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El Concilio Vaticano II, o la fe en el progreso

Hace cincuenta años se abrió la primera sesión del Concilio Vaticano II, que fue el acontecimiento más trascendental del siglo XX para la Iglesia católica. Su convocatoria y el entusiasmo que causó no se pueden entender sin el ambiente de optimismo que vivió el mundo occidental en los años 60.

El anterior concilio ecuménico había sido el Vaticano I, que no se concluyó debido a la invasión de Roma por las tropas del rey Víctor Manuel III de Saboya.

Paradójicamente, el papa que convocó el Vaticano I, Pío IX, pese a la leyenda negra que todavía le acompaña de ser un tirano, solicitó a todos los cardenales y a un grupo escogido de obispos su opinión sobre la necesidad de organizarlo, que se pronunciaron a favor. En cambio, Juan XXIII decidió convocar el Vaticano II por su voluntad, y así lo comunicó el 25 de enero de 1959 en un consistorio con los cardenales.

Pronuncio ante ustedes, cierto, temblando un poco de conmoción, pero al mismo tiempo con humilde resolución de propósito, el nombre y la propuesta de la doble celebración de un sínodo diocesano para la Urbe y de un concilio ecuménico para la Iglesia universal.

Después de un período preparatorio, el Concilio Vaticano II, definido como uno nuevo y no como la continuación del anterior, se inauguró el 11 de octubre de 1962 y se prolongó hasta el 8 de diciembre de 1965. En él participaron casi 2.500 obispos, más docenas de asesores y consultores, representantes de las órdenes religiosas masculinas y femeninas y observadores de los ortodoxos y algunos cultos protestantes. Joseph Ratzinger, hoy Benedicto XVI, acudió como asesor del arzobispo de Colonia, el cardenal Josef Frings.

El discurso de apertura de Juan XXIII muestra el ambiente de entusiasmo que reinaba en esos años y que había penetrado en la Iglesia:

Nos parece justo disentir de tales profetas de calamidades, avezados en anunciar siempre infaustos acontecimientos, como si el fin de los tiempos estuviese inminente. En el presente momento histórico, la Providencia nos está llevando a un nuevo orden de relaciones humanas que, por obra misma de los hombres pero más aún por encima de sus mismas intenciones, se encaminan al cumplimiento de planes superiores e inesperados.

Benedicto XVI lo ha descrito así en la misa de conmemoración del cincuentenario:

Fue un momento de extraordinaria expectación. Grandes cosas debían suceder. Los concilios anteriores habían sido convocados casi siempre para una cuestión concreta, a la que debían responder. Esta vez no había un problema particular que resolver. Pero precisamente por esto aleteaba en el aire un sentido de expectativa general.

La técnica todopoderosa, la unidad de la humanidad, el bienestar económico... El Concilio Vaticano II fue quizás el último fruto de la fe ilimitada en el progreso humano.

Pero su desarrollo no sólo fue una fiesta de fraternidad, también un motivo de enfrentamiento entre generaciones: los jóvenes contra los veteranos y los teólogos innovadores contra los tradicionales; y entre unos medios de comunicación que exigían noticias, declaraciones y bulos para sus audiencias con la necesaria reserva de los debates.

En un libro capital, El Rin desemboca en el Tíber, el sacerdote norteamericano Ralph Wiltgen describe cómo el sector progresista de la Iglesia, que antes se denominaba modernista, encabezado por obispos y teólogos holandeses, alemanes, franceses y norteamericanos, consiguió dirigir las comisiones, y por tanto los debates, en asuntos como la reforma litúrgica, el ecumenismo y el rechazo a la condena del comunismo.

Un balance inconcluso

Aunque han transcurrido cincuenta años de su apertura, el balance del Concilio Vaticano II es todavía difícil de hacer.

Estableció las conferencias episcopales como instancias de coordinación de los obispos de cada país y modificó la liturgia; algunas de estas innovaciones litúrgicas, como la variedad de las lecturas, han sido positivas. El punto teológico más discutido es el de la libertad religiosa contenida en la Dignitatis Humanae, y que supuso un cambio respecto a la doctrina anterior de que el error no tiene derechos y que todos los hombres estaban llamados a reconocer a Dios como su Creador y a bautizarse dentro de la Iglesia católica.

Sobre la introducción de las lenguas vernáculas en la liturgia, el Concilio prohíbe tanto la destrucción del rito, que realizaron y realizan muchos sacerdotes, como la eliminación completa del latín y de los cantos tradicionales. Cuando Benedicto XVI dictó en 2007 su motu proprio Summorum Pontificum, regulando el ejercicio del rito latino anterior a la reforma de 1970, subrayó que el Misal Romano publicado por Juan XXIII en 1962 nunca se había derogado. Sin embargo, en muchas diócesis de todo el mundo los fieles y sacerdotes que pretendían mantenerlo fueron despreciados y hasta perseguidos.

Pablo VI, que empezó a aplicar las resoluciones del Concilio, insistió en pilares tradicionales de la Iglesia como el celibato de los sacerdotes latinos y la supremacía del Papa sobre los obispos, y se opuso al control de la natalidad en su encíclica Humanae Vitae, lo que le acarreó una campaña en contra por parte de los elementos progresistas.

En los concilios siempre hay descontentos. En este caso, el obispo francés Marcel Lefebvre aseguró que se rompía la tradición de la Iglesia y agrupó a sus partidarios en la Hermandad de San Pío X. En 1976 fue suspendido a divinis por Pablo VI y en 1988 Juan Pablo II le excomulgó por haber ordenado a cuatro obispos que asegurasen la permanencia de su obra. El obispo rebelde falleció en 1991. Desde 2009, Roma y la Hermandad mantienen conversaciones con el objetivo, por parte de Benedicto XVI, de devolver a ésta al seno de la Iglesia.

El humo de Satanás

El resumen más estremecedor se contiene en la frase del desmoralizado Pablo VI pronunciada en la festividad de San Pedro y San Pablo de 29 de junio de 1972:

Por alguna fisura, había entrado el humo de Satanás en el templo de Dios.

De primavera de la Iglesia a grieta por la que penetra el Enemigo. El Concilio es la bandera en la que se amparan los teólogos modernistas y los sacerdotes y monjas disidentes para continuar su labor de zapa.

Es innegable que la Iglesia ha perdido en estos cincuenta años la importancia y el prestigio que tenía en Europa, pero también lo es que otras partes del planeta el número de bautizados no para de crecer. En el siglo XVI, la Reforma se implantó a sangre y fuego en Centroeuropa y Escandinavia, pero España ganó a América y Filipinas para la fe. En el siglo XXI, el cristianismo se ha convertido en la primera religión de África, mientras los movimientos, tan detestados por el sector progresista, han dado nueva vitalidad a la Iglesia y reciben la bendición de los papas.

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