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ENIGMAS DE LA HISTORIA

¿Cómo se produjo el “crack” de 1929?

A más de diez años del final de la primera guerra mundial el mundo parecía hallarse en el mejor de sus momentos. La inversión crecía, el empleo aumentaba y el bienestar se popularizaba como en ningún momento anterior de la Historia universal. Sin embargo, en octubre de 1929, la Bolsa de Nueva York quebró y todo el planeta se vio arrastrado a un curso desgraciado que carecía de precedente comparable en la trayectoria histórica del ser humano.

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El final de la primera guerra mundial en 1919 trajo consigo cambios espectaculares. Quizá el más significativo fuera que Estados Unidos había emergido como una gran potencia y que se había convertido en el primer acreedor mundial. El triunfo de los bolcheviques en Rusia en 1917 había hecho temer la extensión de revoluciones sociales en Europa pero a inicios de los años veinte la amenaza estaba, aparentemente, conjurada y, en medio de una extraordinaria creatividad artística, el mundo parecía no sólo recuperar la tranquilidad sino avanzar hacia un bienestar incomparable. No en vano se comenzaba a hablar de unos “felices años veinte” en los que a los sonidos del charlestón se sumaron los de los primeros automóviles o las pianolas que aportaban la música de fondo a las películas de Charlot.

En 1927, tras haber recogido enormes beneficios en el exterior y apoyándose en una economía en estado de expansión, los financieros de Estados Unidos que operaban en la bolsa de Wall Street dirigieron sus operaciones hacia el mercado interior. Esta decisión tuvo una trascendencia considerable ya que en la medida en que compraban valores nacionales se producía una subida de los precios de las acciones de las empresas norteamericanas. Como era de esperar, mientras seguían produciéndose subidas, aumentaba el número de inversores que deseaban aprovechar la tendencia alcista de la Bolsa.

Cuando llegó el año 1929, cerca del nueve por ciento de los norteamericanos había invertido ya sus ahorros en el mercado de valores. En algunos casos lo habían hecho por su cuenta pero en otros se habían valido de empresas de inversiones creadas con esta finalidad. Esta circunstancia significaba no sólo que su futuro dependía de los avatares de la Bolsa sino también el de sus hijos porque esos ahorros en no escasa medida tenían la finalidad de asegurar sus estudios en la universidad o la apertura de negocios de mayor o menor dimensión. Cuando en el mes de marzo de 1929, Herbert Hoover fue nombrado presidente todo hacía preludiar un mandato feliz. ¿Todo? La Reserva federal aumentó en un uno por ciento el tipo de interés y aconsejó a los bancos que la componían que no concediesen créditos para invertir en la Bolsa. Temía —y no le faltaba razón— que la época de las vacas gordas terminara. Sin embargo, al final la Reserva no se atrevió a mantener esta línea de conducta porque uno de sus directores tenía importantes intereses en el mercado de valores y no deseaba perder dinero. En cualquier caso, la voz de alarma estaba dada y en octubre de 1929, comenzó a producirse una venta de activos bursátiles con la intención de invertirlos en otras actividades.

No era nada grave pero no tardó en cundir el pánico. El miércoles, 23 de octubre se vendieron seis millones de acciones a precios que cada vez resultaban menores. El denominado “jueves negro”, el número de acciones vendidas se elevó a doce millones. Cuando comenzó la semana siguiente se vendieron otros nueve millones de acciones.

En el “martes negro” —tras una pérdida de más de veinticuatro mil millones de dólares en una semana— se colapsó la Bolsa. Entonces el pavor que se había apoderado de la Bolsa de Nueva York se extendió como una mancha de aceite por todo el país. En Chicago, en San Francisco, se produjo el caos. La respuesta inmediata de la gente de la calle fue acudir a los bancos donde tenían depositado su dinero para retirarlo. Como era de esperar, los bancos no pudieron devolver todos los depósitos por la sencilla razón de que una buena parte estaba invertida en préstamos o inversiones. El resultado inmediato fue la quiebra en cadena de un banco tras otro y con ella los suicidios de financieros y empresarios que se habían visto arrastrados a la ruina de la noche a la mañana. El gobierno podía haber contenido aquella situación simplemente con nuevas emisiones de moneda y realizando un llamamiento a la tranquilidad. No lo hizo y en cuestión de semanas, los impagos y la morosidad se dispararon y con ellas el cierre de las empresas y el desempleo.

En Estados Unidos, el número de parados ascendió a dos millones de personas. Era un desastre pero peor fue en Gran Bretaña donde llegó a cuatro millones o en Alemania donde rebasó los seis. Economías que contaban con buenas perspectivas como la argentina, la mexicana o la brasileña se vinieron abajo. Lo peor de todo no fueron los efectos económicos de la crisis sino los socio-políticos. De la noche a la mañana, la clase media se vio aniquilada y arrastrada hacia su proletarización mientras que la clase obrera acentuaba su desconfianza hacia los sistemas liberales y volvía los ojos hacia soluciones totalitarias que, en apariencia, le asegurarían al menos el pan cotidiano. El desprestigio de los parlamentarismos comenzó a tener por ello resultados acentuadamente dramáticos en todo el mundo.

En 1930, el partido nazi de Hitler pasó a convertirse en la segunda fuerza electoral de Alemania y tres años después alcanzaba el poder absoluto. En 1931, la república nacía en España en medio de posiciones radicalizadas de las izquierdas y del temor de las derechas a una revolución social. Tres años después sufría un levantamiento de izquierdas y nacionalistas, y en 1936 un golpe militar que degeneraría en guerra civil. Mientras tanto la URSS, la Italia fascista y la Alemania nazi hacían gala de sus apetencias territoriales. En 1939, una nueva guerra mundial aniquilaría el mundo posterior a la Gran guerra de 1914-18 dejando tras de si la estela de cincuenta millones de muertos. En sus orígenes, se hallaban la especulación ciega, la quiebra de Wall Street y la incapacidad de los gobiernos para controlarla.

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