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Los indignados o la crisis de la izquierda

Carlos Jariod 3

&quote&quoteEs posible pensar que el movimiento de los indignados tiene que ver no tanto con la indignación general de los españoles ante la situación agónica de España provocada por el Gobierno, cuanto con una grave crisis de identidad de la izquierda española.

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Parece que un espectro recorre toda España. En sus calles y plazas, en ayuntamientos y parlamentos, de día o de noche, el espectro adopta formas diversas según le place: violento, radical, pacifista, antisistema, provocador. Ese espectro no es el comunismo, como profetizó Marx a mediados del XIX, sino el movimiento de los "indignados", que pretende luchar por una democracia "real" frente al Sistema (con solemne mayúscula).

Sin duda, es aún precipitado hacer un juicio acabado sobre este movimiento. Su naturaleza inclasificable –la misma palabra "movimiento" se me antoja excesiva–, sus absurdas propuestas, la inexistencia de interlocutores y, sobre todo, el aire contracultural con la que se han desenvuelto los indignados en nuestras ciudades, dibujan un paisaje demasiado borroso. Sin embargo, sí me parece posible apuntar alguna hipótesis que ofrezca luz sobre lo que son y sobre lo que quieren ser. Hipótesis que, además, podría explicar la pasividad de Rubalcaba y el intento de Cayo Lara de apropiarse de los ideales antisistema de los indignados.

En efecto, es posible pensar que el movimiento de los indignados tiene que ver no tanto con la indignación general de los españoles ante la situación agónica de España provocada por el Gobierno, cuanto con una grave crisis de identidad de la izquierda española. Resulta sorprendente que nuestros indignados se plantaran en Sol pocos días antes de unas elecciones que iba ganar la derecha abrumadoramente; más chocante fue que, en vez de dirigir sus invectivas contra el gobierno del PSOE, vomitaran proclamas antisistema situando a todos los partidos en un mismo nivel de corrupción y responsabilidad. Inevitablemente nuestros indignados, a poco que les pellizcaran, rezumaban bilis contra "la derecha" (Esperanza Aguirre) y sus medios informativos (Telemadrid o Intereconomía, por ejemplo). Nada sobre Zapatero, que en el peor de los casos era tildado de "traidor".

A partir del Mayo del 68, la izquierda ha aprendido que su identidad no está tanto en la destrucción del capitalismo, como en un proyecto de ingeniería social, moral y político. Lo propio de ser de izquierdas, pues, no es ya el cambio de modelo económico, sino una gestión del capitalismo más "social", se dice, en la que el Estado limite el dinamismo del mercado y remedie las desigualdades. Poca cosa para las aspiraciones revolucionarias de antaño. Con la caída del Muro y la globalización de la economía –acontecimiento causado por la lógica del capital– este proceso se acelera y vemos que en economía las diferencias ideológicas entre derecha e izquierda ya no se toleran. Éste es el drama de un Zapatero inepto en economía e ideologizado pero ignorante hasta las cejas.

Así pues, la identidad de la izquierda se ha ido corriendo hasta el terreno de las costumbres, de la moral. Suprimida la economía como instrumento del cambio político, queda lo que los clásicos llamaban la superestructura. Y aquí, reconozcámoslo con temblor, la izquierda ha sido implacable. Viendo cómo se conduce este Gobierno o los reyezuelos socialistas de Castila-La Mancha, Extremadura o Andalucía, uno recuerda aquella frase de Deng Xiaoping: "Qué más da gato negro o gato blanco con tal de que cace ratones; qué importa que el tren no llegue a su hora con tal de que sea socialista".

El más claro indicio de que la indignación de la spanish revolution está teñida de rojo es que exigen al Gobierno de Zapatero una economía que no esté sometida al capital, a las multinacionales: que sea una economía "popular", para el pueblo y en contra de los banqueros, enemigos naturales del pueblo llano explotado. Curiosamente no se critica a Zapatero por su ineptitud, por haber negado la crisis, por no saber salir de ella, como lo han hecho ya la mayoría de los países; con una jerga anterior al Mayo del 68, se pide que un Gobierno "de izquierda" también lo sea en economía y adopte medidas populares y en contra de empresarios y banqueros.

Lo que los indignados están señalando es algo muy real: la contradicción que hay en el seno de la izquierda en aceptar una economía capitalista, con todo lo que ello supone en el ámbito político, jurídico, moral y religioso, y la imposición por vía legal de un proyecto de ingeniería social basado en el feminismo radical y en el homosexualismo más chusco. Cuando se trata de las cosas del comer el aborto, los derechos de los transexuales o la escuela inclusiva poco importan. Y los indignados reclaman (al Gobierno, de izquierda) una respuesta económica de izquierdas.

Pero también nuestros indignados desean una democracia "real". Qué sea eso no se sabe. Sí se sabe que los partidos actuales no les representan y que tienen cierta alergia a las instituciones políticas; también se conoce su querencia por el método asambleario. Se me antoja que podemos sospechar que los indignados recelan de la democracia parlamentaria (demasiado burguesa, ¿les suena?) y de los partidos políticos. Este planteamiento que parece asomarse en este movimiento lo conecta con la extrema izquierda, siempre antisistema. Pero lo interesante es que vuelve a poner en tela de juicio la crisis de identidad de la izquierda socialista y comunista (piénsese en las reacciones de los indignados ante un desolado Cayo Lara) al hacer evidente que la izquierda postsesentayochista ha aceptado sin rechistar las estructuras burguesas de poder.

Resentimiento, rabia e impotencia es lo que se aprecia en un sector de la izquierda que aupó a Zapatero en las últimas elecciones. Todo ello se aumenta con la crisis y con la certeza de que la derecha va a arrasar en las próximas elecciones. Porque aquí, el PP, para nuestros indignados, no pinta nada. Por definición es "la derecha", o sea, el demonio, preparada genéticamente para devorar al "pueblo" junto con la banca, los patronos y la Iglesia.

Si mi hipótesis es correcta, podríamos pensar que los guiños de Rubalcaba a este movimiento serán infructuosos. Es más, denotan una falta de comprensión de lo que le está sucediendo a su propio partido. Porque la descomposición del PSOE, el rechazo de IU a apoyar a no pocos alcaldes socialistas y a Fernández Vara en Extremadura y nuestros queridos indignados son síntomas sociales de una descomunal crisis política en el seno de la izquierda española.

Carlos Jariod es presidente de la Asociación de Profesores Educación y Persona


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