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ABUNDANCIA SIN LÍMITES

Los agoreros fallan siempre

Las predicciones de que la humanidad se quedaría en breve sin recursos, o de que al menos éstos se harían cada vez más escasos han fracasado miserablemente, todas, sin excepción. Su historia se remonta a la antigua Grecia, aunque en su moderna formulación se puede datar en 1866. En ese año, William Stanley Jevons, publicó un libro titulado The Coal Question en el que alertaba sobre que el carbón, en el que se basaba en gran parte el industrialismo británico, se agotaría rápidamente actuando de cuello de botella para el desarrollo industrial.

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El descubrimiento del petróleo a finales del XIX desvió la atención a este recurso, que ha desbancado al carbón como fuente principal de energía y por tanto como centro de las predicciones a la vez pesimistas y erradas. El U.S. Geological Survey (USGS, en adelante) predijo en 1920 que quedaban en el mundo 20.000 millones de barriles de petróleo. En 2000 las previsiones se han elevado a 3 billones. La Oficina de Minas de los Estados Unidos cifró en 1914 la capacidad futura potencial de producción de petróleo de ese país en 5.700 millones de barriles, cantidad que se ha sextuplicado sólo en la producción desde entonces. El director del USGS predijo en 1920 que los Estados Unidos tendrían que importar petróleo, porque las posibilidades máximas de producción se habían alcanzado. Treinta años más tarde, una producción cuatro veces mayor permitía la exportación de crudo al exterior. El informe de 1914 predecía el agotamiento de los recursos petrolíferos en diez años. En 1939 el Departamento de Interior previó que estos recursos se agotarían en trece años. La misma cifra predijo el mismo departamento doce años más tarde, en 1951.
 
Idéntico mensaje repite The Limits to Growth, editado en 1972, que vendió nueve millones de copias, fue traducido a 22 idiomas y ha tenido un impacto enorme y duradero en los medios de comunicación. En este libro el Club de Roma hizo una proyección del consumo de recursos de entonces sobre las reservas conocidas, con lo que se concluyó que el mundo se agotaría de oro en 1981, de mercurio en 1985, de aluminio en 1987, de zinc en 1990, de petróleo en 1992 y de cobre, plomo y gas natural en 1993. No solo no se han cumplido las previsiones, sino que las reservas conocidas de estos minerales son hoy mayores que en 1972. Más tarde la propia institución reconoció que las conclusiones de este informe no eran correctas y que engañaron a propósito al público con el objetivo de “despertar” su preocupación. En 1992 sacó otro libro, titulado Beyond the Limits, en el que predice que el mundo se quedará sin petróleo en 2031 y de gas natural en 2050[1].
 
Cheque que formalizó el pago de la apuesta entre Simon y EhrlichEl economista Julian Simon tenía la visión opuesta, y de hecho se apostó 10.000 dólares a que, elegido un período suficientemente largo, cualquier recurso elegido bajaría de precio. Ehrlich respondió aceptando la apuesta para cinco minerales para un período de tiempo de 10 años, que se cerró en septiembre de 1990. El resultado es que no sólo la suma de los precios, sino también el precio de cada metal individual, habían caído. Un posterior estudio realizado por un discípulo de Simon, Stephen Moore, demostraría que el acierto de Simon no se debió a la suerte. Moore observó los precios de las 33 principales materias primas durante el mismo período, y todas a excepción de dos bajaron los precios. Once cayeron en más de un 50%.
 
Parece ser que los estrepitosos, rotundos, inapelables, fracasos de sus predicciones[2] no sólo no les han restado credibilidad, sino que ésta ha ido creciendo con la abundancia de los recursos que ellos creían agotándose. Por un lado se les ha hecho demasiado caso, ya que sus predicciones estaban mal fundamentadas teóricamente. Por otro no se les ha hecho suficiente, ya que sus fracasos habrían debido ser tenidos en cuenta para su oprobio. De hecho ninguna pifia les ha hecho rectificar en lo más mínimo. Dennis Meadows, autor del citado Beyond the Limits, escribió en sus páginas que “el problema subyacente no ha cambiado un ápice: es la imposibilidad de un crecimiento físico sostenido en un mundo finito”. Ehrlich aún escribía en 1997 que “puesto que los recursos naturales son finitos, el consumo creciente debe llevar inevitablemente al agotamiento y la escasez”. Hoy se hacen análisis parecidos con motivo de las crecientes demandas por parte de China e India.
 
