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'PANEUROPA'

Un caserón vasco para acoger a los Habsburgo

En otras ocasiones hemos criticado a Alfonso XIII, por su fortuna levantada desde el Palacio Real, por su huida el 14 de abril –cuando abandonó a su familia y a sus partidarios– y por el trato que dio a sus hijos en el exilio; pero uno de los actos más elogiables de su reinado es el asilo que ofreció a la familia del último emperador de Austria-Hungría. Gracias a él, el recientemente fallecido archiduque Otto pasó seis años en la villa vizcaína de Lequeitio.

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En noviembre de 1916 murió a los 86 años de edad, y a punto de cumplir 68 de reinado, Francisco José I, emperador de Austria y rey de Hungría. Desde hacía dos años rugía la guerra en Europa. Le sucedió, como Carlos I de Austria y IV de Hungría, su sobrino el archiduque Carlos de Habsburgo-Lorena, casado con Zita de Borbón-Parma (ambos linajes estaban emparentados con la casa real española). En los dos años que quedaban de guerra, Carlos trató de romper la alianza con el II Reich y pactar una paz con los Aliados, pero no lo consiguió. La derrota militar y las revueltas políticas del otoño de 1918 en Viena, Budapest y Praga forzaron el exilio a Suiza de la familia imperial, que ya tenía cinco hijos; el mayor, el heredero, era Otto, nacido en 1912. El escritor Stefan Zweig describió en El mundo de ayer la salida del tren imperial de Austria, con el que se marchaba una época de tranquilidad, felicidad y prosperidad.

En los años siguientes, el emperador trató de recuperar su trono, ya que había sido depuesto por asambleas legislativas y no por un referéndum popular. En 1921, en Hungría se puso al frente de sus partidarios armados y todos se dirigieron a Budapest. La reacción del Gobierno del almirante Horthy y de la Pequeña Entente (Yugoslavia, Checoslovaquia y Rumanía), que desplegó tropas en las fronteras húngaras, llevó a Carlos a rendirse.

A una isla, como Napoleón

Los Aliados le aplicaron la misma fórmula que usaron los británicos y los franceses con Napoleón: encerrarle en una isla lejana. Un buque de la armada británica trasladó a Carlos y Zita por el Danubio hasta un puerto rumano del mar Negro, y de ahí partieron, en otro buque, a Madeira, bajo soberanía portuguesa. Desembarcaron en la isla, que había visitado la emperatriz Sissi en el siglo XIX, el 19 de noviembre de 1921. En Suiza quedaron los hijos, en condición de rehenes.

El masónico Gobierno portugués, que había combatido con la Entente, ofreció su territorio como cárcel para los Habsburgo, pero trató de que las grandes potencias se comprometieran a aportar medios para sostener a los prisioneros, que al final no llegaron. En cambio, llegaron los hijos. La familia vivía en una casa pequeña y húmeda, donde Carlos contrajo una neumonía y murió el 1 de abril de 1922. El mismo día del fallecimiento, la hipocresía de los Aliados les hizo decir que los Habsburgo vivían con todas las comodidades.

Zita quedó sola, con siete hijos, el mayor –de nueve años– ya orlado con el título de emperador, y otro más en camino.

Alfonso XIII intercedió por ellos

El rey se había enterado del fallecimiento del emperador por un telegrama que envió el vicecónsul español con la siguiente frase: "Falleció hoy Emperador Carlos". A diferencia de otros monarcas, como los Saboya italianos y los Sajonia-Coburgo-Gotha belgas, el español honró su rango. Con el apoyo de su madre, María Cristina de Habsburgo-Lorena, nacida archiduquesa austriaca, Alfonso emprendió gestiones para que la Entente aceptase la concesión de asilo a Zita y sus hijos. A esos esfuerzos se unió el papa Pío XI.

El embajador español en Londres, Merry del Val, se reunió con el rey Jorge V y le transmitió el deseo de Alfonso XIII de que convenciese al Gobierno británico para que autorizase el retorno de los Habsburgo al continente, y que él ofrecía España como residencia. El permiso del Gobierno español siguió al del Gobierno británico. El 19 de abril, Alfonso telegrafió a Zita anunciándole la noticia. Un barco de pasajeros recogió a la familia y la trajo a España.

