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DRAGONES Y MAZMORRAS

Las alegres muchachas del 27

El pasado lunes se clausuraba en Madrid, en la Residencia de Estudiantes, la exposición Manuel Altolaguirre y Concha Méndez, y se hacía con la presentación del libro Una mujer moderna. Concha Méndez en su mundo (1898-1986) (Publicaciones de la Residencia de Estudiantes). Se trataba, como suele ocurrir en estos casos, de una mesa redonda en la que interveníamos, en principio, cuatro escritoras: Almudena Grandes, Amalia Iglesias, Fanny Rubio y una servidora. De todas nosotras, sólo Almudena Grandes parecía ajena al mundo de la poesía (al menos como actividad creadora directa) y fue precisamente ella la que cayó del cartel, porque en estas ferias siempre sucede algo parecido.

Las supervivientes nos repartimos los papeles; Rubio e Iglesias se ocuparon con más exactitud del libro que se presentaba aquella tarde y que consistía en la publicación de las actas del seminario internacional, celebrado en la Residencia en mayo de 1898 con motivo del centenario del nacimiento de Concha Méndez, coordinado por James Valender, un especialista en la obra de Altolaguirre y Méndez y, además emparentado con ellos pues es el marido de la nieta de la pareja poética; mi papel estaba muy claro: tenía que situar a la poeta en su contexto y eso por una razón muy sencilla: porque en 1990 fui la responsable editorial de la publicación de sus memorias. Concha Méndez. Memorias habladas, memorias armadas (Mondadori, 1990), era un libro muy singular porque no había sido escrito directamente por ella, sino por su nieta, Paloma Ulacia Altolaguirre, quien efectivametne armó el material de la memoria viva que Concha iba desgranando oralmente desde su casa de Coyoacán, en México, aquella misma casa donde se quedó sola durante tantos años, después de que Manuel Altolaguirre la abandonara por una bellísima señora cubana, María Luisa Gómez Mena, junto a la que murió poco después en España, en un accidente de automóvil, cuando volvían del festival de cine de San Sebastián de 1952. Aquella misma casa donde murió Luis Cernuda, el amigo fiel, que se quedó a vivir con ella y a engrosar el mito, la leyenda dorada, de aquellos años llenos de luces y sombras.

Las memorias de Concha Méndez fueron una verdadera revelación o al menos debieron serlo, pero la recepción crítica del momento fue tan escasa como pusilánime y casi nadie supo darse cuenta de los horizontes que abría ese extraordinario testimonio en el estudio de la generación del 27. Para empezar porque pusieron de manifiesto la existencia, mal conocida y peor documentada, de una serie de mujeres que tuvieron una actitud rompedora en la sociedad de su tiempo y que desarrollaron una actividad constante y destacada como escritoras, pintoras y en algunos casos, como el de María Zambrano, filósofas, y a las que se les ha escamoteado sistemáticamente su papel protagonista y puntero en la gestación y floración de dicha generación, una vez aceptada (y hace ya tiempo que lo hemos hecho) la hipótesis de su efectiva existencia como grupo generacional. Me refiero además de a la propia Concha Méndez, a Ernestina de Champourcín, Rosa Chacel, María Zambrano, Consuelo Berges y a todas esas mujeres del Lyceum Club que lucharon por una sociedad más abierta y a las que, por muy ridículas que nos puedan resultar a toro pasado algunas de sus manifestaciones, no se puede ni mucho menos calificar de tontas ni de locas. Muchas de ellas llegaron a obtener reconocimiento en sus respectivos campos pero a todas ellas se las excluyó de su generación, de su ambiente, al que tenían tanto derecho como sus colegas varones.

Respecto a Concha Méndez, voz singularísima en poesía, la tradición ha querido relegarla al plano de segundona de su marido, Manuel Altolaguirre, minimizando su activo papel de impresora, dramaturga o guionista de cine e incluso su indiscutible entidad como poeta. Concha fue una joven arriscada, campeona de natación, gimnasta, novia secreta de Luis Buñuel durante muchos años (secreta porque él la mantenía alejada de sus amigos hasta que ella se rebeló y se presentó sola a los amigos de la Residencia) que muy joven se marchó de casa, a la aventura, cruzando océanos sólo por el placer de conocer mundo y cambiar de aires. Ella, y por ejemplo su amiga de correrías, Maruja Mallo, magnífica pintora de la que sólo se destacan sus barrabasadas juveniles, son mucho más que un puñado de divertidas anécdotas. Ni sus vidas ni sus obras pueden quedar limitadas a eso, como tampoco Dalí y Lorca son conocidos tan sólo por Los putrefactos. Está claro que todavía hay una vara diferente de medir (y de pegar) a las mujeres, tanto en su casa como en la historia.

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