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GRANDES CRIMINALES DEL SIGLO XX

Idi Amin Dada

Si al pasado se le pudo llamar "el siglo de la megamuerte" fue porque produjo en abundancia hijos de puta metafóricos o literales como Idi Amin Dada Oumee, alias Gran Padrecito (como Stalin), Carnicero de África (muy cierto), Conquistador del Imperio Británico (qué mentira) y Señor de Todas las Bestias de la Tierra y de los Peces del Mar (en fin).

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El Último Rey de Escocia –¡y se plantó con su kilt en un funeral de un príncipe saudí!– nació en Koboko, un lugarejo del norte de Uganda, allá por 1923, o 1924, o 1925; en fin, no se sabe a ciencia cierta, no hay registro del nacimiento de semejante bestia, "el mayor animal que haya parido madre africana", en palabras de otro que tal baila, Milton Obote, vaya par de psicópatas, sin lugar a dudas los peores enemigos del pueblo ugandés que excretó el siglo XX.

Su padre, campesino y musulmán, abandonó pronto a su madre, una bruja de la tribu lugbara devenida puta (camp follower, dicen mis fuentes, más finas) que sacó adelante a sus hijos (ocho, de los que IAD fue el tercero) como pudo.

Esta mujer, que había logrado salir de una paupérrima aldea del norte y llegar a una ciudad del sur, mucho más rico, se convirtió en parte del elemento que hoy en día constituye el problema más grave de África: el creado por aquellas personas, por aquellas decenas de millones de personas, que han abandonado el campo, llenando unas ciudades ya monstruosamente hinchadas, y sin encontrar en ellas ninguna ocupación ni lugar propio. En Uganda las llaman bayaye. Las veréis enseguida, pues son las que forman esas muchedumbres en la calle tan diferentes de las europeas. En Europa, la gente que se ve en la calle, por lo general, camina hacia un destino determinado. La aglomeración tiene una dirección y un ritmo, ritmo a menudo caracterizado por la prisa. En una ciudad africana, sólo parte de la gente se comporta de manera similar. El resto no va a ningún lado: no tiene adónde ni para qué. Deambula, permanece sentada a la sombra, mira a su alrededor, dormita... No tiene nada que hacer. Nadie la espera.

(Ryszard Kapuscinski, Ébano, Anagrama, Barcelona, 2003 –7ª ed.–, p. 150).

Esa ciudad del sur de la que habla el por fin controvertido Kapus es Kampala, la capital de Uganda, donde Idi Amin hará valer sus poderes de mole humana. En el ring (fue campeón nacional de los pesos pesados entre 1951 y 1960) y en la milicia, donde ingresó en 1946 como pinche de cocina, que no deja de ser un puestazo para un caníbal.

Los kakwa [la tribu de Amin] y los nubi del norte musulmán bebían la sangre de sus víctimas, les comían el hígado y creían en el "yakan de agua de Alá" mahdista, un líquido que bebido convierte a los soldados en seres invulnerables

(Paul Johnson, Tiempos modernos, Vergara, Barcelona, 2000, p. 654).

La milicia en aquel entonces era el King's African Rifles británico, y Amin de inmediato descolló en ella, con sus 230 libras de peso (unos 105 kilos) y sus 6,3 pies de estatura (1,92 metros). Según uno de sus oficiales, era "un tipo estupendo y un buen jugador" de rugby, pero sin muchas luces, al que había que explicarle las cosas con palabras muy simples y cortas. Para otro de sus jefes, ni ese pero tenía: era "una persona increíble que, ciertamente, no estaba loca; un tipo muy perspicaz y astuto, un líder nato".

Siendo tan majo, matando a modo (intervino en la represión del levantamiento Mau-Mau y en la matanza de Turkana), torturando (cortando genitales para obtener confesiones, por poner un ejemplo), fue escalando posiciones con toda la prisa y sin la menor pausa, así que para cuando Uganda alcanzó la independencia (octubre de 1962) Idi Amin ya era general y vicecomandante en jefe del ejército.

Quería seguir escalando, llegar a ser todo eso que fue, el Gran Padrecito staliniano, el Carnicero mayúsculo de África, el Gran Tirano, por lo que le sobraba su semblable Obote, a quien había ayudado a derrocar al rey Mutesa en 1966. De manera que, el 25 de enero de 1971, dio un golpe al golpista aprovechando que éste, hay que ser imbécil, se encontraba en el extranjero. Hay que ser imbécil, sí, porque dejó cuidando el gallinero al zorro... ¡después de advertirle de que sabía que estaba robándose las gallinas!

Cuando el auditor general informó a Obote de que faltaban dos millones y medio de libras esterlinas de los fondos militares, el primer ministro [ya no era tal, sino presidente: ¡mola corregir a Johnson!] partió para asistir a una conferencia [de la Commonwealth] en Singapur y le dijo a Amin que le exigiría una "explicación completa" a su regreso.

(Johnson, ob. cit., p. 655).