La primera vivienda fue el Palacio del Pardo, pero el periodista Ramón Pérez-Maura, biógrafo del archiduque Otto, cuenta que la emperatriz, cuya última hija –Isabel– no pasaba de las siete semanas de vida, "tenía el máximo interés por huir de la canícula madrileña". El conde de Peñaflorida había conseguido una caserón en el puerto vizcaíno de Lequeitio, el Palacio de Uribarren, donde se había hospedado en 1868 la reina Isabel II.

El propietario, el conde Torregrosa, se había despreocupado del palacio, por lo que mientras se realizaban las obras la familia Habsburgo vivió en San Sebastián, Mundaca y Portugalete. En esta última villa, un jovencísimo José María de Areilza hizo de intérprete con Zita y sus hijos. Allí, Otto empezó a aprender español.

Por fin, dueños de un techo

Torregrosa quiso sacar tajada de sus huéspedes y trató de cobrar una renta excesiva. Por ello, la familia imperial se mudó a un hotel de San Sebastián en el invierno de 1922-23. Pérez-Maura explica que la ira entre los vecinos de Lequeitio fue tal, que finalmente Torregrosa vendió Uribarren al Ayuntamiento por 550.000 pesetas, recaudadas mediante una cuestación popular. Alfonso XIII desembolsó 15.000. El Ayuntamiento entregó el palacio a doña Zita por el tiempo que permaneciese en España. Curiosamente, en Lequeitio, igual que en otras villas marineras vascas –como Bermeo, Ondárroa y Deva–, la presencia de los carlistas era muy considerable; éstos tenían motivos para sentir respeto por los Habsburgo, ya que un hermano de Carlos VII vivía en Viena.

En Lequeitio, Zita organizó los estudios de sus hijos, sobre todo los de Otto. Llegaron al pequeño pueblo (de unos 5.000 habitantes) profesores, militares, aristócratas y hasta monjes benedictinos de Austria y de Hungría. Lequeitio fue lo que fueron Madrid y Toledo cuando el Sol no se ponía en las tierras de España.

La jornada del emperador niño comenzaba a las seis y media de la mañana tanto en invierno como en verano. A las siete oía misa; después, el desayuno y un paseo a caballo; y a continuación clases hasta el anochecer, alternadas con recreos y el almuerzo. Otto y sus hermanos se mezclaban con los lequeitarras de su edad, de modo que aprendieron rudimentos del euskera local.

Entre los favores que la emperatriz Zita hizo a sus anfitriones destaca la petición al rey de que no se suprimiese la escuela náutica local.

Cientos de ciudadanos de la Monarquía Dual viajaban a Lequeitio para visitar a los Habsburgo. Muchas peregrinaciones a Lourdes, al Cristo de Limpias y al Sepulcro de Santiago pasaban por el puerto vizcaíno. Zita había prometido a Alfonso XIII que no participaría en política. Sin embargo, el regente del reino de Hungría llegó a quejarse de las "conspiraciones de Lequeitio".

Adiós a siete años de vacaciones

La última visita regia que recibieron los Habsburgo ocurrió en septiembre de 1928: llegaron la reina Victoria Eugenia y los infantes Jaime, Juan y Gonzalo.

En febrero de 1929 falleció la reina madre María Cristina, cuyos veraneos en San Sebastián solían incluir reuniones con sus parientes. Según ha contado Otto y recogido Pérez-Maura, su madre le dijo que María Cristina estaba convencida de que la monarquía en España sólo le sobreviría un año, pues Alfonso no tenía con los políticos del momento la misma relación que había tenido ella con los de su tiempo. Y la señora casi acertó: a su hijo el trono le duró veintidós meses desde que le llegó la muerte.

Aparte de las cuestiones políticas, doña Zita quería que Otto ingresase en una universidad de prestigio de una monarquía parlamentaria, y la elegida fue Lovaina, en Bélgica.

El 14 de octubre de 1929 los Habsburgo subieron a unos coches y marcharon de Lequeitio. Otto y sus hermanos dejaron atrás el olor del mar y del salitre, los campos verdes y los bosques húmedos, y la espuma de las olas en la arena de las playas.

Durante muchos años, el Palacio de Uribarren estuvo abandonado y hasta tomado por los llamados ocupas. Ahora gobierna en Lequeitio no un caballero, como el que recibió a los Habsburgo en 1922, sino un proetarra. Y mientras el alucinado de Sabino Arana da nombre a una avenida, ninguna calle honra a la emperatriz Zita. Pocos síntomas más claros de la decadencia de la vida vasca y de la entrega de esa sociedad a los bárbaros.

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