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¿Qué hacer?

Siria es una tentación. Acabar con el régimen asesino de los Assad sería privar al perturbador Irán de su aliado clave, y asestaría un rudo golpe a dos peligrosas organizaciones que recurren sistemáticamente al terrorismo.

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¿Si en Libia sí por qué en Siria no? Lo curioso es que muchos de los perplejos demonizaron Irak, como demonizarán cualquier intervención que demanden en cuanto las cosas se tuerzan un poco. ¿Y por qué no preguntan por Yemen y Bahrein, cuyos muertos también son de Allah? Quizás dentro de poco nos toque Marruecos, que a nosotros nos toca mucho, y por qué no Arabia Saudí –que tiene un régimen infumable– y cerramos el golfo pérsico y nos pasamos a las bicicletas. Quizás una de las razones para estar en Libia sea no estar disponibles para los mucho más peliagudos Yemen, Bahrein, Siria y lo que siga viniendo, y puede que no sea mala razón, pero lo cierto es que si echamos los hígados en Libia, mal podríamos en Siria meter mano o más bien ala, si la cosa ha de hacerse aéreamente. También puede suceder que la intervención en Libia haya animado a muchos sirios a echarse a la calle y de esa manera hayamos influido en los trágicos acontecimientos.

¿Somos, pues, incoherentes? La verdad es que siempre existe el universal criterio de que se hace lo que se puede, como se puede, cuando se puede. Es muy elástico y a veces es una mera coartada para la inacción, pero es ineludible. Los poderes se estiran y encojen, pero no son infinitos. Todos están muy ampliamente condicionados. Cuentan los imperativos morales, los intereses en juego, las capacidades, las posibilidades, las perspectivas de resultados. Al final de todo, un mínimo de garantías de que el remedio no sea peor que la enfermedad. Coronando todas las demás, esta consideración es determinante en Siria y en todo el convulso Gran Oriente Medio.

Siria es una tentación. Acabar con el régimen asesino de los Assad sería privar al perturbador Irán de su aliado clave, y asestaría un rudo golpe a dos peligrosas organizaciones que recurren sistemáticamente al terrorismo, el Hizbulah libanés y chiita y la sunita fundamentalista y palestina Hamas, que domina Gaza, ambas dependientes de las armas y ayudas de Teherán que llegan a través de Damasco, ambas poniendo a Israel al borde de una guerra antes de que sea demasiado tarde. Parece ser un afortunado caso en que principios e intereses coinciden. Pero conviene mirar alrededor buscando inspiración. Los mismos israelíes, que podrían ser los beneficiarios inmediatos del gran cambio, no mueven un dedo ni dicen ni mu. Los hay que suscriben el análisis que precede. Otros prefieren decididamente lo malo conocido a lo bueno por conocer. A pesar de todos los pesares ven un papel estabilizador en el inmovilista y represivo régimen sirio, y un peligro en el radicalismo sunita que podría reemplazarlo. Los turcos, en ascenso en su militancia sunita y sus aspiraciones regionales, tampoco se arriesgan a sacudir el régimen de los minoritarios y heréticos alauitas que, despreciados por los siglos, han sido ahora recibidos en el redil chií por los ayotolás persas. Y hasta lo saudíes, a la cabeza del bando contrario, no quieren correr riesgos.

© GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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