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Al menos hay dos razones poderosas para que Europa hubiese estado presente en el conflicto que en Gaza ha enfrentado a Hamás con la democracia hebrea. En primer lugar, por la particular situación de Israel. Ubicado sobre la abrupta frontera entre occidente y oriente, representa los valores y principios genuinamente occidentales en la otra orilla del mediterráneo, los ha representado en el pasado y aspira –si consigue sobrevivir a un entorno hostil– a seguir haciéndolo en el futuro. Económicamente, institucionalmente, económicamente, culturalmente, Israel es un país occidental rodeado de países que o no son occidentales o son abiertamente antioccidentales. Para los europeos, desde el punto de vista cultural, Israel debiera ser uno de los nuestros.
En segundo lugar, porque Israel es el único país democrático de esa zona del globo. Aunque da cierta vergüenza repetirlo, sólo allí el Gobierno se elige democráticamente, sus gobernantes se rigen por el Estado de Derecho y el Imperio de la Ley, se respeta el pluralismo político, religioso y social. Israel es, a diferencia de sus vecinos, una sociedad abierta con mayúsculas. Desde el punto de vista de la Europa democrática, tampoco cabe duda: Israel es uno de los nuestros y Hamás, movimiento totalitario, su y nuestro enemigo.
Ambas constituyen poderosas razones para que Europa no abandone al pequeño país mediterráneo a su suerte, se involucre en su seguridad y le apoye contra sus enemigos. Primero, porque tras la guerra, la supervivencia de Hamás y Hezbollah, o su fortalecimiento, serían un fracaso para la democracia. Y segundo, porque cuando buena parte del mundo musulmán clama contra Occidente y celebra en las calles cada atentado terrorista en las ciudades occidentales, o cuando Irán engrasa su arma nuclear contra nosotros, Israel es la primera trinchera occidental ante el radicalismo islámico.
Sin embargo, contra toda lógica, Europa se encoge de hombros y sus miembros hacen y deshacen, van y vienen según sus intereses propios. ¿Cómo es posible que en un tema tan capital para Europa, como es la defensa de su frontera cultural y de su sistema político, los europeos no tengan nada que decir? En primer lugar, porque nuestras instituciones hace ya tiempo que han roto amarras con los valores culturales europeos. Lo que los socios europeos tienen en común es la herencia grecolatina y judeocristiana, en el derecho, la política, el arte o la moral. Pero sus instituciones se están desarrollando negándolas explícitamente, fomentando el relativismo cultural, el nihilismo moral y el laicismo salvaje. Por odio –en la izquierda– y complejos y cobardía –en la derecha–, la civilización occidental está siendo combatida desde sus propias instituciones.
Esto trae consigo una hipertrofia burocrática europea, capaz de generar un entramado institucional impenetrable y una administración comunitaria elefantiásica –cada vez más dispuesta a entrometerse en la vida de sus ciudadanos–, pero de nada más. Son una caricatura democrática, alejada de los problemas de los ciudadanos que cada vez confían menos en unas instituciones deslegitimadas. Se ha extendido una élite y una casta política europeísta que representa, mediante su corrupción, la negación del espíritu democrático que inspiró a los primeros teóricos de la unidad europea. Si al europeísmo de Bruselas no le interesa la defensa de la cultura europea, tampoco la calidad democrática de sus instituciones, cada vez más deteriorada.
Así que si las instituciones europeas se dedican a socavar la unidad cultural europea y se rigen por comportamientos democráticamente aberrantes, menos son capaces de actuar cuando la democracia y la cultura occidental se baten en su defensa. Europa no tiene nada que decir sobre la lucha de Israel contra el islamismo de Hamás, porque sus instituciones no tienen nada que decir sobre Europa. Difícilmente puede extrañar la ausencia europea del conflicto de Gaza. Allí se está poniendo en juego tanto la cultura occidental como el valor de la democracia, algo de lo que las instituciones europeas se han desentendido hace ya mucho tiempo. Pese a ellas, y por el bien de Europa, hay que desear que los israelíes hayan cumplido satisfactoriamente todos sus objetivos, saliendo más fortalecidos de esta guerra. Por una sencilla razón: Israel es uno de los nuestros.
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