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Otra reforma, otro fracaso

Raúl Castro está empeñado en que el comunismo cubano sea eficiente y productivo. Sus reformas no están encaminadas a crear libertades políticas y económicas, como esperaban los más ilusos, sino a salvar y relanzar el modelo socialista de economía planificada, dirigido por los sabios y bienintencionados burócratas del Partido.

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Raúl quiere que predomine la propiedad estatal de los medios de producción, ahora acompañada de cooperativas y de un tenue tejido microempresarial privado, también sujeto a los objetivos generales del Estado y bajo la estricta vigilancia del Gobierno, para que la acumulación de riquezas no sea excesiva. O sea, el mismo monstruo, pero ligeramente mutado.

Para lograr sus propósitos, Raúl ha puesto en circulación un documento de 32 páginas titulado "Lineamientos de la política económica y social", que será el foco de las discusiones hasta que se celebre el VI Congreso del Partido Comunista, convocado para abril del 2011. Nada de exámenes políticos de fondo. Nada de cuestionamientos esenciales al sistema dictatorial que mantiene a los cubanos en una creciente miseria desde hace más de medio siglo. La discusión se limita al tema estrictamente económico.

Era previsible. Raúl no es un ideólogo. Ni siquiera se considera un político. Se ve como un gerente. Se considera un tipo pragmático, organizado, capaz de armar un equipo de trabajo, asignar responsabilidades, establecer calendarios y hacer cumplir las metas con mano dura. Siempre ha percibido a su hermano como un ser superior, genial, más inteligente que él, pero caótico, arbitrario, torpe en la elección de sus subalternos e incapaz de desarrollar planes a largo plazo. Piensa que sin Fidel no hubiera habido revolución, pero estima, como muchos cubanos, que por culpa de Fidel y de sus arrebatos anarcolocos la revolución es un desastre.

Raúl cree que él puede arreglar ese desastre. Sería su gran victoria personal en la secreta competencia que mantiene con su hermano mayor. Durante toda su vida ha sido un segundón, un apéndice a veces humillado del Máximo Líder (a Raúl le llaman, en voz baja, el Mínimo Líder), pero ésta es su oportunidad histórica de ganarle esa batalla íntima y dolorosa y demostrar que él es capaz de triunfar donde el otro fracasó estrepitosamente.

Aunque la reforma es económica, el objetivo a medio y largo plazo es de carácter político. Raúl sabe que el fracaso material del Gobierno es de tal magnitud, que difícilmente el régimen sobreviva cuando él y Fidel no estén al frente de los cuarteles. Ya casi nadie cree en el sistema porque, como se le escapó a Fidel, "no funciona". Para poder transmitir ordenadamente la autoridad dentro de las instituciones del Partido y evitar el derrumbe post mortem hay que legitimar a la clase dominante aportando comida, vivienda, agua potable, comunicaciones, electricidad, transporte, ropa, salud, educación y un mínimo de diversión.

Hasta ahora han podido sobrevivir gracias a la caridad soviética, primero, y luego a la venezolana, pero Hugo Chávez es un tipo impredecible que puede desaparecer mañana, como ocurrió con la URSS. El sistema comunista cubano tiene que ser autosuficiente, especialmente si se mantiene el propósito de entronizar la dinastía y dejar en el poder a Alejandro Castro Espín, coronel de los servicios de inteligencia e hijo y mano derecha de Raúl.

Pero todo eso es una fantasía. Su reforma del aparato productivo fracasará, como ocurrió con las otras seis anteriores acometidas en este medio siglo. Raúl cree que el sistema se salva si las empresas en poder del Estado se vuelven eficientes y rinden beneficios. Las va a operar con métodos comunistas, pero va a juzgar sus resultados con categorías del capitalismo. Eso es un disparate. Quiere que las empresas produzcan cada vez más con cada vez menos, que es la esencia de la productividad capitalista, y por eso en el plazo de dos años va a lanzar al desempleo a un millón trescientas mil personas, una cuarta parte de la fuerza laboral, incapaz de advertir que el pecado original del modelo comunista está, precisamente, en la propiedad estatal de los medios de producción y en la existencia de un poder central planificador manejado por burócratas que determinan los precios artificialmente y aplastan la creatividad y el espíritu emprendedor de la sociedad.

Raúl supone que el modelo comunista se basa en ideas correctas hasta ahora mal ejecutadas. Morirá sin entender que las enormes deficiencias del comunismo real son la consecuencia natural de las ideas disparatadas de Marx, Lenin y el resto de los corifeos. Ya está muy viejo para aprender nada.

 

© Firmas Press

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