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La pataleta de los progres con Eurodisney

Su furia contra Eurovegas es igual a la que descargaron cuando Disney anunció que tenía pensado instalarse en Europa.

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Con motivo del anuncio de la instalación de Eurovegas en Alcorcón, los centinelas del Imperio Progre salieron en tromba a atacar el proyecto. A ningún intelectual progre le ha venido importando la prostitución, que llena varias páginas de los periódicos en que publican, pero ahora sí. Su furia contra el proyecto de Adelson es igual a la que descargaron cuando la multinacional de Walt Disney anunció que tenía pensado instalarse en Europa y dudaba entre España y Francia. Los progres corrieron a las tribunas y los estudios de televisión como las divisiones de tanques alemanas a Normandía para defender la Festung Europa de la invasión anglosajona.

En 1983 Walt Disney Company abrió el parque Tokio Disneyland, y su éxito impulsó la instalación de otro parque, el cuarto de la empresa (en 1955 se inauguró Disneylandia y en 1971 Disney World, ambos en EEUU), en Europa. A mediados de 1985 se conocieron las intenciones de la Disney. Dos de los primeros países en que se pensó, Italia e Inglaterra, fueron descartados enseguida, y quedaron Francia y España. En Francia se ofrecieron dos localizaciones, una cercana a París y otra en Aviñón; en España hubo más variedad de emplazamientos: junto a Oropesa (Castellón), entre Santa Pola y el aeropuerto de Alicante, cerca de Denia (Alicante) y entre Ametlla de Mar y Vandellós (Tarragona).

En España, el Gobierno socialista de Felipe González se acercaba al tercer aniversario de su primera legislatura, y la izquierda reinaba hegemónica en la televisión, los periódicos y las editoriales, hasta el punto de que muchas medidas gubernamentales se anunciaban primero en El País. El director de este periódico, Juan Luis Cebrián, reclamaba ceses de ministros desde sus páginas, y el editor, Jesús Polanco, se hizo con el control de la cadena SER gracias al Gobierno. Los columnistas y tribunos principales de El País comenzaron una campaña contra Eurodisney.

Antes una tierra baldía que Bambi

Juan Benet, uno de los más soporíferos novelistas españoles del siglo XX, más aburrido que Rafael Sánchez Ferlosio en El Jarama y más ilegible que Luis Martín Santos en Tiempo de silencio, fue el primero en sentar cátedra, en una tribuna aparecida el 23 de septiembre de 1985:

Pero si hay una industria nociva, ésa es Disneylandia. No tiene que lanzar al mar o a la atmósfera residuos tóxicos porque todo lo que produce es puro veneno. No acabará con la vegetación o la fauna locales, sino con algo cuya reproducción –si es posible– requiere mucho más tiempo y esfuerzo, la personalidad propia. (...) Una tierra esquilmada, una atmósfera enrarecida y una comunidad con escasos recursos serán siempre más habitables que una tierra invadida por Bambys, Gooffys, Plutos y Mickeys.

Al día siguiente Manuel Vicent, que casi treinta años después sigue pontificando en la última de El País, dijo enfadado que no quería que la Disney le estropease el paisaje, que debía creer monopolio suyo:

El viento me llevaba con exquisita perfección hacia el pasado. Pero de pronto oí desde la mar el terrible graznido que tronó en el firmamento. Era el pato Donald. Llegaba con su impúdica desfachatez pavoneando unas pistolas de plástico y le seguía una corte de secretarios con un millón de baúles de California. Había elegido mi paraíso para sentar sus reales y parecía que él mandaba. El pato imponía la ley. ¿Dónde habrá ahora un Este del Edén para huir? Yo no quiero escuchar nunca las carcajadas de este imbécil.

El 27 de septiembre Juan Cueto, que el año anterior había firmado un manifiesto contra una exposición en Barcelona de Tintín y que sería director general de Canal Plus, el primer canal de televisión que emitió películas pornográficas en España, se burló del mundo Disney de la siguiente manera:

La llegada a nuestras costas de la factoría Disney no hace más que sancionar industrialmente un hecho consumado, un pato consumido. Basta echar un vistazo a esos neones, chiringuitos, tiovivos, logotipos, escaparates y camisetas puntiagudas que rodean el Mediterráneo para comprobar que, como en el caso de la OTAN, ya vivimos dentro de Disneylandia. Y si el pato Donald está aquí, y está, lo lógico es que ahora venga el tío Gilito para sacarle la pasta gansa.

Félix de Azúa (El País, 30-9-1985) asoció el Pato Donald con los misiles nucleares de Estados Unidos que defendían Europa Occidental del Pacto de Varsovia:

Es de todo punto impensable que a la instalación de ingenios nucleares americanos en Europa (...) no le siga la instalación en Europa de su imagen sensible. A una acción real le sigue sin remedio su representación cultural. La superficie neutra, muda, indescifrable de las cabezas nucleares ha de tener su imagen, ha de darse a entender a las masas neoanalfabetas mediante cabezas visibles de la cultura americana. Donald, Mickey, Daisy son la presencia sensible del poder real; son, por decirlo así, lo visible de la Telefónica.

Los mismos progres que dicen que abrieron champán para celebrar la muerte del general Franco sin duda repitieron la fiesta el 18 de diciembre de 1985, cuando el primer ministro de Francia, el socialista Laurent Fabius, y el presidente de la Walt Disney Company firmaron el acuerdo por el que Eurodisney construiría su parque a poco más de 30 kilómetros de París.

Los franceses engañaron a Disney

Los franceses, gobernados por el socialista François Mitterrand, demostraron mucha más inteligencia que los españoles, en especial los de izquierdas. Uno de los motivos por los que Disney escogió París fue una encuesta de Sofres hecha en Francia y que indicaba el interés de los ciudadanos por convertirse en clientes del parque. Los votantes socialistas franceses se declararon a favor de Eurodisney en un 89%, por encima de los derechistas, que se quedaban en un 86%. Además, un 78% estaba dispuesto a visitar el parque y gastarse entre 100 y 300 euros al día.

Sólo cuando empezó a construirse el parque, inaugurado el 12 de abril de 1992, y se habían desembolsado los dólares los progres franceses se soltaron el pelo. Jack Lang, ministro de Cultura de Mitterrand entre 1981 y 1986, declaró:

No me encontrarán paseando por Main Street el día 12 de abril de 1992.

Jacques Julliard, editorialista del semanario Nouvel Observateur, escribió en 1992:

La revuelta de mayo del 68 atacaba la bolsa, convoco [sic] un mayo del 92 que incendie Eurodisney.

El periódico Libération, fundado por Jean Paul Sartre, publicó una portada dedicada a Eurodisney con este título: MOUSEWITZ.

Una de las taras del progre, que le incapacita para una vida normal en sociedad, es su irrefrenable sentimiento de superioridad moral respecto a todos sus semejantes, incluso de aquellos que les pagan el sueldo y las subvenciones.

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