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El Papa da el perfil

Francisco responde perfectamente a un perfil que el autor de estas líneas dejó señalado hace apenas unos días entre las dos opciones más obvias

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Después de un conclave breve y de un número intermedio de votaciones si se compara con el que llevó al trono pontificio a sus antecesores, la iglesia católica cuenta con un nuevo papa. El hecho de que no corresponda con los que sonaban en las quinielas –que alguien se crea siquiera alguno de los nombres que aparecen en las quinielas después de lo visto en el último medio siglo casi da ternura– y, sobre todo, el que sea jesuita y argentino ha descuadrado a no pocos. Sin ir más lejos, ayer, en la página web de Intereconomía, Francisco José de la Cigoña, el bloguero católico más importante de toda España y uno de los más relevantes de todo el mundo hispano escribía:

El bergogliato lleva muchos años desmovilizando a los católicos argentinos y ahora se encuentra con que la peor chusma le toma la catedral. Gracias a Dios la abandonaron pronto pero por propia voluntad. En tiempos de Perón los católicos se movilizaron heroicamente en defensa de su templos. Hoy, después de una nefasta jerarquía episcopal, los obispos no tienen quienes defiendan a Dios y a su casa. Y si alguna vez unos jóvenes valientes arriesgaron sus vidas para que las catedrales de sus diócesis no fueran profanadas sólo recibieron recriminaciones de una jerarquía cobarde y apóstata. Y a ese ser de mirada torva, conducta cobarde y propósitos dudosísimos alguno nos lo presenta como el nuevo Papa deseable. ¡Qué Dios salve a su Iglesia! Porque de Bergoglio, y no es ejemplar único, nada se puede esperar.

A las siete y siete minutos de la tarde, el mismo cardenal Bergoglio al que se había referido con términos tan ásperos de la Cigoña se había convertido en el nuevo papa. Por supuesto, los católicos han interpretado tan peculiar situación como un acto del Espíritu Santo, pero se me permitirá que yo orille esa cuestión, como mínimo delicada, y, en el deseo firme de no herir susceptibilidades, me detenga en un análisis del personaje en otro sentido.

Más allá de comentarios sobre su cara de santo o su especial tranquilidad que hemos escuchado en las últimas horas, Francisco responde perfectamente a un perfil que el autor de estas líneas dejó señalado hace apenas unos días entre las dos opciones más obvias para el nuevo pontífice. Comentaba yo entonces que, en realidad, sólo cabía una especial continuidad marcada por un papa italiano o la coronación de uno americano que intentaría enfrentarse con unos problemas especialmente graves en el continente –aunque no exclusivos del mismo– y que incluían el desarbolamiento de diócesis y, muy especialmente, de docenas de parroquias en los Estados Unidos como consecuencia de los casos de delitos sexuales perpetrados por miembros del clero católico con niños; y el avance espectacular del protestantismo en Hispanoamérica hasta el punto de que en algunas naciones ya se había dado el sorpasso. Apuntaba también a que era imposible que se eligiera un pontífice de Estados Unidos por razones no precisamente espirituales; que un hispanoamericano tenía lógica, pero chocaba con el hándicap de los que lo considerarían tercermundista y que un canadiense podría salvar ambas circunstancias. Al final, ha sido un hispanoamericano y el "escollo tercermundista" se ha salvado con una notable habilidad mediante la figura de un ciudadano de una nación que siempre insiste en que sus naturales son "casi europeos" y que viene de reconocible y cercana estirpe italiana. El perfil pontificio para los más acuciantes problemas internacionales se cumple de manera extraordinaria.

También el perfil puede ser más que adecuado para los problemas internos del Vaticano. Desde luego, no deja de llamar a reflexión que después de dos pontificados tan innegablemente notables como los de Juan Pablo II y Benedicto XVI, que han reunido al papa más carismático desde Pío XII y al pontífice más culto desde Pío II, el estado interior de la iglesia católica sea tan abiertamente lamentable que hasta los más fieles se refieran a la necesidad de reformas. Sean cuáles sean éstas, lo cierto es que la falta de transparencia de las finanzas vaticanas es, como mínimo, llamativa; el problema de los abusos sexuales impunes continua siendo una sangrante realidad –el mismo Benedicto XVI que abordó un drama que Juan Pablo II prefirió esconder no llegó a entregar a ninguno de los criminales a la justicia mientras las diócesis gastaban sumas ingentes para que no fueran objeto de condena penal alguna– y la reforma de la Curia –sin que se sepa muy bien en qué dirección iría– se ha convertido casi en un sonsonete pasando por alto que, precisamente, la Curia es fruto de una decantación de siglos y constituye un órgano indispensable para el funcionamiento de la estructura que conocemos como iglesia católica.

