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Columna publicada el 18-06-2001
Durante la Gran Corrupción, Rodríguez Zapatero se distinguió por su denuncia de ella. Nadie olvidará sus filípicas en las Cortes, cuando cantaba cuatro verdades a González y exigía a los polanquistas que, por decencia democrática, o por simple decencia, retirasen aquello del “sindicato del crimen”. ¿Y qué decir de su defensa del espíritu de Montesquieu cuando el tandem González-Guerra pugnaba por enterrarlo bajo siete candados? “Por ahí –advertía Rodríguez, todos los recordarán– transformaremos la democracia, obtenida con tan poco esfuerzo de nuestra parte, en un régimen parecido al PRI mejicano, y a eso no estamos dispuestos los auténticos socialistas, los herederos de Besteiro”. Gracias a tales denuncias los daños del felipismo quedaron mitigados, ¡pudo haber sido mucho peor! Nada más natural, por tanto, que el valiente líder fuera elegido para regenerar el PSOE.
En fin, a estas alturas ya puede apreciarse que el rasgo más acusado de Rodríguez es una insustancialidad adornada con buenos deseos y pose de firmeza. Cada semana suelta una genialidad distinta, depende de quién le ponga firmes en el partido, tal vez alguna se le ocurra a él mismo. La última ha sido su apoyo a las tesis de Maragall, acusando al PP nada menos que de “no entender a España”. Él, Maragall, Pujol, González y Arzallus la entienden perfectamente: se trata de volver a la Alta Edad Media más o menos. De impulsar el proceso de balcanización, al que asistimos con más pasividad de la conveniente.
Rodríguez no tiene demasiada culpa. El PSOE nunca fue democrático, sino una de las peores plagas para las libertades. Esa es la verdad histórica, aunque el partido haya logrado “vender” la imagen contraria durante la transición, gracias a lo de la lucha contra el franquismo. A la cual poco contribuyó, dicho sea de paso. La tradición democrática socialista se parece a los “cien años de honradez”: pura habilidad publicitaria.
Al perder el marxismo como referente básico, el partido tuvo la oportunidad de democratizarse de modo efectivo, pero por desgracia todo quedó en palabrería, en recetas y habilidades para seducir a posibles electores y ocupar el poder a toda costa. Esa palabrería, esa corrupción intelectual, está en la base de las demás corrupciones. Rodríguez no ha aportado nada a la democratización del PSOE, pero los demás tampoco. La excepción, al menos en la práctica, han sido los socialistas vascos, al comprobar en su carne las consecuencias de “entender España” al modo de González, Maragall, Rodríguez y compañía. No ha habido regeneración del PSOE, y no debe descartarse que el resultado final sea la disgregación de ese partido. O la disgregación de España. La primera resultaría muy preferible, pese a que algunos creen que la desaparición de un partido así sería una tragedia para la democracia. No lo sería en absoluto.

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