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Ahora que en Occidente sólo sobreviven dos religiones secularizadas, el nacionalismo etnolingüístico y el ecopacifismo multicultural, existe un desapego aparente hacia los principios y las ideas, y una sublimación artificial de las ofertas electorales y la imagen. Esto no es bueno ni malo, sino simplemente algo propio de las democracias consolidadas. No obstante, a la hora de fabricar planteamientos estratégicos e imágenes modernas es preciso no perder de vista los principios. Es una regla a tener en cuenta, porque sobre este equilibrio se han mantenido las democracias tradicionales.
Nuestro régimen, el de la Constitución de 1978, es una democracia de consenso o de conciliación. Esto supone que la mayor parte de los partidos políticos, los importantes, los que representan a la mayoría de la sociedad, está de acuerdo al menos en dos cosas. La primera es el respeto a las reglas de juego democrático; es decir, al conjunto de normas, escritas o no, que permiten la convivencia pacífica y el funcionamiento del sistema. Y el segundo elemento en el que coinciden es el mantenimiento de instituciones que se distribuyen el poder, y que, directa o indirectamente, tienen un origen popular.
Establecido este marco común, el de la democracia liberal, según se consolidan las reglas de juego y las instituciones, menos margen queda para la confrontación de grandes postulados políticos. Lógico, máxime si los principios del régimen están insertos, como es el caso español, en el Título preliminar de la Constitución: soberanía nacional, Monarquía parlamentaria, y los valores de la libertad, la igualdad, la justicia y el pluralismo político. Es más, la "indisoluble unidad de la Nación española" se sitúa junto al "derecho a la autonomía", sin olvidar que el castellano es la lengua común que ha de convivir con las "distintas modalidades lingüísticas". Vaya. Hay principios.
El problema aparece cuando los principios se rebajan, se diluyen ante la posibilidad de coaligarse con quien los niega. Es decir, cuando la atracción del poder es más fuerte que los principios que sostienen las reglas del juego y las instituciones que permiten ese poder. Los principios se convierten entonces en algo discutido y discutible.
El resumen es claro: si la soberanía se parcela con consultas sobre "el derecho a decidir", si la Monarquía parlamentaria es preterida ante la idealizada Segunda República, si la libertad se sacrifica en aras de una falsa protección social del Estado, y la igualdad se condiciona a la territorialidad y no al individuo, nos asiste el derecho a defender el respeto a los principios constitucionales sin ser tildados de "extrema derecha".
El error es renunciar a la defensa del conjunto de los principios y optar por parcelarlos y subarrendarlos para ganarse a los que desean el hundimiento del régimen y quizá acercarse al poder. Ese es el momento en que la estrategia oculta los principios y las ofertas electorales y la imagen se convierten en "ideas". Sólo así se puede entender que ser un "hombre de principios" sea algo propio de gente de partidos arcaicos, antidemocráticos o antipáticos, y que una organización política haya de asentarse en meros y momentáneos "planteamientos".
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