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Se va en el peor momento y sin dar explicaciones

Lo decente, lo patriótico, lo paternal y responsable era acometer esas batallas sordas de reconstrucción moral y política del Estado.

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Yo pedí públicamente la abdicación del Rey en 2005, cuando respaldó los pactos de Zapatero con la ETA y el Estatuto de Cataluña, base del golpe de Estado dirigido por la Generalidad de Cataluña, que, en abierta rebeldía contra la legalidad constitucional, está creando su propio Estado con dinero de todos los españoles. En aquellas declaraciones a El Mundo, que fueron en parte la razón de mi bendita salida de la COPE, yo pedía que el Príncipe asumiera la Corona porque, además de ser joven, no había sido salpicado por ningún escándalo. ¡Y faltaban años para lo de Botswana!

Debería estar, pues, contento por la súbita decisión del Rey, pero sólo lo estoy a medias, porque el Rey se ha ido en el peor momento y sin dar explicaciones. Y eso no es de recibo.

Los contrarios a la abdicación han esgrimido en los últimos años, sobre todo tras el regio trompazo africano, tres razones para que Juan Carlos no dejara la Corona: que siempre dijo que moriría en la cama (la Reina lo ha repetido mucho, incluso en TVE), que Letizia era un flanco demasiado débil del Heredero y que, cuando lo de Cataluña estalle y desemboque en una declaración unilateral de independencia el Rey haría su último servicio plantando cara al Golpe de Estado, esta vez de verdad, y respaldando con la fuerza de la ley al Gobierno y al régimen constitucional.

Había otra razón para abdicar, que era su salud, pero hace tiempo que no se veía físicamente mejor al Rey que en su breve discurso de despedida. Y si por agotamiento o hastío quería irse, lo natural era hacerlo al cumplir los 75 años, no los 76 que ha esgrimido hoy como argumento. Si no se ha ido tras dos años de quirófano en quirófano, ahora que está mejor no es lógico que se vaya. Otra cosa es que, convencido de que hasta los reyes mueren, haya decidido pasar sus últimos años con Corinna. Eso explicaría el sorprendente viaje de la Reina a Nueva York, cuando, después de tantos años, podía concluir su tarea "profesional" más dignamente. No es que sea culpa de la Reina el indecoroso comportamiento del Rey, pero, por unos días, podía haber fingido el duelo. Por lo visto, ya no están para fingir nada.

Dentro del ámbito familiar, es posible que sea inminente la imputación de su hija Cristina por los presuntos delitos perpetrados junto a Urdangarín en el caso Aizoon-Noos. O que finalmente se haya amilanado el juez y no la impute, con lo que todo señalaría al Rey como garante de su impunidad. Pero también en ese caso, lo mejor para el Príncipe era que el Rey afrontara el desgaste correspondiente y no lo endosara a su heredero, que con la Corona debe hacerse cargo de las deudas morales de su padre.

No son pocas. El Rey simboliza, sobre todo tras el caso Urdangarín, un régimen de corrupción, desacreditado hasta extremos insospechados, pero que las recientes elecciones europeas han ayudado a vislumbrar. Con la algarabía republicanoide –una verdadera república nacional no puede ser la reivindicación de la sectaria y sangrienta II República- en la Puerta del Sol, con la declaración de independencia de Cataluña al caer, con la crisis del sistema bipartidista que blindaba la continuidad dinástica y con el desprestigio total de la Corona encarnada por el Rey, lo decente, lo patriótico, lo paternal y responsable era acometer esas batallas sordas de reconstrucción moral y política del Estado y de la maltrecha nación española. El legado de Juan Carlos, en ese sentido, es sencillamente catastrófico. Quitarse de en medio sin dar ninguna explicación es lo peor que le podía hacer al Príncipe. Y se lo ha hecho.

El futuro rey contará siempre con nuestro apoyo –crítico, porque España merece ser una democracia y porque somos liberales, no serviles- en la lucha contra la corrupción institucional y en defensa de la Libertad y la Nación. Pero no porque sea Rey sino porque lo va a ser de España en uno de los momentos más difíciles de su historia. Para hacer lo que no ha hecho su padre, nos tendrá siempre a su lado. Para hacer lo mismo, no.

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