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Historia politizada

La risa de Franco

No pierdo mi tiempo con el debate sobre la memoria histórica porque soy historiador. La cuestión no ha sido una preocupación básica para esta profesión salvo como fuente documental válida para sostener tesis, apuntalar afirmaciones, adornarse con citas o ejemplificar casos o procesos. A nadie en su sano juicio se le ocurriría anteponer la memoria a la historia. Y, como hace poco me decía un colega entre susurros, sólo hay dos tipos de historiadores: el que se toma la profesión en serio y el que enmascara su vocación política haciéndose pasar por historiador.

La confusión deliberada entre memoria e historia permite a Joan Tardá, de ERC, por ejemplo, hacerse pasar por historiador cuando ni siquiera es un buen político. No hay problema alguno en que este representante nacional defienda en las Cortes, o en cualquier foro institucional, los intereses de asociaciones particulares. Es su obligación. Lo chirriante es el discurso que acompaña a la legítima proposición de Tardá. Porque el diputado independentista comienza su alegato con total desparpajo aseverando que Franco murió "de risa y sus carcajadas aún se oyen". Podríamos tomar esto como una figura literaria o una licencia poética si no conociéramos las limitaciones intelectuales de su autor.

Tardá suma a esto una condena completa de la Transición y de la figura del Rey. A la primera por tergiversar el régimen de 1931, y a Don Juan Carlos por haber sido "incapaz de condenar el franquismo y de reconocer la II República como antecedente de la democracia actual". Sin embargo, y a despecho del ilustrado independentista, para deshacer su primera acusación no hace falta más que ir a cualquier biblioteca para comprobar la profusión historiográfica de los años setenta y ochenta, que iluminada por la visión izquierdista de Tuñón de Lara retrataba a una sacrosanta II República muy progresista y democrática. Vamos, un auténtico remanso de paz cercenado por el fascismo de Franco.

Es más, desde la Transición el dominio de la interpretación tuñonista de la II República, así como de la historia contemporánea de España en general, ha sido casi completo. La prueba es que esta visión incluso la admitían y repetían los políticos de derechas, quizá sin saber sus consecuencias ni significado. De aquí procede, por otro lado, gran parte del complejo de la derecha de hoy y de sus dificultades para definirse políticamente y presentar sus anclajes históricos.

Es evidente que detrás de la utilización política de la memoria histórica está el intento de privar de legitimidad a la monarquía parlamentaria y a la democracia liberal actual; una forma de gobierno que no casualmente coincide con el periodo de mayor prosperidad de nuestra contemporaneidad. Y en todo este tinglado no hay historiadores que se dejen engañar o llevar por una sensibilidad superior, sino aficionados a la política que escriben sobre procesos históricos, con objetivos ajenos a la profesión de historiador. Tampoco es una circunstancia anormal ni alarmante porque ha sido así desde Tucídides y Herodoto, lo que no quiere decir que los abanderados de la memoria histórica sean comparables a los autores helenos.

Pero puestos "a hacer historia", ahora que se acaban de cumplir los setenta años de "La noche de los cristales rotos", en la que los nazis asaltaron las casas y comercios de los judíos, y que recordamos entre otras cosas por las imágenes de las pilas de libros ardiendo, Cristina Almeida confiesa que cuando va a El Corte Inglés y ve en la librería "al Vidal al otro al otro y tal, dices dios mío (sic), si sería como prenderle fuego a todo". Aquí estoy con Tardá, Franco se habría muerto de la risa.

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