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'Adéu', Unión Europea

Será bueno que los catalanes que hacen planes para su vida en una idílica Ítaca independiente se vayan mentalizando para otro futuro: un Kosovo ibérico.

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Será bueno que los catalanes que hacen planes para su vida en una idílica Ítaca independiente se vayan mentalizando para otro futuro: el que los sumergirá en las calamidades de un Kosovo ibérico. Porque, como escribí en mi artículo "¿Massachusetts o Kosovo?", esa idealizada Cataluña independiente no equivaldrá, como Massachusetts, a una parte inseparable de un país donde todos los ciudadanos comparten y respetan la Constitución, las instituciones, los valores y la lengua comunes, sin caprichos secesionistas, sino que será, como Kosovo, un Estado paria, marginado de Europa. Vuelvo sobre el tema.

El castillo se derrumba

Francesc de Carrera demolió con su habitual rigor didáctico el camelo del expolio fiscal de Cataluña (La Vanguardia, 26/9), y de paso explicó una regla elemental de la lógica:

Los razonamientos deductivos se fundan en una o varias premisas que, a través de un proceso argumentativo, conducen a una determinada conclusión. Si la premisa es falsa contamina todo el argumento e invalida la conclusión.

Esta regla se aplica igualmente a la falacia de que una hipotética Cataluña independiente encontrará abiertas de par en par las puertas de la Unión Europea, emporio de una plétora de mercados ávidos por absorber las exportaciones del nuevo socio. Pero, puesto que la premisa es patentemente falsa, el castillo de ilusiones se derrumba sobre sus crédulos prosélitos. Aunque algunos lectores me reprochan mi afición a citar textos ajenos, me aferro a ella cuando me parece que refuerzan mi discurso con una contundencia y transparencia que superan mis aptitudes dialécticas. Por ejemplo este que Casimiro García-Abadillo tituló "No seáis imbéciles" (El Mundo, 12/9):

Si, como pretenden, Cataluña declarase la independencia, lo primero que sucedería es que ese nuevo Estado ya no sería parte de la Unión Europea, como ayer, por enésima vez, se encargó de constatar el portavoz de la Comisión. Salir de la Unión Europea implica salir del euro y, por tanto, perder el paraguas del BCE. Si la deuda de Cataluña está hoy al nivel del bono basura, ¿se imaginan lo que sucedería si se produjera esa hipótesis? Cataluña tendría que emitir su propia moneda, aunque sus empresas seguirían endeudadas en euros. ¿Qué tipo de cambio se establecería? ¿Cuántas multinacionales mantendrían su sede en Barcelona en caso de que Mas se dejara llevar por su ensoñación independentista? No sólo las empresas extranjeras, muchas compañías españolas se marcharían de ese nuevo Estado. (...) La periodista de TV3 Mònica Terribas dijo ayer que los catalanes llevan "300 años haciendo el imbécil", para concluir que "no se trata de que dejen de ser catalanes, sino de que dejen de ser imbéciles" Hacerles creer que Cataluña se puede separar de España y seguir en la UE: eso sí que es tratarles como imbéciles.

Broche de oro

Puesto que estoy en plan de citas, no puedo resistir la tentación de divulgar parte de una columna que me fascinó y que confirma la tesis de García-Abadillo. Pedro Nueno, catedrático global y enamorado de los gerundios, que siempre convierte en títulos de sus artículos de economía, escribió en "Horrorizando" (LV, 23/9):

Ir en fila no me ha gustado nunca y no he participado ni en procesiones ni en desfiles (escapándome con imaginación cuando hacía la mili). Siempre me pregunto qué sacará la gente en ir por la calle en masa andando y andando. Al final del paseo cualquier problema que hubiese sigue estando, pero además la imagen del evento desprestigia al país, ahuyenta inversores, cuesta dinero y puede haber algún destrozo o algún herido. La gente que llega al poder se siente cómoda: despachos, asistentes, chóferes, pero, sobre todo, no son conscientes de cómo les hacen la pelota. He visto gente muy relevante de nuestro país horrorizada con las manifestaciones pero se guardarán muy bien de decirlo en público y puede que hasta hayan felicitado a un personaje importante del Gobierno.

Con un broche de oro:

Por cierto, si somos independientes necesitaremos un pasaporte y seguramente, al no ser miembros de la Unión Europea, necesitaremos un visado para ir a Madrid o a Europa y, por supuesto, a EEUU.

