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Zapatero

El activista

Rodríguez Zapatero es un activista, un iluminado. Esta convencido de que tiene una misión que cumplir en el mundo y cree que la democracia es el sistema perfecto para llevarla a cabo. Ni que decir tiene que sabe, como se saben las cosas básicas, intuitivamente, más allá de cualquier posible razonamiento, que tenemos que estarle agradecido: por su presencia, por su compromiso, más aún, por llevar la democracia al grado sumo de perfección, que es servir de palanca para un cambio de sociedad e instaurar al fin el Socialismo, socialismo inédito del que Rodríguez Zapatero es el profeta.

El planteamiento tiene varios inconvenientes, entre ellos uno muy serio: la democracia no sirve para un proyecto de cambio radical de la sociedad. Al revés, la democracia, la democracia liberal, se entiende –es decir, el modelo de democracia que se quiso instaurar en España en los años 70– no encaja bien con un proyecto de esas características. Más bien al contrario: las democracias sobreviven cuando se cuidan las instituciones, cuando se escucha a la opinión pública, cuando se tiene en cuenta que existen tradiciones, alternativas y políticas diversas, tan legítimas como la propia. La democracia es, según la definición clásica, una forma pacífica de resolver los problemas y no un sistema para imponer la propia visión del mundo a los demás.

En otras palabras, y en contra de la tradición de una parte muy importante de la izquierda española de la que Rodríguez Zapatero es por ahora el último avatar, la democracia es un sistema político que impone frenos y equilibrios, que respeta las realidades, que tiende naturalmente a las posiciones de moderación: un sistema mucho más conservador que revolucionario o radical. Y que vive de los pactos, los acuerdos y los consensos.

Por eso resulta tan significativa la intervención del Rey al llamar a las fuerzas políticas a un acuerdo para intentar poner freno a la crisis económica. La deriva visionaria de Rodríguez Zapatero ha llevado al sistema democrático, pluralista por naturaleza, a una tensión que no es capaz de aguantar. Con el objetivo de salvarse de la crisis económica, está hundiendo todas las posibilidades de recuperación que tiene la economía y la sociedad española. Antes de eso ya había abierto una crisis institucional inédita. Y paralelamente había destruido el crédito internacional de España, como está dejando claro la patética presidencia de la Unión Europea y las no menos patéticas relaciones con Washington.

Tal vez nos hacía falta algo así, tener un adolescente inmaduro al frente del Gobierno, para darnos cuenta de lo que es de verdad la democracia. Si es que para entonces Rodríguez Zapatero y sus compañeros, sus compis, no se la han llevado por delante.
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