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HOMBRES AMEDRENTADOS

El varón castrado

El varón castrado, el último libro de José Díaz Herrera, es una obra fascinante pero nada cómoda de leer. Combina tres registros que no se mezclan con facilidad. El primero es el de las múltiples historias que relata, con tono y redacción periodísticos, diálogos incluidos, acerca de escenas de maltrato, tanto de mujeres como de hombres, muchas veces violentas.

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José Díaz no ahorra al lector detalles dramáticos, incluso duros y truculentos. Es una opción que tal vez habría convenido aligerar. No siempre el pulso del escritor está a la altura de los casos que cuenta, y sospecho que el lector tiende a tomar los ejemplos como lo que son, no siempre con valor probatorio de por sí. Reconozco que es una opción, respetable, que le puede dar al libro mucho atractivo entre un público amplio.
 
El segundo registro, que narra otra historia bien distinta, aunque paralela a la anterior, es el relato de la puesta en marcha de una legislación y una práctica policial y judicial que, en nombre de la defensa de la Mujer, con mayúscula, o para evitar los maltratos, ha socavado radicalmente las bases mismas del Estado de Derecho, en particular la presunción de inocencia (cualquier denuncia contra un maltratador masculino es tramitada y aceptada ipso facto) y la igualdad ante la ley, al considerar el maltrato contra las mujeres como un delito específico, ajeno al genérico de violencia o de maltrato vigente hasta la entrada en vigor de la nueva norma.
 
La historia se remonta a los Estados Unidos de los años 70, cuando se empezaron a aplicar los principios que habían inspirado las leyes de Derechos Civiles a todas las minorías, más allá de aquélla a la que estaban destinadas, la negra. Influidas por el feminismo radical, las medidas adoptadas a partir de ahí abrieron la puerta al intervencionismo radical del Gobierno hasta en los asuntos más íntimos de las personas. Pretendían corregir e incluso compensar una injusticia, pero suscitaron muchas otras, como tan bien ha demostrado, entre otros, Thomas Sowell en sus libros sobre los efectos de las políticas de cuotas y acción afirmativa.
 
Cuando ya Estados Unidos y los demás países pioneros empezaban a estar de vuelta, en vista de los efectos perversos que estaban causando dichas medidas, llegó el turno de ponerlas en práctica en España. La trayectoria, muy bien descrita por José Díaz Herrera, va desde la elaboración teórica del feminismo radical a la combinación con presupuestos ideológicos progresistas y la puesta en marcha de lobbies feministas que se alimentan de subvenciones, crean oligarquías influyentes y manipulan a una opinión pública a la que los grandes medios no suelen dar otra información más que la que interesa a dichos lobbies. La intención última: asegurarse un voto cautivo y convencer a las mujeres de que su dignidad y su libertad no dependen de ellas mismas, sino de los burócratas, los lobbies feministas y el Gobierno.
 
El último resultado es la Ley de Violencia de Género, aprobada –con una sola abstención– en el Congreso en diciembre de 2004. La unanimidad da la medida de hasta qué punto el asunto del maltrato contra las mujeres, siempre machaconamente tratado en el mismo sentido por el Gobierno y los medios de comunicación, se ha convertido en un elemento central del pensamiento único progresista, compartido y, más aún, adorado por la derecha y por la izquierda. Así es como El varón castrado rompe uno de los tabúes más sagrados de una dogmática que ya empieza a resultar rancia, aunque sigue siendo muy poderosa.
 
Los datos reales y las consecuencias las resume el autor en las páginas finales, auténtico alegato contra una situación escandalosa. La violencia en las familias se reparte entre el 60% que es responsabilidad de los maridos y el 40% que es responsabilidad de las mujeres. Según Díaz Herrera, en ningún país se ha elaborado una ley tan dura y discriminatoria, y mucho menos se ha intentado resolver el problema de la desigualdad entre sexos mediante la aplicación del Código Penal a los varones.
 
La Ley de Violencia de Género no sólo no ha reducido la violencia, sino que la está incentivando, siempre según el autor, por la facilidad con que muchas mujeres recurren a este instrumento para dirimir disputas domésticas, lo que suscita una espiral de violencia imparable.
 
Se archiva el 59% de los procesos por malos tratos. Se han creado problemas inextricables en cuanto a la custodia de los hijos, así como en el acceso a éstos por parte de multitud de padres. Entre 400 y 500 varones son detenidos al día, sin que las instalaciones policiales estén preparadas para esta avalancha. Se han generado auténticos negocios, supuestamente para crear centros de acogida a mujeres maltratadas. Son sólo algunos de los datos, corroborados por la juez María Sanahuja en la presentación del libro y, luego, en una entrevista con el periódico La Razón.
 
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En el capítulo de las anécdotas menos atroces, hay algunas sabrosas. Una es la cena organizada por la vicepresidenta María Teresa Fernández de la Vega con ocasión de la visita de la recién elegida presidenta de Chile a Madrid, en un restaurante sumamente caro y a cargo del presupuesto público. De la cena estaba excluido cualquier acompañante masculino. Por otra parte, y como es bien sabido, Rodríguez Zapatero ha hecho gala de su condición de feminista radical.
 
Encuadradas en el panorama anterior, las dos anécdotas coronan un paisaje siniestro, que ensombrece el avance de la autonomía de las mujeres en la sociedad española y tiñe con una tonalidad de resentimiento y voluntad antidemocrática las políticas puestas en marcha en nombre de la igualdad.
 
Es aquí donde se introduce el tercer registro del libro, que se cuela por entre las narraciones y la historia reciente. Es más que nada una sensación, difícil de describir pero bien perceptible. Se trata del retroceso de la masculinidad en España, de la retracción al gregarismo y al narcisismo de los varones heterosexuales, de su pánico y del descrédito de los valores tradicionalmente asociados con la masculinidad, como la audacia, el valor, la iniciativa e incluso el interés, no digamos ya la curiosidad y la atención hacia las mujeres.
 
Sometidos al mismo tiempo a una competencia implacable por parte de las mujeres en los estudios y en el trabajo, a la inseguridad nacida de un nuevo reparto de papeles y a la ofensiva del feminismo radical del que presume Rodríguez Zapatero, tan identificable con esta retirada de la virilidad incluso en lo que se adivina de sus relaciones familiares, da la impresión de que los varones españoles ya no quieren ser tales y, mucho menos, asumir las responsabilidades que les incumben.
 
Aquí el libro de José Díaz Herrera respira por una herida general. (El propio autor aclara que nada tiene ver su propio caso de separación con el análisis del volumen). Es curioso cómo una sociedad que universalizó la palabra machismo se ha convertido en tan poco tiempo en una sociedad de varones amedrentados, encogidos. Siendo el libro de José Díaz tan completo en tantas cosas, le falta algún toque que explique este extraño retroceso, este miedo a la masculinidad que sobrecoge a tantos hombres españoles y del que, sospecho, los varones no son los únicos perjudicados.
 
En resumen, un libro recomendable, y valiente, para entender una sociedad en la que el progresismo –compartido por todo el espectro político– está haciendo estragos.
 
 
JOSÉ DÍAZ HERRERA: EL VARÓN CASTRADO. VERDADES Y MENTIRAS DE LA VIOLENCIA DOMÉSTICA EN ESPAÑA. Planeta (Barcelona), 2006, 773 páginas.
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