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Cuponazos y oportunistas

En el debate de hoy sobre el cupo vasco no se ha visto ni un solo discurso desinteresado.

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Es desolador comprobar cómo cada sesión parlamentaria se convierte en una reyerta identitaria. Por cualquier tema y en toda circunstancia. La última, a costa del cupo vasco.

En cada lance, en cada gresca, aparece de fondo el gozne de la riña: el sistema autonómico. Puede que la Transición consagrara la organización territorial de España con la mejor de las voluntades; puede que se creyera en los años de entusiasmo democrático que el sistema autonómico había logrado zanjar todas las disputas territoriales; puede que la bonanza económica surgida tras la entrada en la Comunidad Europea, que se reflejó en nuestras infraestructuras y ciudades, creara la convicción de que había sido fruto directo de la descentralización autonómica. Puede, ¿por qué no? Aunque quizá ese mismo entusiasmo democrático podría haber creado la misma riqueza, o más, con un Estado centralizado como lo es el francés. No lo sabemos, pero de lo que empezamos a estar seguros es de que la filosofía política que parió el sistema autonómico está mostrando su incapacidad para cohesionar territorialmente España, y a medida que se afianzan los agravios muestra su rostro más cainita y se convierte en una fábrica de independentistas.

Todos juegan a ser Estado, nadie quiere mostrar lo que nos une, sino alardear de lo que nos separa, una fiebre enfermiza por lo propio que justifica la insolidaridad y el egoísmo más ramplón. Con una característica idéntica, todos se desentienden de España como espacio del bien común. Y nadie se ocupa de ese bien común, porque antes se desentendieron de reivindicar la propia nación española. Estoy hablando de valores, ya no sólo de intereses.

Puede parecer bisoñez reivindicar lealtad, coherencia, generosidad, neutralidad en la política. Pero me temo que sin tales valores nada útil se logra en ella. En el debate de hoy sobre el cupo vasco no se ha visto ni un solo discurso desinteresado. Ni siquiera el de Albert Rivera, que presentó como altruista. La oposición de Cs a cómo se calcula el cupo vasco, que no a su existencia, por considerarlo un privilegio, fue impecable, y Albert lo supo defender de forma brillante con argumentos económicos y claridad expositiva. Nadie contestó con argumentos al contenido de la propuesta, sino a las contradicciones de la persona. La de mayor envergadura fue la intervención del representante del PP, Javier Maroto, que dejó al líder de Cs en evidencia por "oportunista". Es una lástima, Cs fue el primer partido que defendió la eliminación del cupo vasco desde su nacimiento, en 2006, para luego amoldarse a los intereses electorales cuando se presentó a las elecciones vascas y defenderlo. Y ahora, por lo visto y oído, ni siquiera se opone al concierto ni a la existencia foral del cupo, sino a su cálculo.

Todos los grupos le afearon la conducta. Desde hipócrita a oportunista, pasando por cínico, populista y manipulador. Una lástima, porque el fin de la propuesta de Cs habría sido creíble si hubiera pedido de verdad la eliminación del cupo por amparar privilegios frente al resto de comunidades.

Este es un claro ejemplo de cómo un fin loable en política puede servir como medio para conseguir un fin espurio. Lo cual no justifica ni mucho ni poco la poca vergüenza del resto de grupos tirándose como buitres sobre Rivera con argumentos ad hominem para zafarse de sus propios amaños y contradicciones.

Le oí decir muchas veces a Albert en otras épocas: "Más vale ponerse una vez colorao que ciento amarillo". Pues eso Albert, el concierto y cupo vascos no son derechos, sino privilegios, y, ya que te pones, pide su eliminación.

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