Vacas, cabras, ovejas, caballos... la ganadería extensiva desempeña un papel clave en la prevención de los incendios. Mientras pastan, eliminan hierba, matorral y vegetación seca que, cuando llega el verano, pueden alimentar las llamas.
Basta con mirar el suelo para entenderlo. Donde ha habido ganado apenas queda vegetación alta, por lo que el fuego tendría mucho menos combustible para propagarse. Además, estos terrenos limpios actúan como una barrera natural alrededor de pueblos y viviendas, dificultando el avance de las llamas y facilitando el trabajo de los equipos de extinción.
El problema es que cada vez quedan menos ganaderos haciendo este trabajo. España pierde alrededor de 500 ovejas y 80 cabras al día, y cada explotación que cierra supone menos superficie pastoreada y más monte abandonado. Algunas comunidades, como Madrid o la Comunidad Valenciana, ya pagan a los ganaderos por mantener limpios los montes, pero la falta de rentabilidad y la burocracia siguen empujando a muchos a dejar la actividad. Además de perder una actividad económica, eso supone un pueblo más vacío, un monte un poco más abandonado y un paisaje con más posibilidades de arder cuando llegue el verano.