Espero que esta brevísima advertencia se convierta en el tema central de todas las declaraciones y manifiestos que polaricen el debate electoral previo al 25-N. Los partidarios de que se consolide la Unión Europea, y de que dentro de ella España conserve su integridad, podrán esgrimirla como antídoto contra los disgregadores, los antisistema y los nihilistas. Y los secesionistas nostálgicos de la autarquía de los tiempos de Franco podrán enarbolarla cuando se despojen del disfraz europeísta y reconozcan que su eslogan "Cataluña, nuevo Estado de Europa" alude a una Cataluña amputada del tronco español y, por tanto, de la Unión Europea. O, pensándolo mejor, quizá la pancarta que encabezó la manifestación del 11-S era más explícita de lo que creía la mayoría de quienes marchaban detrás de ella: no mencionaba la Unión Europea sino esa Europa amorfa por donde discurren algunos partidos totalitarios, aislacionistas, etnocéntricos y hostiles a los valores de Occidente, que se miran en el espejo de Kosovo o de algunas repúblicas desgajadas de la difunta URSS.

Ínfulas soberanistas

Cuando el presidente de la Generalitat, Artur Mas, compareció ante la prensa en la embajada de Cataluña en Madrid, practicó su propia versión del trampantojo secesionista. Tenía a sus espaldas la bandera cuatribarrada y la de la Unión Europea, haciendo alarde de la ausencia de la española. Simulaba olvidar que España estaba presente en una de las estrellas de la constelación europea, privilegio que no se concede a los símbolos de ninguna región, cualesquiera sean sus ínfulas soberanistas. Y tal vez por eso sazonó su conferencia con uno de esos sucedáneos de europeísmo que sólo engañan a paladares anestesiados. Dijo Mas después de su entrevista con Mariano Rajoy (LV, 21/9):

No hablamos de rupturas. Hablamos de estructuras de Estado, de Estado propio. Pero no de rupturas totales. Lo situamos todo en el marco europeo. No nos hemos vuelto locos.

El presidente de la CEOE, el catalán Juan Rosell (al que, según cómo sopla el viento, el somatén mediático llama Joan), no se dejó engatusar por metáforas ni evasivas, ni las empleó cuando tuvo que definirse. Fue rotundo (LV, 25/9):

Calificó la reclamación de independencia para Catalunya como "una barbaridad para los empresarios" (...) En su explicación de las consecuencias que traería una separación de los dos territorios apuntó a una pérdida de beneficios para los empresarios catalanes pero también para todos los empresarios de España.

Miedos muy justificados

Lógicamente, a los fanáticos identitarios les importan muy poco las pérdidas de los empresarios, aunque estas repercutan sobre toda la sociedad, incluidos trabajadores y clases medias. Los talibanes y sus corifeos tienen su bienestar garantizado, sea porque ya forman parte de la nomenklatura, o porque realizan oscuros mercadeos que todavía están bajo investigación, o porque reciben suculentas subvenciones. Los más cínicos se burlan de los miedos que disuaden a muchos de sumarse a la cruzada secesionista. Francesc-Marc Álvaro enumera con desprecio los miedos muy justificados de los ciudadanos pensantes que, si se materializara el Kosovo ibérico, seguirían estando al margen, como hoy, de la élite privilegiada (LV, 27/9):

Miedo al aislamiento internacional, miedo a la fractura social, miedo a la decadencia económica, miedo a la deslocalización empresarial, miedo a la exclusión cultural, miedo a repetir la tragedia balcánica, miedo al caos y al precipicio.

La panacea que Álvaro receta para tantos miedos es la ilusión. Pero la ilusión que, comprensiblemente, alimentan quienes, como él, creen estar próximos a tocar el cielo con las manos no puede compartirla la plebe maltratada. Precisamente pegada al artículo del ilusionista Álvaro aparece una columna de Lluís Foix, quien, sin renunciar a su condición de veterano catalanista, pone los puntos sobre las íes:

La campaña se centrará en la independencia, sin que CiU la incluya en el programa con ese nombre, olvidando el debate social para crear empleo, promover la creación de riqueza, socorrer a los frágiles, garantizar las pensiones, combatir la corrupción política y evitar los efectos negativos de los recortes sociales. Cuántas precariedades y miserias pueden tapar las banderas. Se inició la legislatura con la promesa de reducir el paro a la mitad y hay 135.000 parados más.

La ilusión del ciudadano pensante sólo puede girar en torno del fracaso de la aventura rupturista que culminaría con un nefasto "Adéu, Unión Europea".

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