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LAS GUERRAS DE TODA LA VIDA

Contra el multiculturalismo

Desde Zola, el género del intelectual disconforme debería ser el alegato, antes que el ensayo o la novela. Así lo entendía, por ejemplo, Julien Benda en 1927, cuando publicó La traición de los intelectuales. Y el tan equivocado como apasionado Paul Nizan de Aden Arabia. Y, hoy, María Teresa González Cortés, autora de Distopías de la Utopía. El mito del multiculturalismo.

El texto de González Cortés es uno de los mejores alegatos que yo conozca contra esta peste de nuestro tiempo, la ideología del apaciguamiento y del falso igualitarismo, que no dirige el foco a los individuos, los únicos con posibilidad real de ser iguales –ante la ley y sólo ante la ley–, sino a las comunidades culturales. La doctrina multicultural se resume en la espantosa, manida y mentirosa frase "Todas las culturas son iguales". Y Teresa González Cortés, con atrevimiento y solidísimos argumentos, dice que no, que no es así, que no todas las culturas son iguales; toma como objeto de comparación la situación de las mujeres, los niños, los desplazados, en cada una de ellas y emprende su "dogmatomaquia (u oposición a posturas dogmáticas)", como ella misma denomina a su arriesgada empresa.     

A partir del Tercer Estado –aquella burguesía pujante de las revoluciones de 1689, 1776 y 1789– empieza a definirse el "espacio despectivo y sin derechos" del Cuarto Estado ("burguesía baja, artesanos, agricultores, mujeres, judíos", precisa la autora), que, "a partir de la segunda mitad del siglo XIX (...) volvería a repetir los errores del Tercer Estado", ya que ni Marx ni Proudhon "apoyarían la causa de la igualdad de la mujer, de modo que ésta (...) pasó a ser marginada y catapultada al foso tenebroso del Quinto Estado". Ahora bien: sobrevenidas la "democratización de las costumbres y la reivindicación de las libertades individuales, los defensores del multiculturalismo se empeñan en justificar el concepto de exclusión para mantener intacto, y en nombre de las culturas, un Sexto Estado", formado por individuos que, "por cuestión de cultura, viven encerrados en la muerte civil". O lo que es lo mismo, dejan de ser considerados individuos.

Los poderes constituidos han alimentado y ahondado, después de 1945 –aprovechando la abolición de la palabra raza, a la que había obligado su empleo criminal por los nazis, para sustituirla por otras más correctas políticamente, como cultura o costumbres–, unas divisiones sociales insalvables que se amparan en el adefesio de los derechos colectivos, algo perfectamente inexistente desde que los derechos son individuales o no son. Es por eso que "no se entiende que algunos movimientos feministas" y "hombres y mujeres que se ubican en la vanguardia", dice González Cortés, "abracen lo imaginario con tanta facilidad y caigan en el embrujo del Volk redentor".

Y decimos que no se entiende porque si uno de los logros de la civilización lo ha constituido la racionalización de las tradiciones, racionalización en la que tanto ha contribuido la mujer al divorciarse de sus utopías tan milenarias como mitomaníacas, entonces, ¿por qué toca ahora defender la bondad patriarcal de las costumbres?, ¿por qué olvidar lo que históricamente tuvieron que pelear las mujeres para convertirse en Occidente en sujetos libres y autónomos?, ¿por qué ciertos grupos progresistas (¡?!) se dedican a tutelar a mujeres y hombres no occidentales hasta decirles que han de permanecer en mundos culturalmente lejanos y al margen de las leyes del estado de derecho?

Y es que el multiculturalismo no sólo es una forma perfeccionada y sutil de discriminación social, racial, sexual y religiosa, sino que constituye el sostén teórico de la perpetuación del atraso, fuera y dentro de Occidente, en la mayor parte de la humanidad. Y el sostén teórico de un claro retroceso de Occidente, al asumir éste la convivencia, dentro y fuera de sus sociedades, con organizaciones sociales y políticas que no sólo descreen del progreso, sino que actúan francamente en su contra. ¿Cómo, si no, se entiende que la ONU conceda a Libia el privilegio de presidir una comisión de derechos humanos, o aun que un símbolo popular como un club de fútbol acepte poner en las camisetas de sus jugadores propaganda de un país como Qatar?

María Teresa González Cortés es, probablemente, la mejor conocedora en España de los procesos revolucionarios modernos, de las utopías y de sus fracasos, como ha demostrado sobradamente en su monumental obra Los monstruos políticos de la Modernidad. De la revolución francesa a la revolución nazi (1789-1939). Por eso tiene toda la autoridad para emprender esta crítica, con argumentos sólidos y bien fundados.

El mito del multiculturalismo ha sido publicado en una editorial de corte universitario, la Academia del Hispanismo, y en la Biblioteca Giambattista Vico, que cuenta en su catálogo con firmas tan notables como la de Inger Enkvist y Sultana Wahnon, ambas agudas polemistas y bien conocidas por nuestros lectores.

 

MARÍA TERESA GONZÁLEZ CORTÉS: DISTOPÍAS DE LA UTOPÍA. EL MITO DEL CULTURALISMO. Academia del Hispanismo (Vigo), 2010, 120 páginas.

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