Un papa que ha sido elegido por ese senado de notables que constituye el colegio cardenalicio se moverá, presumiblemente, en los terrenos marcados desde hace siglos por lo que podríamos denominar las líneas rojas. Naturalmente, es legítimo preguntarse si logrará salir victorioso de los desafíos que se le plantean. En lo que se refiere a lograr que las finanzas del Vaticano sean limpias o, al menos, homologables a las de un estado moderno no me siento optimista. Si ni Benedicto XVI ni Juan Pablo II –caso de intentarlo– ni Juan Pablo I –al que, según muchos, le costaron la vida– lo consiguieron no acierto a ver por qué Francisco I va a ser más afortunado. Sí es de esperar que, al menos, intente adecentar la imagen exterior del problema. Por lo que se refiere a los abusos sexuales perpetrados por sacerdotes y que tienen a niños como víctimas, sí creo que se esforzará en evitar que se cometan, pero también reconozco que me llevaría una enorme sorpresa si, quebrantando una línea de actuación que viene de la Edad Media, comenzara a entregar a sacerdotes delincuentes a la justicia secular para que les aplicara el código penal como a cualquier otro ciudadano. Recordemos que hace apenas unos años en naciones católicas como la España de Franco existían incluso cárceles concordatarias para que los clérigos delincuentes no estuvieran mezclados con otros reclusos. Tengamos también presente que la cifra en millones de dólares gastada por las diócesis de Estados Unidos para evitar que sus clérigos fueran a la cárcel ha sido verdaderamente astronómica si bien es cierto que el recurso no siempre ha funcionado y que no han faltado obispos que se han sentado en el banquillo. Finalmente, pensar que la Curia va a ser metida en cintura por alguien ajeno a ella cuando un personaje que la conocía magníficamente como Benedicto XVI no pudo conseguirlo y otros como Juan Pablo II optaron por adaptarse resulta, en mi modesta opinión, de un optimismo propio de Luis del Pino. Todo ello –vuelvo a insistir– teniendo en cuenta que precisamente la Curia tal y como es resulta esencial para el funcionamiento de la iglesia católica.

Por lo que se refiere a la especial atención que merece el continente americano tampoco creo que quepa esperar grandes cambios. Obispos como O´Malley o Dolan han actuado con energía para capear el temporal de los últimos años, pero su éxito ha sido muy relativo, por no decir abiertamente reducido limitándose casi a cerrar parroquias marcadas por el escándalo y la despoblación y agrupar a los fieles católicos de la mejor manera posible. En cuanto al avance del protestantismo en Hispanoamérica basta ver lo que el sociólogo Fortunato Mallimacci ha señalado al afirmar que "hay estudios que permiten estimar que 1 de cada 10 argentinos es evangelista, y que la cifra supera el 20 por ciento en los sectores más bajos". Además, según Mallimaci, "la ligazón entre creer y participar es mayor entre los evangélicos que entre los católicos. Hasta la Iglesia (católica) acepta que sólo 6 por ciento de los fieles practica su religión". Semejante situación no se va a ver alterada simplemente porque el nuevo papa –que no parece que hasta ahora haya conseguido mucho a la de hora de impedir esa situación en su calidad de cardenal en Argentina– venga de Hispanoamérica.

A pesar de todo, creo que el papa Francisco sí es posible que logre anotarse algunos tantos no pequeños en el curso de su pontificado. Entre ellos, podría estar la tan ansiada apertura de relaciones diplomáticas con China o una nueva oleada de entusiasmo entre los fieles católicos. Lo primero sería de sentido común; lo segundo lo tiene muy fácil. Durante años, hemos escuchado lo bien que desempeñaban su función Juan Pablo II y Benedicto XVI y ahora no son pocos los que opinan que la situación interna de la iglesia católica –que además de lo ya señalado no ha remontado el desplome de vocaciones que no se inició, pero sí se agudizó tras el Concilio Vaticano II– es como mínimo preocupante. Concédase que no deja de ser paradójico. Aunque, sin duda, no tanto como el hecho de que un personaje del que millones de personas consideran que es sucesor directo del modesto pescador de Cafarnaum fuera precedido en su aparición en el balcón de San Pedro –un edificio que no se puede decir que se caracterice por su modestia o sencillez de formas– por bandas y desfiles de soldados y que cuente con un boato ciertamente espectacular del que no dispone ya ni el emperador del Japón. Ninguno de esos aspectos provoca –salvo casos aislados– la perplejidad de los fieles católicos sino que más bien les incita a un innegable entusiasmo. Se trata, sin duda, de una circunstancia curiosa cuando se recuerda que Pedro afirmó que no tenía "oro ni plata" (Hechos 3: 6) y que fue escogido para formar parte del grupo de los doce por un personaje que afirmaba que "las aves tienen nidos y las zorras, madrigueras, pero el Hijo del Hombre no tiene donde recostar la cabeza" (Mateo 8: 20). Si millones de personas logran asimilar ambos aspectos entre gritos de entusiasmo y sin sufrir la menor sensación de contradicción, creo que se puede afirmar sin temor a errar gravemente que Francisco disfrutará sin problemas del aplauso caluroso de los fieles católicos. Creo que no exagero lo más mínimo en mi apreciación. Francisco José de la Cigoña que lo describió ayer como "cobarde y apóstata" y lo caracterizó como de "mirada torva, conducta cobarde y propósitos dudosísimos", rectificaba tras su elección como pontífice con un conmovedor "¡Viva el papa!".

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