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Ya sé que queda feo esto de escribir una columna tecnológica oponiéndose a una innovación técnica, pero es que me incitan. Fernando Herrera se sorprende de la gran cantidad de cosas que podemos hacer y, de hecho, hacemos por vía electrónica, mientras algo en apariencia tan sencillo como votar por internet o telefónicamente nos está vedado. "¿Nos fiamos menos del teléfono para un voto que apenas va a tener influencia en nuestra vida que para una operación con el banco, que nos la puede arruinar?", se pregunta.
Es un argumento muy válido, pero sólo si eliminamos del paisaje el hecho incontrovertible de que el voto ha de ser secreto. Cuando una operación electrónica está asociada a una identidad, se abre la puerta a innumerables mecanismos de control y posibilidades de auditar el proceso, empezando por el hecho de que uno mismo puede acceder a los resultados y mirar qué actos se supone que hemos hecho electrónicamente, comprobando que se está haciendo todo bien.
Sin embargo, al votar, la opción que hemos elegido se desvincula completamente de nuestra identidad. De hecho, es un requisito obligatorio y es necesario que así sea. Hay que evitar que nuestro voto esté condicionado por lo que puedan pensar de él terceras personas. No es difícil pensar en circunstancias en las que esto resulta clave: desde evitar que el cacique del lugar pueda comprobar que estamos votando por él a que nos fiscalicen los proetarras repartidos por las mesas electorales del País Vasco y Navarra. De hecho, las papeletas deberían estar situadas en cabinas y debería ser obligatorio que todos o llegáramos con el voto traído de casa o lo introdujéramos en el sobre dentro de esas cabinas protegidas por cortinas.
Ese requisito del secreto hace que el voto electrónico, por más que el recuento sea instantáneo, sea mucho más vulnerable al fraude que el emitido con papel. De ahí que sea desaconsejable el proyecto del Gobierno de que los emigrantes españoles en el extranjero voten por internet. Josu Mezo, editor de Malaprensa y conocido detractor del voto electrónico, escribió en 2004, recordando el clima de elecciones como las repetidas a la Asamblea de Madrid o las generales del 14-M, que "gracias a nuestro actual procedimiento de votación y recuento, en ninguna de ellas hubo dudas de que los votos contados eran los votos realmente depositados en las urnas. ¿Podríamos decir lo mismo si el escrutinio lo hubieran hecho ordenadores conectados en red? Creo que la respuesta es obvia. Si implantamos el voto electrónico, más pronto que tarde habrá unas elecciones con un resultado sorprendentemente favorable para el partido en el poder, y muchos ciudadanos de buena fe creerán que ha habido tongo, sin que se sea posible probar lo contrario".
Otra cosa distinta sería emplear la tecnología para facilitar el proceso de voto. Podrían emplearse máquinas en esas cabinas secretas en las que pudiéramos emitir por medio de una pantalla táctil nuestro voto, que se imprimiría inmediatamente para que pudiéramos depositarlo en la tradicional urna. Se ahorraría mucho papel usado para imprimir papeletas de partidos carlistas y demás fauna y las papeletas podrían ser emitidas de tal modo que luego se pudieran escanear electrónicamente de forma sencilla, acelerando el escrutinio pero dejando un rastro de papel verificable que permitiera hacer un recuento. No sé si merecería la pena el gasto, la verdad, pero tampoco que se deba ir más allá si queremos seguir manteniendo la mucha o poca confianza que tengamos en nuestro proceso democrático.
Nota: El autor autoriza a todo aquel que quiera hacerlo, incluidas las empresas de press-clipping, a reproducir este artículo, con la condición de que se cite a Libertad Digital como sitio original de publicación. Además, niega a la FAPE o cualquier otra entidad la autoridad para cobrar a las citadas compañías o cualquier otra persona o entidad por dichas reproducciones.
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