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Columna publicada el 28-03-2003
No es raro que en política la cobardía se disfrace de prudencia. Hacer de la necesidad virtud es una fórmula habitual en la vida pública y es aceptable cuando no afecta a las libertades fundamentales de las que los políticos son representantes o depositarios, nunca dueños. Pero cuando un político injustamente agredido no se defiende a sí mismo está dejando de defender a los que confiaron en él. Y cuando un líder político no defiende a su partido se está suicidando en compañía de los suyos. Hay países desgraciados en los que el suicidio de una fuerza política conduce a la ruina del sistema y a la guerra civil. Eso sucedió en España entre el 34 y el 36, cuando la izquierda violenta creyó que la derecha democrática era capaz de defender la República pero incapaz de defenderse a sí misma. Y a José María Aznar empieza a ponérsele cara de Gil Robles.
El PP ha decidido, como de costumbre, no defender las ideas y principios que animan su acción de Gobierno. Una posición centrista es eso, una posición, pero cuando hablamos de una guerra, en el Gobierno se está con unos o con otros. En el limbo no se admiten presidentes del Gobierno. Y nuestro presidente ha sido valeroso en elegir, pero está siendo muy poco valiente en defender a su partido de las consecuencias de su elección. Él, dentro de un año, ya fuera del Gobierno, podrá pasear por el mundo su perfil de gobernante serio y consecuente. Pero mientras Blair acude a todos los debates habidos y por haber, da la cara en todas partes y se multiplica para convencer a un país casi tan comodón como los demás de la necesidad de esta guerra, Aznar se limita a ganar teóricamente los debates en el Parlamento mientras los candidatos del PP no pueden salir a la calle sin ser agredidos. Y su libertad es el termómetro de las libertades de todos, sitiadas por el sectarismo criminoso de la izquierda... y la melindrosidad de la derecha.
La estrategia del "ya escampará", además de inmoral, es suicida. Primero, porque no escampará. La izquierda no va a renunciar al acogotamiento de la derecha si ésta no se defiende. Segundo, porque la dejación en materia de orden público no es separable de la cobardía ideológica y la deserción informativa. El sanedrín de La Moncloa, tan diligente en quitar y poner tertulianos en los medios adictos, es incapaz de conseguir que estos medios no sean plataformas de deslegitimación de su política y de la posición nacional e internacional de España, que sobre legal es legítima. La hiperlegitimidad de la izquierda en España, gracias a la pusilanimidad de la derecha gilrroblista, condujo a nuestro país a la guerra civil. Por lo que hizo el PSOE y por lo que no hizo la CEDA. Aznar, en su nube de incienso, no se da cuenta de que le están creciendo el papo y las entradas, como a Gil Robles. Alguien debería traerle un espejo, por si se atreve a mirarse.

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