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CRÓNICA NEGRA

De rodillas ante la ley

Es usted tan... ¡tan español!, que me conmueve. Usted, don Antonio, padre de Marta, esa adolescente desaparecida en Sevilla hace ocho meses, víctima de una leyenda que dábamos por derogada, la de que a las personas no se las empieza a buscar hasta que no pasan 48 por horas, por si regresan solas.

Cuando fue usted, un celta chiquito, un gigante moral, recio, fuerte, con un coraje a prueba de bombas, pelirrubio, ojos claros, todo fibra, inteligencia, todo corazón, con esos ojos penetrantes que rebosan hombría de bien; cuando fue usted a la comisaría a denunciar la falta de Marta, le vinieron con el cuento de que hoy la juventud se pierde en un vuelo, con lo que se desperdiciaron minutos preciosos, horas esenciales. Se dio tiempo a los malvados para que actuaran en la sombra, limpiaran el rastro de su maldad, se llevaran a la niña al abismo oscuro, a la sima de la nada.

Un puñado de niñatos de patio de Monipodio que juegan a la ruleta con los sentimientos se burla de la policía, se pasa la justicia por la próstata y se ríe de España.

Estaba usted, don Antonio, fumándose un pitillo, de esos que el Gobierno no va a dejar fumar ni a Dios, en la puerta de Es Radio, en el callejón de los suspiros, esperando a que Federico diera altavoz a su pena, cuando le vi, fuerte como Príamo en busca de Héctor recorriendo las huestes enemigas, Troya descabezada, sin importarle ya reino ni cetro ni autoridad quebrada. Es usted el reflejo de la virtud, la fortaleza y la paciencia, la reserva de la virilidad, el buen sentido, la razón y la bondad.

Es usted un ejemplo para España. Y es usted un padre más fuerte que Príamo retando a Aquiles, el de los pies ligeros, todavía con los músculos apretados, hechos un nudo, otro nudo la garganta, y la pupila atravesada de lágrimas contenidas, como si ya no quedara aire que respirar. Estuvo así, hace bien poco, frente al juez, junto a los imputados que mienten como respiran, que silencian el paradero de Marta, que no ayudan, que no quieren que termine este sufrimiento que nos consume.

Y dice usted que sintió la tentación de echarse al suelo, de ponerse de rodillas delante de ellos, allí frente a los guardias, y, como Príamo ante Aquiles, suplicarles por su hija, ¿dónde está?, ¿dónde esta?, decídmelo por vuestra vida, idea que chocaba con un sentimiento duro de revancha, de fuerza, de sacar los puños para borrarles la sonrisa.

Estaba usted allí taladrado por el dolor, y estaban ellos tan ricamente, protegidos por una ley que permite mentir para defenderse, que permite mentir una y otra vez, mientras el agujero del pecho se hace más grande y ellos dicen que la mataron, mientras el Gobierno convierte todo el país en un enorme cenicero y la tiraron al río, donde la Telechaves graba las pasadas de los helicópteros, sólo faltaba la música de la valkirias, Wagner a todo meter, para que fuera Apocalpyse Now; y las barcazas con fuera borda revolviendo el chocolate del Guadalquivir, el Guadalquivir lleno de coca, de errores y mentiras.

Pero no fuera bastante, ¡ay, Federico, dilo en tu radio!, que así no se busca a una niña, a la dulce Marta que nos falta. Y mintieron de nuevo porque la ley no les deja otra, y señalaron el vertedero de Alcalá, donde otra vez la policía de la escala básica se dejó el sudor y los redaños escarbando en la basura, sin encontrar ni un botón.

Hace usted bien, don Antonio, ¡siga en pie!, más allá de la tentación, prieto, curtido, contenido, dejando que su pensamiento claro y bueno se ocupe del equilibrio, aplaste la rabia, contenga el impulso y confíe en la entrega de sus paisanos, en la solidaridad de los españoles. En que Aquiles caiga ante Apolo y el legislador del caballo. En que la Administración no ceda y busque a Marta... hasta que la encuentre.