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Pascua Militar

Militares en retirada

La edición de este año de la Pascua Militar ha estado lejos de ser un acto puramente protocolario, y ha traído elementos sumamente reveladores sobre la situación de la clase política española y la relación de las Fuerzas Armadas y el Gobierno socialista.

Que Rodríguez Zapatero llegara tarde puede ser considerado una anécdota. Ahora bien, la impuntualidad no es nunca anecdótica, y menos cuando se representa lo que representa el presidente del Gobierno, y se llega tarde a recibir al Rey de España, símbolo de la nación.

Vino luego el discurso del Rey, impecable en líneas generales, con un adjetivo digno de mención. Llegó cuando el discurso calificó de "inciertas" las amenazas que nos acechan. Serán inciertas las tácticas o los procedimientos que utilicen quienes nos amenazan: si no lo fueran, no harían falta servicios de inteligencia, y tal vez ni siquiera fuerzas armadas. Pero que la amenaza en sí, es decir el terrorismo islámico y, en España, el nacionalismo, no son nada inciertas, está bien claro. Se comprende –y se agradece– que el Rey transite, en sus intervenciones públicas y en determinados asuntos, por una zona templada y sin demasiadas aristas. Otra cosa es que en la búsqueda desesperada del eufemismo se le haga decir cosas que no se ajustan a la realidad y confunden a la opinión pública.

Como es sabido, la Pascua Militar fue instituida por Carlos III como acto de agradecimiento al Ejército español tras la recuperación de Menorca, entonces en manos inglesas. El presidente del Gobierno no interviene. Para contestar al Rey, habla el ministro o la ministra de Defensa, que esta vez lució un tono firme. No pronunció la palabra "guerra", pero si el jefe del Estado habla de amenazas "inciertas", no se esperará de alguien de rango muy inferior, como es un ministro, que se ponga a enmendar la plana al Monarca.

Lo sorprendente fue contrastar el tono de esas declaraciones, digno de aplauso a mi entender, con las que Julio Rodríguez, el jefe del Estado Mayor de la Defensa, hizo ese mismo día en El País, en particular cuando soltó el titular de que "Cuanto antes nos podamos ir de Afganistán, mejor", adobado luego con un "pero para eso tendremos que alcanzar antes nuestros objetivos". (En la entradilla, el periodista informaba que Julio Rodríguez es "jefe de la cúpula militar y padre de Paula, de seis años": por hacer el ridículo, que no quede). Por una parte, y si es algo más que una obviedad, esta es una declaración política acerca de la situación de España en Afganistán y del significado del conflicto. No corresponde a un militar hacer declaraciones de este tipo, pero como no ha habido reconvención, se deduce que los militares, en nuestro país, pueden hacer política siempre que lo hagan en el sentido oportuno. Por otro, la frase recuerda la primera decisión de Rodríguez Zapatero, cuando cubrió de oprobio a nuestras Fuerzas Armadas con la bochornosa retirada de Irak. Por seguir con el lenguaje eufemístico, no es la frase propia de un hombre valiente.

Combinado el titular de Julio Rodríguez con el discurso de la ministra, resulta que el mando militar está diciendo lo que al Gobierno le gustaría que la opinión pública comprendiera, mientras que la ministra asume el tono que le correspondería al militar. Aparte de la confusión, queda la sensación de que nuestros soldados, nuestros compatriotas, se juegan la vida en Afganistán sólo para servir a los intereses del Gobierno de Rodríguez Zapatero, sin que eso redunde en una presencia más activa de España en la escena internacional, en el papel y el prestigio que nos corresponden por nuestra historia y por ser uno de los países más ricos y desarrollados del mundo. La consigna, ya se sabe, es que hay que salir de allí –de cualquier sitio– lo antes posible. Muchas veces se oye decir que tenemos lo que nos merecemos. Pues no, no nos merecemos esto.
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