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Aún no

Preaching to the converted, se dice en inglés. Tal el cura que, tronando en el templo desangelado, riñe a las tres viejecillas que le contemplan al no poder impresionar a los ausentes. Eso, amén de menear vicariamente la impotencia, ¿para qué sirve? ¿De qué nos vale perorar, incluso teniendo razón en el diagnóstico, siendo como a la mayoría no le gusta que seamos (acaso porque de la confraternización salen algo incómodos), explicándoles lo que no quieren oír (pues les agrieta la coartada y el suflé), invitando a quienes no son como somos (nosotros, sombríos aguafiestas con bibliografía) a que sopesen nuestras formas de ver y anticipar? Uno jamás convence a nadie de nada, y menos en España. Por la mera lógica del argumento, se sobrentiende. Señalando lo meridiano para un humanista europeo, déjesenos añadir. Lo cual no quita para que, cuando se hunda el transatlántico, todos vayan a querer encaramarse al diminuto bote de salvamento, renegando si es menester de su madre, para buscar salvarse con rudo desparpajo. ¿Acaso existe alguna instancia postrera que descalifique al impostor, penalice al malvado, reprenda al tonto o premie al altruista? El cielo fue inventado precisamente para amortizar estas cuitas. Toma amnesia ósea. Venga usted mañana, que ya tocará justicia. Es como cuando los nacionalsocialistas, cortos de plantilla para gasear a tantísimos judíos mediante la coerción física, lograban persuadirles de que las cámaras de gas eran poco menos que salones de belleza, con todos los adelantos de la modernidad. Incluso les ponían parterres con flores, para que hiciera bonito.

Siempre llevan ventaja los vendedores de crecepelo curtidos en la praxis. Por eso la repujada Fernández de la Vega puede personarse en una rueda de prensa, montada para vendernos quebrantos económicos, emperifollada, en apoteosis churrigueresca, como para las carreras de Ascot. O cualquier líder sindical trasladar sus mofletes sonrosados a un aguerrido acto en pro de las famélicas legiones. La charlotada jamás falla, en especial si cuenta con el blindaje de los poderes fácticos, a los que por definición depara buen botín hacer negocios con la nomenclatura política o judicial, mientras la audiencia brama contra los descreídos que rechazan la matraca, o hasta se atreven públicamente a no aplaudir (lo que implica su suicidio civil). ¿Por qué, si no estuviera tan engrasado el mecanismo, iban a declararse de izquierdas tantos millonarios polanquiles, los artistazos con SICAV, esos gangosos patanes con hípica, cadena de joyerías y niñatos aspirantes a la jet set? ¿Va uno a pretender que desenmascaren la santurronería de tamaños parásitos quienes, en el fondo de su alma televisiva, acarician el sueño de ser imitadores simiescos de esos ídolos que les enseñan cómo el éxito social reside en la banalidad, el cinismo, la chulería y la incompetencia? ¿Tipejos y tipejas (sin discriminación de género), que no necesitaron ser nobles, cultos, sabios, honestos, coherentes y laboriosos para convertirse en la costra dirigente del país? ¿Cuántos, de nuestros probos funcionarios de nivel superior, no perciben su sinecura como un gracioso favor de alguien (que vigila y espera) instalado en el aparato? ¿Cúyos fueron las confidencias, los enchufes y las componendas que les permitieron medrar? ¿Van ahora a sublevarse? ¿En nombre de qué inexistente ética, de qué pisoteada profesionalidad, de qué mendaz vocación de servir, con temeraria honorabilidad, al bien común? ¿Al qué? ¿Me lo puede usted repetir, que no lo columbro? Es que me entra la risa floja. ¿No tiene usted parentela? ¿Acaso pretende que juguemos con las cosas de comer? Oiga, déjese de bromitas. Que la cosa está chunga. Y lo siguiente será ver a quién exprimimos para seguir regando nuestro huerto, el progresismo.

Aún no se dan los mimbres para cambiar el chip. Restan potosíes por esquilmar y arruinar. Esos malditos profesionales liberales que se forran. Los empresarios que te montan una industria productiva (encima no piden subvenciones, con lo que dejan a los otorgantes sin esos anhelados porcentajes que son la madre del cordero). Esos burgueses que socavan la igualdad social. ¡Quién no va a querer clausurarles sus garitos, un aviso antes de ahorcarlos con las tripas eclesiásticas! En beneficio, naturalmente, de los que, por afinidad electiva del pueblo soberano, agarran el timón. Y, por delegación, de quienes emulan y envidian la receta de Belén Esteban (nuestra princesa democrática, una Madre Coraje, según consigna, educativa a lo Goebbels, de González Sinde). Es decir, del manso contribuyente castizo. Que aprobará ir a peor si el ajuste va despacito y supone un afeitado gradual, muerte al capitalismo, que no interfiera puritanamente con carnavales, sanfermines, semanas santas, ferias, tomatinas y demás fiestas de guardar. Cuanto comporte jolgorio, ebriedad, churrería, sudoración. Que inventen otros. Abajo el elitismo. Nosotros recalificamos terrenos, tomándonos unas cervecitas. Salen preciosas comisiones, Cayennes, áticos, caballitos. Te decoran los dormitorios del chalet. Paseas en barco sin saber idiomas, y eres alguien. De izquierdas, claro. Un padrazo, que usa de testaferros a las hijas. Estos neoliberales competitivos son unos especuladores. Los verdaderos culpables. Por eso, nuestro naufragio no supone todavía una oportunidad de enmienda, una ocasión para occidentalizarnos. Al contrario, cual colofón contrafáctico: de haber estado hechos de otra pasta, no renquearíamos hacia el tercermundismo. Y Rodríguez Zapatero brillaría, ahora que sabe llevar un traje, como jefe de planta de unos grandes almacenes.

Bernd Dietz es catedrático de Filología Inglesa y escritor.
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