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Columna publicada el 10-11-2008
De nuevo, Afganistán es origen de malas noticias; de nuevo, soldados del ejercito español han dado su vida en aquellas tierras en cumplimiento de su deber. La ministra Chacón ha salido corriendo para hacerse cargo de la repatriación de los cadáveres. Pero eso no forma parte más que de la política de imagen de los altos cargos del ministerio de Defensa y poco añade para salvar el dolor por los caídos y por asegurar la vida de los que quedan.
Es ley de vida que los militares por vocación asumen unos riesgos poco comunes. Están dispuestos a dar su vida en aras de algo tan abstracto como el interés nacional. De ahí que el Estado y el Gobierno no deban tomarse sus sacrificios a la ligera. Hay dos formas de tener la conciencia tranquila por los caídos: la primera, saber que los medios con los que operaban eran los mejores posible y estaban en consonancia con el ambiente en el que cumplían sus tareas; la segunda, teniendo muy claro que su destino se debe a una misión relevante para los intereses nacionales y que no podía lograrse más que con su participación institucional y personal.
Por desgracia, ni el presidente del Gobierno ni sus sucesivos ministros de Defensa, de Bono a Carmen Chacón, pasando por Alonso, pueden dar buena cuenta de estos dos requisitos. La concepción de las misiones en el extranjero como "misiones humanitarias" retrasó –y sigue retrasando– la dotación de los medios que exige un entorno nada benigno, sino hostil, como es el de Afganistán. Sabemos del retraso en la adquisición y entrega de los vehículos no tripulados, como también hemos sido conocedores de los problemas con la instalación de inhibidores o la adecuación de los blindados para el transporte del personal.
Pero sobre todo lo más grave es que el Gobierno y la ministra han sido incapaces de explicar las razones de nuestra presencia en Afganistán más allá de vaguedades y generalidades como el apoyo a la paz y a la reconstrucción. Si no hay más intereses en juego por parte del Ejecutivo de Rodríguez Zapatero, se deberían retirar las tropas, ya que se trataría de una misión de imposible realización en el entorno actual. Y, sin embargo, eso no sería estratégicamente razonable, porque lo que en verdad hace la coalición internacional en Afganistán bajo el mando OTAN es impedir el retorno de los talibanes y contribuir a la guerra contra el terrorismo. El futuro de Afganistán encierra el futuro de nuestra seguridad. Por eso hay que estar allí. Y por eso el Gobierno debería autorizar a nuestros soldados a realizar tareas en consonancia y no restringir su libertad de acción en el marco de la ISAF.
Pero los socialistas, con sus contradicciones y su política de avestruz, le está haciendo un flaco favor a nuestras tropas: parecería que las usan a su capricho en un terreno cada día más peligroso. Si tienen que morir, al menos que sepan por qué lo hacen.
GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.
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