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Columna publicada el 09-01-2006
No parece que un ministro pueda tener más problemas encima de la mesa, ni más asuntos que resolver que el ministro de Defensa. José Bono ha tenido un final y un comienzo de año poco recomendable para cualquier político. Problemas, no nos engañemos, que se ha creado él mismo a golpe de demagogia y promesas de dos al cuarto. Ha utilizado tanto el accidente del YAK-42 que al final se ha encontrado preso de sus propias trampas.
Bono mientras sigue hablando del YAK-42 todavía no ha hecho público el informe final sobre el siniestro de dos helicópteros españoles en Afganistán con diecisiete militares muertos; tampoco ha explicado en sede parlamentaria que hacía la fragata Álvaro de Bazán formando parte de operaciones militares norteamericanas en aguas del golfo Pérsico; y no ha dado cuenta de las razones que podían existir para utilizar un avión militar para traer camareros desde Zaragoza hasta el Cuartel General del Ejército. Y ahora con todo este berenjenal montado, el ministro Bono, con la ayuda imprescindible de Zapatero, ha conseguido enfadar al Ejército con la reforma del Estatuto catalán. Y curiosamente quien ha roto el silencio ha sido un teniente general nombrado por Zapatero y que no es precisamente un "militar de derechas". Mena había llegado a Sevilla gracias a la propuesta del ministro Bono.
Es cierto –y esto debe quedar muy claro– que el Ejército y los militares no deben intervenir públicamente en cuestiones políticas. El silencio militar es una de las reglas básicas e intocables de la democracia. Es más, las palabras del teniente general Mena en Sevilla el pasado viernes están fuera de sitio y no deberían nunca haberse pronunciado.
Dicho esto. Surgen desde el análisis político algunas consideraciones. ¿Qué está pasando para que desde el Ejército se rompa un silencio democrático que se había guardado durante décadas? Durante al guerra sucia de los GAL, cuando los militares eran el objetivo de los etarras, o cuando desapareció el servicio militar obligatorio no se escucharon voces militares desde dentro en seña de queja o de crítica. La disciplina militar y el silencio constitucional prevalecieron por encima de cualquier opinión personal.
Una situación, una actitud la del Ejército democrático que se había consolidado durante años con enorme naturalidad. Pero, miren ustedes por donde, Zapatero y Bono se han encargado de revolver y han vuelto a sembrar la inquietud. Por cierto, esa insistencia desde el Gobierno y desde el PSOE sobre la soledad de Mena al hablar en voz alta el pasado viernes no se la cree nadie. Mena no hizo bien, de acuerdo, pero tampoco lo hizo solo. Y Zapatero debería actuar menos cara a la galería y más pensando en el bien general. Reconozco que es un imposible.

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