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Columna publicada el 14-12-2003
Santiago Carrillo desempeñó un buen papel durante la transición, bastante mejor que el PSOE, aunque a éste nadie le tomaba en serio sus radicalismos, mientras que al PCE nadie acababa de creerle su moderación. Fue el mejor papel en la vida del caudillo comunista. En función de él y de la reconciliación, casi todo el mundo prefirió olvidar otras historias siniestras.
¿Por qué ahora, un cuarto de siglo después, se le recuerda cada vez más en relación con los asesinatos en masa de Paracuellos? Por una razón muy sencilla: porque la izquierda, y él mismo, están inmersos en una campaña incesante por refrescar, con las peores intenciones, los antiguos crímenes y no crímenes de la derecha (meten en el mismo cajón de las “víctimas” a las que realmente lo fueron y a los castigados por asesinatos y terrorismo). La capacidad de rencor de la izquierda, a través de los años y de las generaciones, es sencillamente asombrosa. Y no menos su habilidad para sacar tajada política –y monetaria– de hechos que, sin necesidad de olvidarlos, debieran haber dejado de surtir cualquier efecto político.
Una de las más miserables mentiras de estos turbios jardineros del rencor es la de que “durante cuarenta años las víctimas han sido olvidadas y ya es hora de reivindicar su dignidad”. En los últimos diez años del franquismo ya las víctimas más recordadas empezaban a ser las izquierdistas, y la cosa ha ido in crescendo durante los decenios siguientes, hasta hoy. Lo que ha predominado de manera absoluta, y absolutamente abusiva en los medios de comunicación, y en toda esa literatura y arte de chiste que padecemos, es la referencia exclusiva a las víctimas de uno de los bandos. Las que han padecido en su dignidad y han sido condenadas al olvido han sido precisamente las otras. La derecha, en general, ha tragado, y una parte de ella, a base de callar –otorgando– en aras de una “reconciliación” unilateral, y por tanto falsa, ha llegado a comulgar con buena parte de las ruedas de molino al respecto. Tanto más cuanto que las administraba P. Preston, unánimemente reverenciado a derecha e izquierda, y uno de los mayores fraudes historiográficos de los últimos diez o quince años; o Santos Juliá, y otros de la misma cuerda.
Es muy lamentable tener que salir al paso de esta golfería, pero ya va siendo hora de hacerlo, porque si no, terminaríamos ahogados en la mentira más nauseabunda sobre nuestro pasado. César Vidal lo ha hecho hace poco, con Checas de Madrid, y habrá que insistir en ello.
Carrillo podría haber pasado a la historia fundamentalmente por su actitud constructiva en una época difícil, pero él y todos los demás parecen empeñados en convencernos de que si obraron entonces de manera sensata no fue por convicción, sino sólo por no haberse sentido con fuerzas para hacer lo que les pedía el cuerpo. Lo que está haciendo esa gente, desde Maragall a Anasagasti pasando por Llamazares y muchos socialistas, no enlaza con la transición. Enlaza con la rebelión antidemocrática de 1934, con Paracuellos o con el Pacto de Santoña. Ojalá encuentren entre los españoles todo el desprecio que merecen.

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