Los datos demuestran, sin lugar a dudas, que las pesimistas visiones de los neo-maltusianos no tienen base alguna. En primer lugar la situación actual, según algunos estudios, no es en absoluto desesperada. El economista Wilfred Beckerman, basándose en datos del Banco Mundial, ha calculado que los minerales que se hallan en la primera milla de profundidad de la corteza terrestre son suficientes para satisfacer las crecientes necesidades humanas durante cien mil millones de años. Herman Kahn y Asociados han concluido que el 99,9% de la demanda mundial de materias primas es de metales cuya oferta es “claramente” o “probablemente” inextinguible. W. D. Nordhouse ha concluido que con la tecnología de hoy “hay recursos para más de 8.000 años al actual nivel de consumo”[3].
 
Yacimiento de la española Cepsa en el Sahara argelinoPor otro lado, las materias primas no solo no son más escasas, sino que son crecientemente abundantes. La producción de petróleo se ha multiplicado casi por cuatro desde 1960, mientras que el precio en dólares constantes del crudo se ha mantenido estable desde 1880, con la excepción de la crisis de los 70’. El de los combustibles, por su parte, ha bajado claramente, ya que han mejorado espectacularmente dos factores fundamentales de su producción, el refino y el transporte, que han caído dramáticamente de coste. En cada momento histórico hay unas reservas conocidas de crudo, que al ritmo de consumo del momento arrojan una determinada cantidad de años de consumo. A medida que han ido pasando el tiempo, los años de consumo no han caído, sino que han aumentado. Entre 1920 y principios de los 40’ las reservas daban para unos diez años de consumo. Superaron el doble de esa cifra a mediados de esa década, hasta el comienzo de la siguiente, cuando de nuevo los años de consumo aumentaron hasta alcanzar los 40 a finales de los 50’. Las reservas han variado entre los 40 y los 30 años durante las tres décadas siguientes, para luego aumentar de nuevo hasta los 45 años en los 90’ y 2000. Todo ello con producciones crecientes a un ritmo muy alto.
 
El precio del gas natural ha subido ligeramente desde los 50’ hasta la actualidad en dólares constantes, con el previsible pico en los 70’. La producción ha aumentado a un ritmo muy vivo, y con ella el número de años de consumo, con las reservas conocidas. En 1975 eran casi 50 los años de consumo que se podía permitir el mundo simplemente con los recursos conocidos y en 2000, con una producción que casi doblaba la de 25 años antes, el número de años de consumo había subido a los 60 años. Por lo que se refiere al carbón, el mundo se podría abastecer desde los 70’ por más de 200 años sólo con las reservas probadas. Si comparamos los precios de los combustibles fósiles con los del trabajo, la caída de los primeros se puede calificar de dramática. Con un índice 100 para 1990, los precios respectivos de petróleo y carbón eran en 1900 de 400 y 650 y los del oro negro no alcanzan en este momento los 50 puntos.
 
En definitiva, el violento contraste entre las predicciones de ecologistas y agoreros y la realidad debería hacernos reflexionar en varios sentidos. En primer lugar si los recursos han sido crecientemente abundantes y su precio más barato en una tendencia que se ha mantenido desde el comienzo de la revolución industrial, es razonable desconfiar de los agoreros ecologistas por más que no dejen de repetir sus augurios. Especialmente si han fallado una y otra vez. En segundo lugar cabe preguntarse si, en algunas ocasiones, estas falsas llamadas al miedo no estarán movidas principalmente por el interés político de achacar a las sociedades libres todos los males posibles, inventados si es necesario. Y en tercer lugar habrá alguna teoría que explique la aparente paradoja de que los recursos no solo no se agotan sino que, si se permite funcionar a la libertad de mercado, se hacen más abundantes. Pero esa es materia para otro artículo.


[1] No sabemos si los autores consideran que el público necesita una nueva dosis de engaños.
[2] El número de predicciones neomaltusianas con las materias primas es enorme y fue especialmente grande en los 70’, en una época de inflación, en la que la pérdida de valor de la moneda facilitó el equívoco de una creciente escasez real.
[3] David Osterfield, en su artículo The Increasing Abundance of Resources, The Freeman, Junio de 1984.
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