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Asomarse a la red de redes es una continua sorpresa, un universo por descubrir, en que muchas cosas llaman la atención, aunque no siempre por las mismas razones. Recientemente tropecé con Twitter, una página web, aplicación, servicio o como se la quiera llamar, y una vez más comprobé que mantengo la capacidad de sorprenderme.
Twitter es lo que los expertos denominan un "nanoblog". En un blog, el autor escribe ideas más o menos desarrolladas, y legibles; en un nanoblog, como el prefijo indica, la dimensión de las entradas se reduce, hasta ser meras frases.
La gente envía SMSs desde su móvil, o mensajes de e-mail, que se quedan registrados en una determinada página, a la que se supone que otros interesados pueden acceder. Supongo que habrá genios, estilo Oscar Wilde, que tengan de continuo ideas brillantes y cuyas páginas atesoren frases SMS. Pero la mayor parte de sus usuarios, básicamente, se dedican a mandar SMSs con lo que están haciendo en cada momento, donde están o lo que escuchan. Y a base de estas novedades se llena el nanoblog.
Así que, por un lado, tenemos aquellos usuarios que se dedican a informar al mundo de su paradero. Supongo que asumen que hay mucha gente a las que esto les puede interesar; vamos, que un poco de ego cabe esperar de su perfil.
Pero si bien puedo imaginarme a unas cuantas personas haciendo esto, tomándose la molestia de mandar un SMS en los ratos muertos del día, me cuesta mucho más identificar qué clase de personas pueden ser capaces de consumir las páginas que recolectan esta información. ¿A quién le puede interesar leer una serie de frases inconexas sobre lo que están haciendo o escuchando en cada momento del día otras personas, por muy amigos, conocidos o importantes que sean? Desde mi punto de vista, se trata de otra manifestación de la banalidad a la que parece asomarse nuestra sociedad, menos extendida, eso sí, que el Gran Hermano o el Chiquilicuatre.
Afortunadamente para los usuarios de Twitter y para sus creadores, esta es sólo mi opinión. Y por mucho que piense que es una asignación ineficiente de recursos, no se me pasaría por la cabeza proponer una intervención en el mercado de internet para prohibir esta clase de servicios por dicha razón.
Y es que internet es el fenómeno que es, precisamente porque la innovación no tiene en ella ninguna cortapisa. A cualquiera se le puede ocurrir prestar un servicio, y puede probar suerte. Nadie le va a prohibir que lo haga. Y aunque una gran mayoría de los ciudadanos podamos pensar que es una chorrada, a lo mejor encuentra unos cuantos que lo ven útil o simplemente entretenido. Sólo queda esperar que pueda seguir así por mucho tiempo, libre de intervenciones de iluminados.
Suena La cabalgata de las Valkirias, de Wagner. Adelante, Twitter.
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