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JOSEP MARIA PLANES

Siete tiros en la cabeza

Nacionalista, liberal, rojo, bon vivant, periodista. ¿Se merecía siete tiros en la cabeza? ¿Fueron muchos, fueron pocos? Hace falta estar muy, muy, muy cabreado para descerrajarle a uno siete disparos como siete apocalipsis en el cráneo. ¿O acaso fue parte de un ritual? ¿O fueron siete personas, a bala por cabeza (nunca mejor dicho)?

Josep Maria Planes era un reportero catalán que prometía mucho en aquella República tan cargada de ilusiones como de pólvora, de esperanza y de odio, de jóvenes aunque sobradamente preparados junto a viejunos tan incompetentes como resentidos. Planes simbolizaba –como Chaves Nogales, como Clara Campoamor– lo mejor de un sistema político que comenzó cambiando el rojo por el morado en la bandera y acabó ahogado en sangre. Esa España que se debatía entre ser roja o rota pero que en cualquier caso no quería que la reconociese ni la madre (católica) que la parió. A Josep Maria Planes –cráneo destrozado, rostro desfigurado por un rictus de terror– al final tuvieron que reconocerlo por el azul cielo de la camisa y el azul marino del traje con rayitas blancas con que adornaba su figura de dandy liberal políticamente comprometido.

No se han vertido aún en español sus crónicas y reportajes, ni la biografía de Jordi Finestres, autor de Memoria de un periodista asesinado. Pero gracias a esta web que le dedican y a Google Traductor podemos hacernos una idea bastante buena del estilo y el contenido de los artículos que le condujeron al paredón; el suyo fue un asesinato que, por paradójico, define a la perfección ese período convulso y confuso que fue la República y alrededores, en que era tan fácil que te mataran los hunos o los hotros, los tuyos o los de más allá.

A Planes, republicano de pro, le dieron matarile esos revolucionarios de gatillo fácil y consignas baratas que fueron los anarquistas, que lo mismo mataban a Cánovas mientras leía el periódico que a Canalejas mientras miraba el escaparte de una librería. De tipos que asesinan a pacíficos lectores se puede esperar cualquier cosa. Por ejemplo, que no se tomen con sentido del humor las denuncias sistemáticas, sostenidas y argumentadas que hacía Planes desde su revista El Be Negre, donde ponía en relación la violencia ideológica de los anarquistas kropotkianos de la FAI con el ethos extorsionador y criminal de la Mafia. Para darle un escarmiento, a la vez que la razón, los de la FAI ahorraron a los franquistas las siete balas que le incrustaron en el cráneo (¿a bala por artículo de denuncia?). Balas que son medallas en su haber.

En gran medida desconocido fuera de Cataluña, a Josep Maria Planes le pegaron hace poco en su tierra natal otro tiro, y van ocho, aunque esta vez periodístico y post mortem, desde el periódico de la extrema izquierda nacionalista El Punt Avui, donde Xavier Díez defendía el terrorismo de la FAI, dándole de paso la razón (¡otra vez!) a Planes en lo relacionado con las conexiones entre los anarquistas y los delincuentes y justificando la violencia, porque, ya se sabe, ellos son buenos chicos pero el Sistema les obliga. En circunstancia normales, sostiene Díez, a nadie le gusta la violencia, pero en situaciones de crisis ancha es Castilla moralmente hablando –y, por lo que se ve, también la Cataluña libertaria–, así que la culpa de que lo asesinaran a sangre fría fue del propio Planes, por bocazas, por no tener sensibilidad social ni comprender las raíces de la violencia. ¿Siete tiros? Cuarenta le hubiesen dado por vendido a los intereses de clase.

Aunque igual se ensañaron tanto con él porque iba demasiado bien vestido, como un Carlos Gardel de las Ramblas, engominado y la flor en el ojal. Demasiado para unos descamisados en alpargatas que detestaban la distinción y el buen gusto, por ser una forma de jerarquía social. Además, cuando no estaba Planes sacándoles los colores rojos y negros a los anarquistas por sus asesinatos y robos, se divertía en cabarets, alternaba con prostitutas, transitaba con desparpajo del Ritz a los callejones más lumpen y escribía, como en Nits de Barcelona, sobre la dolce vita catalana. En fin, un burgués degenerado y corrompido. Si yo fuera anarquista, le habría dado paseíllo también por la carretera de la Arrabassada. Por cierto, uno de los lugares que el Ayuntamiento de Barcelona, en tiempos de Pascual Maragall, se olvidaba de enseñar a los turistas del ideal anarquista. Ya saben lo selectiva que es la memoria histórica...

Pero como yo también soy un burgués liberal, un degenerado vendido al capital (y encima, por poco), me gusta especialmente su artículo "El error persistente", publicado en La Publicidad en, atención, el 14 de julio de 1936:

Ni una sola persona bien nacida dejará de sentir en estos momentos la indignación y la vergüenza que provocan los dos asesinatos perpretados en Madrid en la noche del domingo al lunes. Estos crímenes, que son, de momento, los últimos de una larga serie que dura desde hace algunos meses, impresionan tanto por el drama crudo, descarnado, de un hombre indefenso muerto miserablemente a tiros, como por la trascendencia política que les da la significación de las víctimas (...) cuando no hay más ley que la de la audacia, cuando la justicia no funciona, cuando la impunidad está a la orden del día, lo natural es que se conviertan en hechos como los que ahora todo el mundo lamenta.

¿Causas de todo esto? Una sola: la falta de autoridad (...) El error comenzó ya el mismo 14 de abril de 1931 (...) lo que no tiene excusa es lo que viene sucediendo desde el 16 de febrero [victoria del Frente Popular]... se pensaban, simplemente, haber ganado unas elecciones y lo que había triunfado era una Revolución. Cuando hay autoridad, cuando hay un gobierno que gobierna, el terrorismo, la anarquía, no tienen posibilidad de existencia.

Le pegaron un tiro por la flor en el ojal; otro, por vestir trajes de líneas delgadas; otro, por ir bien afeitado; uno más por escribir con estilo; otro, por encima divertirse; el sexto, por haberlos llamado terroristas y gángsteres; y el último por si acaso, dada esa manía que tenía de no usar la cabeza para embestir, como hacían ellos, sino para pensar. A ver si algún editor se anima a traducirlo y publicarlo en español.

 

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