Opinión
Noticias y opinión en la red
Guerra Civil

El elemento emocional

"Stalin defendía la democracia, la libertad, y lo mismo hacía su protegido español, el bando del Frente Popular, compuesto de estalinistas, marxistas radicalizados, anarquistas, racistas del PNV y golpistas republicanos y catalanistas". Visto con frialdad, el aserto revela de inmediato su grotesca falsedad, su sandez sin fisuras. Sin embargo ha servido de piedra angular –a partir de la cual puede imaginarse fácilmente el resto del edificio– a una extensísima historiografía y propaganda, durante más de medio siglo.

Hoy, tan inmensa y manifiesta patraña resulta muy difícil de sostener, por lo que asombra la persistencia de numerosos intelectuales y políticos en repetirla, matizándola aquí y allá, pero sin cambiar su esencia. Es obvio que ellos mismos no pueden creer racionalmente tal cosa, y me he preguntado muchas veces de donde proceden tal empecinamiento y el odio que rezuman contra quienes nos empeñamos en poner de relieve la evidencia.

Están, por supuesto, los intereses creados. Ya desde antes de la Transición se fue construyendo sobre esa tesis una verdadera industria ideológica que, llegado un momento, disfrutó de dinero público a mansalva y de acceso privilegiado, cuando no exclusivo, a los medios de masas. No sería humano esperar que los cientos o miles de beneficiarios de tal situación fuesen a reconocer de la noche a la mañana que habían sido embaucados y habían embaucado, a su vez, a millones de personas más. Tanto su prestigio como su interés material están en juego con demasiada crudeza como para que no intenten defenderlos a toda costa. A costa de la verdad, en fin. Por ello miran la discrepancia como algo más que una posición intelectual distinta y discutible: la miran como una amenaza directa a un estatus ya alcanzado.

Pero en bastantes casos hay algo más que interés práctico, hay también un elemento emocional, de identificación con el propio pasado. Ciertamente algunos de los patrañófilos lucharon contra el franquismo asumiendo riesgos personales; y muchos más se opusieron a él, aunque su oposición no pasara de la lectura de Triunfo o Cuadernos para el diálogo, de frecuentar espectáculos "progresistas" y pagar generosamente algún Mundo obrero, o incluso de viajar a Perpiñán o a Biarritz para ver películas pornográficas. La mayoría tal vez ni eso: proceden directamente del franquismo y se han inventado una historia personal de disidencia en la que han llegado a creer más o menos.

Pero las invenciones biográficas no vienen aquí al caso. Lo importante es que no pocas de esas personas identifican la Gran Patraña con su juventud, con la época dorada de las ilusiones, del empuje vital, cuando se sentían capaces de rebelarse, movidos por algún ideal elevado, antes de naufragar en "las convenciones y trivialidades". Renunciar al embuste les parece renunciar también a la mejor parte de su vida, o la más idealizada, lo cual refuerza su apasionamiento y su argucia: "¿Cómo va a ser falso algo que se ha repetido tantas veces en todos los medios, que lo han sostenido y sostienen tantos historiadores 'de prestigio'? Sólo unos fascistas, unos franquistas despreciables pueden pretender tal cosa, y a esa gentuza hay que aplastarla sin miramientos". Rejuvenecen, vuelven a sentirse luchadores. Es bien sabido que el factor emocional influye a menudo mucho más que el racional en la actitud y la conducta humanas.

De quienes no llegaron a conocer el franquismo no hace falta hablar. Su credulidad interesada resulta mucho menos defendible.

Lo más popular