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Lo que la verdad esconde

No hay más tutía: o Rajoy convence a los de Ferraz para que se abstengan o ya puede despedirse de la reelección

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El titular es fácil: gana el PP, pierde la izquierda. La valoración es fácil: Rajoy se ha ganado el derecho a postularse como candidato a la presidencia del Gobierno y nadie tiene legitimidad suficiente para impedírselo. Pero el pronóstico no es tan fácil: si el líder de la derecha quiere seguir en La Moncloa con la estabilidad necesaria para durar más de un telediario tendrá que tragarse unos cuantos sapos. El más gordo de todos: abrirle las compuertas a la regeneración política que ha estado eludiendo hasta ahora. De lo contrario se encontrará con 137 votos a favor (PP), 175 en contra (PSOE, Unidos Podemos, ERC, Convergencia y Bildu) y 38 abstenciones (Ciudadanos, PNV y Coalición Canaria). El resultado sería horroroso. Probablemente, terceras elecciones.

El PSOE juega de farol. No puede votar en contra de un Gobierno del PP. Si lo hace bloquea toda posibilidad de investir a un presidente del Gobierno. Así de caprichosa ha resultado ser la aritmética del nuevo Congreso. La suma de separatistas más populistas arroja la cifra de 90 escaños. Si los socialistas suman sus 85 diputados a esa guarnición, el hemiclo se partirá en dos mitades exactas (en el mejor de los casos para el PP) de 175 asientos. Así que no hay más tutía: o Rajoy convence a los de Ferraz para que se abstengan o ya puede despedirse de la reelección que tanto anhela para mayor gloria de orgullo malherido. Incluso cabría la abracadabrante alternativa de ver a Sánchez investido presidente en segunda vuelta con los votos de podemitas e independentistas y la abstención de Ciudadanos.

Así que establezcamos cuanto antes la premisa inevitable que hasta ahora nadie ha querido ver: el PP no sólo necesita la abstención de Rivera, también necesita la de Sánchez. Si no obtiene las dos, las cifras no salen. La pregunta subsiguiente es de cajón: ¿y qué pedirán a cambio Rivera y Sánchez para dársela? Respuesta obvia: regeneración. Dosis inmensas de regeneración. Tan inmensas que, por un tiempo, el propio nombre de Rajoy estará en el alero de las negociaciones. No tengo claro, sin embargo, que el PP otorgue al final la testa de su caudillo porque tiene una bala de oro en la recámara de su revólver: repetir las elecciones. Y, en vista de la experiencia, no creo que a la naranja y a la fresa le interese demasiado volver al mercado de Andorra.

El panorama sólo admite estas cinco soluciones posibles:

1.- Gobierno de Rajoy con 137 votos a favor, entre 117 y 123 abstenciones y 90 votos en contra.

2.- Gobierno del PP (con Rajoy o sin Rajoy, dependiendo del precio que exijan Rivera y Sánchez) con el apoyo de 169 a 175 votos, 85 a 91 abstenciones y 90 votos en contra.

3.- Gobierno de gran coalición con 254 votos a favor, 6 abstenciones y 90 votos en contra.

4.- Gobierno de izquierdas con el apoyo de 175 a 181 votos, 0 a 6 abstenciones y 169 votos en contra.

5.- Repetición de las elecciones.

La primera solución daría como resultado el Gobierno más inestable jamás conocido en la historia del parlamentarismo mundial. Dudo que Rajoy se presentara a la investidura en esas condiciones. La cuarta colocaría al PSOE en el disparadero de evaporarse de la vida política española tan pronto como acabara su disparatada coyunda con populistas y separatistas. Y la quinta provocaría el cabreo generalizado -y tal vez algo más- de unos sufridos ciudadanos que ya tienen de su clase política una opinión manifiestamente mejorable. Así que lo más razonable es centrarse en la dos y la tres. Si los socialistas descartan la tercera, como parecen ratificar sus primeras declaraciones de hoy lunes, sólo nos queda la segunda opción. Y el precio de la segunda, insisto, pasa por abrir de par en par las compuertas de la regeneración. Adiós al ministro Fernández. Y al aforamiento de Rita. Y a la hedionda pestilencia de las pugnas policiales. Y a los jueces de cámara. Y a las listas bloqueadas. Y a los restos del tío d’Hont. Y a las sucesiones a dedo… Suma y sigue.

No van a ser días fáciles. Pero, poco a poco, a medida que se disipe el polvo de la batalla, cada cual se enfrentará a lo que la verdad electoral esconde: Rajoy es el gran vencedor, sí (por fin caló el miedo a su Frankenstein de laboratorio), pero no puede gobernar solo y sus aliados potenciales no le quieren al frente del Gobierno ni en pintura. Tal vez accedan a dejarle en su sillón -porque la voluntad de los ciudadanos puede más que la suya propia-, pero sólo si se compromete a impulsar una ambiciosa política de reformas sistémicas, Constitución incluida.

Sánchez ha evitado el sorpasso, sí, pero ha vuelto a firmar, por segunda vez consecutiva, el peor resultado electoral del PSOE desde la restauración democrática. Si no se hubiera cruzado en su camino la expectativa de perder la primogenitura de la oposición, cuya conjura convierte en pasable un resultado horripilante, ahora mismo su cadáver estaría navegando por los océanos de fuego del infierno. Suerte para él que el susanismo que pugnaba por heredarle haya empeorado su bofetón.

Iglesias sigue en su puesto, sí, pero sólo porque le falta el valor -y la dignidad- de darse a sí mismo el trato que hubiera exigido a otros. Su coalición con Izquierda Unida ha perdido más de un millón cien mil votos y no ha sumado un solo escaño nuevo al grupo parlamentario conjunto. No es que dos más dos no sumen cuatro, es que encima restan. Muchos comunistas de toda la vida se han negado a votar al populismo camaleónico de Podemos (lo que debería derivar inmediatamente en la destitución de Alberto Garzón) y muchos de los jóvenes con hambre de novedad que habían simpatizado inicialmente con el discurso rompedor de Podemos se han negado a casarse con el viejo comunismo de los discípulos de Anguita (lo que debería derivar, a su vez, en la inmediata destitución de Pablo Iglesias). La operación Unidos Podemos sólo ha servido para enmascarar el retroceso que hubiera obtenido Podemos en caso de haber comparecido con su marca a estas elecciones. Magro balance. Y buen síntoma: los españoles han comenzado a darse cuenta de que el crecepelo de rabo de lagartija que vende el caudillo podemita es un fraude en toda regla.

Rivera, por último, se alza con el ansiado título de convertirse en bisagra, sí, pero a costa de perder 375.000 votos. Muchos de sus electores aún no ven en él al líder capaz de defenderles de los peligros que acechan por el horizonte. Han preferido volver a Guatemala huyendo de Guatepeor. La oportunidad que le otorga este nuevo paisaje (paradoja: con ocho escaños menos tiene un papel más relevante ahora que hace seis meses con ocho más) no admite errores. Si no demuestra su utilidad para que las cosas cambien a mejor volverá a la condición de prescindible.

Nadie tiene, como se ve, demasiado motivos para tirar cohetes. Eso es, nos guste o no, lo que la verdad electoral esconde. O a mí me lo parece.

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