticos, la descarada corrupción que los rodea. Naturalmente, cuenta la situación generalizada de desempleo, subempleo y malempleo. La crisis económica aumenta no solo el número de desocupados, sino el de los ocupados poco o nada productivos y, por tanto, con empleos precarios o mal pagados. Pero por encima se halla el aumento desproporcionado de las expectativas de la población. Se exige que el primer empleo sea poco menos que vitalicio y que asegure abundante ocio y escaso esfuerzo. Es la combinación que se va incubando en los años educativos. Simplemente, los deseos más dispares se transforman en derechos, más aún, en derechos fundamentales. Hay que añadir la especial circunstancia de que los partidos de la derecha no se consideran propiamente así; es más, hacen suyos muchos planteamientos de la izquierda. Lo social se generaliza hasta el punto de perder significación.

El auge reciente del populismo en España se debe a algunos nuevos valores que alcanzan a la sociedad toda. Destaca la minoración general de lo que podríamos llamar ética del trabajo, o mejor, del esfuerzo. Es la que distinguió a las generaciones anteriores, las del desarrollo económico verdaderamente inusitado. La ética del esfuerzo se ve sustituida cómodamente por la del hedonismo (la búsqueda de la satisfacción inmediata por encima de todo). En términos públicos, esa nueva moral explica el deseo de más gasto público y, por tanto, implícitamente de más impuestos. Todos los partidos políticos se sitúan con gusto en esa carrera, pero Podemos lleva las de ganar. Su gran propuesta es la renta mínima para todos los españoles, asegurada por el Estado. Se trata de una idea suicida para la sociedad, pero sarna con gusto no pica tanto. La renta mínima de hoy recuerda la tradición anarquista del reparto.

Durante milenios la producción apenas creció, al igual que la población. Con una productividad estanca estaba claro que la distribución de la riqueza obedecía al esquema de suma cero. Es decir, lo que uno ganaba, otro lo perdía. De ahí, por ejemplo, la enemiga contra los ricos que expresa la Biblia. No cabían más soluciones igualadoras que la guerra o la expropiación, repartir el botín. Ese esquema milenario se altera con la revolución industrial de los últimos dos siglos en algunas zonas de la civilización occidental. En tiempos contemporáneos se produce un nuevo esquema de suma positiva en la distribución de la riqueza. Esto es, cabe vislumbrar una situación en la que todos ganen más o menos. Lo que ocurre es que, con la crisis económica y otros sucesos concomitantes, vuelve a resurgir el principio del reparto, de expropiar la riqueza de los ricos o de volver a las ideas proteccionistas. Es más fácil copiar que innovar.

No se trata de calibrar si las tesis populistas son justas o no. Todo depende de los intereses de cada uno. Se impone un hecho incontrovertible. En Europa y las dos Américas destacan cada vez más los partidos y movimientos con las características dichas del populismo. No es que unos personajes peculiares encabecen con éxito tales iniciativas políticas. Lo significativo es que reciban millones de adeptos. Por lo mismo que ha sido una sorpresa el ascenso al poder de Trump en los Estados Unidos, en varios países europeos se está produciendo un efecto parecido. Bien es verdad que la fórmula concreta de la conquista del poder será algo distinta en cada país. Ya se sabe que la versión populista en España (Podemos o los independentismos) es de izquierdas con algunos toques anarquistas. Una vez que se vaya ampliando esa escalada populista en distintos países, se confirmará el fracaso de la Unión Europea. No pueden ser más opuestos los principios de la integración europea con los de los populismos. El partido populista francés de Marine Le Pen ya ha anunciado que, de gobernar, sacará a su país de la Unión Europea. Ya salió el Reino Unido y ni siquiera se plantea la entrada de Rusia. Parece una ironía que, en tales condiciones, se siga hablando de la Unión Europea como equivalente de Europa. Doble sarcasmo: Después de la salida del Reino Unido de la Unión Europea, sus líderes se tienen que entender en inglés.

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