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Columna publicada el 03-09-2003
Para mucha gente, los últimos atentados terroristas en Irak, en particular el de la ONU y el que ha acabado con la vida del líder chiíta, vienen a reafirmar una tesis ya conocida. Eso es lo que estaba previsto y por eso mismo había que evitar la invasión de Irak. La única forma de evitar el baño de sangre que está teniendo lugar, y que continuará, era desarmar a Sadam Husein por medios que no fueran los de la guerra.
Es una opinión muy discutible. La posguerra está revelando la auténtica naturaleza de su régimen. Siempre se nos dice que a diferencia de Afganistán, en Irak había un Estado organizado y vertebrado, aunque fuera bajo un régimen dictatorial. Puede que lo hubiera, pero la naturaleza de ese Estado no era, por lo sustancial, distinta del régimen talibán en Afganistán. En Afganistán una banda terrorista, al Qaeda, se había hecho con el control de los restos del Estado afgano. En Irak había hecho lo mismo el partido baasista, o, más exactamente, la banda organizada en torno al clan de Sadam Hussein.
Sadam Husein no era un dictador más de los muchos que pueblan la tierra. Sadam Hussein amenazaba a sus vecinos y a las democracias occidentales, y se mantenía en el poder porque tenía al pueblo iraquí de rehén frente a sus posibles agresores. Ahora ataca la ONU o asesina a los líderes chiítas, con decenas de muertos inocentes de víctimas colaterales. Es lo que mismo que hacía antes. La diferencia es que antes lo hacía desde el gobierno, en total impunidad.
La impunidad se la proporcionaba el chantaje que lanzaba a quien podía derribarlo del poder. Sadam ejercía ese chantaje en el convencimiento de que quienes podían derribarlo no lo harían. ¿Por qué? Porque para hacerlo se necesitaba una guerra, y esa guerra provocaría tanta destrucción y tantas víctimas que desacreditaría la causa que la motivaba.
Pero a diferencia de lo que Sadam parecía pensar, Estados Unidos tiene ahora medios para hacer una guerra con muy pocas bajas civiles. Probablemente eso explique la actuación de Sadam Husein durante el conflicto. No actuó como el jefe de un Estado con un ejército a sus órdenes. Ni luchó ni, al ver que no podía ganar la batalla, se rindió. Desapareció.
Y desapareció para hacer lo que venía haciendo desde siempre: ejercer el terror. Destruir infraestructuras básicas y atacar a su propia población para hacer imposible la reconstrucción del país. Es exactamente lo que no quiso hacer el ejército aliado, que prefirió detener la ofensiva (recuérdese la toma de Basora) antes de poner en peligro a la población civil.
Las víctimas de hoy no son el resultado inevitable de la invasión de Irak. Están causadas por un hombre que al ver que no podía ganar la guerra ha vuelto a hacer lo que siempre ha venido haciendo: aterrorizar a su pueblo. En el fondo, las víctimas de la posguerra son las que la actuación del ejército de Estados Unidos y sus aliados permitieron salvar. Quienes acusan a los “ocupantes” de ser los responsables de este baño de sangre deberían tenerlo en cuenta.
No lo harán, porque desde el principio se rindieron al chantaje de Sadam Husein y sus amigos terroristas. De hecho, en buena medida forman parte de ese mismo chantaje.

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