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La verdadera memoria histórica es instintiva, casi olfativa, como comprobará cualquiera que se acerque a una de esas organizaciones que vienen corriendo desde el siglo XIX sin ducharse y sin cambiarse de ropa. Bien mirado, hoy el PSOE no tendría por qué compartir nada con la trituradora guerracivilista de Prieto y Largo Caballero. ¿Qué unía al viejo Llopis, que unía a un alucinado grupo de exiliados adherido al pasado sin remedio con el clan de la tortilla que lo jubiló?
Llegaron con recursos alemanes y aquiescencias tardofranquistas, sin pasado, insinuando vagos, falaces enfrentamientos a la dictadura. Medallas inmerecidas. Hay que reconocer que no le dieron muchas vueltas a la historia ni a la Historia, hambrientos como estaban de poder, de hacerse un patrimonio. Les bastaba con el gracejo de dos vendedores de mantas. Asaltaron Rumasa "para dársela al pueblo", vaciaron las cajas, eran unos ladrones compulsivos y como tal pasarán a la historia. Con todo, miraban de no jugar con fuego.
Pero en estas la historia se acelera hacia atrás, llega el siglo XXI y aparece Rodríguez –nieto de Rodríguez– para resucitar un PSOE que vivía en los libros. Y va el tío y lo logra, descabalgando estatuas, homenajeando genocidas, ignorando la carcoma que se había comido los muebles demenciales de las checas, enarbolando las banderas de la secta, negándose a condenar la violencia contra las sedes del PP o la violencia de la ETA contra todos, agradeciendo que no maten, que sólo pongan bombas y heridos y amenazas y extorsión, alentando su retórica de plomo, reproduciendo el error fatal: expulsar al adversario de la política, de la legitimidad, de la existencia; fabricando despacio el insulto al católico, declarándose "rojo" a estas alturas, comparando el fusilamiento remoto de un ignoto abuelo con la amputación de una hija, saltándose la Transición para buscar raíz en la República, trazando paralelismos que llevan al abismo, preparando mordazas para los medios críticos, excitando a las fuerzas separatistas.
Cuando ve que millones de españoles salen repetidamente a la calle para reprocharle con civismo exquisito sus excesos, invoca el poder de las siglas. Entonces los aparatchik entran en trance, hablan lenguas muertas, arrojan ectoplasmas por la boca con aspecto de Margarita Nelken. En vez de tomar nota, lanzan respuestas ingeniosas a las víctimas y a los manifestantes, que sólo piden que la ley se cumpla: en realidad no había prácticamente nadie, es decir, en realidad ustedes no existen; si existen, son gentes de extrema derecha que desean que la ETA no desaparezca; el PP equivale a la Falange; su gente es inmoral, cobarde, mentirosa y vil. Qué fenómeno tan interesante: el pobre Blanco, sin estudios, sin lecturas, reproduce, tantos años después, con asombrosa fidelidad, los más catastróficos errores de su partido. Las siglas tienen mucho poder.

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