Para explicaciones estaba el zorro convertido en gallazo, verdadera alimaña humana. Lo primero que hizo fue exterminar a los seguidores de Obote en la milicia: ya en el primer año acabó con dos terceras partes del ejército, por entonces conformado por 9.000 hombres. Luego... luego... ya fue un no parar, un despliegue brutal de vesania: hay quien habla de 300.000 muertos (Amnistía Internacional), otros (la BBC) elevan la cifra a 400.000. En una Uganda que no sumaba 7 millones de habitantes. "En cualquier país, tiene que haber gente que muera", dicen que dijo. "Hay sacrificios que toda nación debe acometer para conquistar la ley y el orden".

La lista de víctimas pronto incluyó a todas las figuras públicas que, de un modo o de otro, criticaban o estorbaban a Amin: el gobernador del Banco de Uganda; el vicecanciller de la Universidad Makerere; el ministro de Relaciones Exteriores; el presidente de la Suprema Corte, arrastrado fuera del tribunal a plena luz del día; el arzobispo Janan Luwun, muerto a golpes, al tiempo que dos ministros del gabinete, por el propio Amin. (...) Teresa, esposa de [Henry] Kyemba [ministro de Salud] y jefa de enfermeras del hospital Mulago, presenció el episodio en que trajeron el cuerpo fragmentado de Kay, esposa de Amin: parece que no sólo la asesinó sino que la descuartizó (...) Se dice también que mató a su hijo y le comió el corazón, siguiendo el consejo de un brujo traído en avión de Stanleyville. No cabe duda de que era un caníbal ritual y que conservaba ciertos órganos en su refrigerador [pero Brian Barron se encontró la nevera vacía].

(Johnson, ob. cit., p. 656).

Amin tenía la costumbre de visitar las guarniciones esparcidas por todo el país. En tales ocasiones, los soldados se congregaban en la plaza de armas. El mariscal pronunciaba un discurso. Le gustaba hablar durante horas. Como sorpresa, solía traer consigo a un dignatario, civil o militar, al que acababa de acusar de traición, complot o atentado. Al reo, atado con cuerdas, previamente apaleado y paralizado por el terror, lo colocaban en una tarima. La multitud, excitada ante tal espectáculo, entraba en trance y se ponía a aullar. "What shall I do with him?", Amin intentaba gritar más fuerte que la multitud. Y las cohortes coreaban: "Kill him! Kill him now!".

(Kapuscinski, ob. cit., pp. 155-156).

Ocho años duró el puro espanto de este negrazo racista y xenófobo que expulsó a los asiáticos del país (unos 50.000, casi todos indios y pakistaníes de tercera generación) y gustaba de humillar a los blancos haciéndoles que se arrodillaran ante él o le llevaran en andas. La inflación alcanzó tasas anuales del 200%, la deuda se disparó hasta los 320 millones de dólares y tanto la agricultura como el comercio (en buena medida en manos de los expulsados, y previamente esquilmados, asiáticos) quedaron devastados. Al final tuvo que acabar con él su odiadísimo Julius Nyerere, presidente de Tanzania, tras repeler una agresión de su cáfila de soldados borrachos ("Las pérdidas militares de Tanzania en aquella guerra se elevaron a un tanque", informa el Kapus).

Las fuerzas de progreso, es claro, se llevaron un buen disgusto. Pues Idi Amin, admirador confeso de Adolf Hitler ("Hizo bien en quemar a seis millones de judíos"), era sovietófilo, palestinófilo (Entebbe), israelófobo (¡Entebbe!), y odiaba con saña a Occidente. Cómo lo aplaudían en la ONU, de cuya infecta Comisión de Derechos Humanos tomó parte. Cómo lo jaleaban en la Organización para la Unidad Africana, por querer hacer de Uganda un Estado negro zaino, sin una sola mancha blanca o del color olivo del subcontinente indio. Cómo le reían sus gracias de gran payaso.

No todos, no todos. No el dictador socialista Nyerere, que un buen día lanzó este contundente y certero yo acuso, por si caía la breva de que a algún estupendo se le cayera la cara de vergüenza:

Desde que usurpó el poder, Amin ha asesinado a más personas que [Ian] Smith en Rhodesia, a más personas que [Balthazar Johannes] Vorster en África del Sur. Pero en África se observa la tendencia a quitar importancia a los casos en que un africano mata a otros africanos (...) Ser negro está convirtiéndose (...) en un certificado que permite matar a los semejantes africanos. [Y ahora la advertencia: Smith y Vorster eran africanos. Africanos blancos].

(Johnson, ob. cit., p. 658).

Sin dar cuenta de sus crímenes horrendos, Idi Amin Dada Oumee, el Gran Padrecito (de unos 20 niños con sus cinco esposas; los otros y las otras quién los cuenta), entregó su alma al diablo en Yida, Arabia Saudí, a las 8 y 20 de la mañana del 16 de agosto de 2003. Por lo visto, le gustaba tocar el acordeón, leer, pescar, nadar y recitar el Corán.

 

Quiso hablar y vio rostros que lo habían consentido todo.

(W. Koeppen).

 

MARIO NOYA, jefe de Suplementos de LIBERTAD DIGITAL.

marionoya.com

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