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Columna publicada el 19-02-2002
Me han puesto los pelos de punta la palabras de la directora del instituto de El Escorial sobre la niña musulmana. Decía que intentaría convencer al padre de que renunciase al velo por ser "lo mejor para su hija", y para que la chica no se sintiera "distinta de los demás". A esa señora sin duda le parece normal que las chicas vayan, como suele ocurrir, con tatuajes y chatarra pinchada por la cara, o con atuendos prostibularios, como decía un célebre poeta satírico muerto por suicidio, y en cambio le escandaliza una pañoleta sobre la cabeza. Para la buena señora, la niña debía sentirse "como los demás", es decir, como el rebaño de botelloneros que fabrica la muy mal llamada educación pública. Debe ser la "educación en valores", de que tanto se habla. Suerte tendría la chica si lograra no sentirse "como los demás".
El asunto es ciertamente nimio, pero ha dado lugar, más bien ha servido de pretexto, a un extraño debate nacional, en el que sólo se ha abordado a medias el problema auténtico: el de la asimilación, difícil por lo menos, o quizá imposible, de una masa ya muy grande y creciente de musulmanes. ¡Ojalá todas las dificultades que nos trae el Islam fueran como la del dichoso velito!
El problema tiene dos vertientes: una, el de la formación de guetos en los cuales ni la Constitución ni las normas legales comunes tienen entrada. Guetos donde se practica la poligamia, a veces costumbres como la ablación del clítoris, donde la igualdad jurídica entre ambos sexos no tiene realidad ninguna, y las tensiones sociales se multiplican, soterradas a veces, estallando en reyertas y conflictos abiertos otras.
La segunda vertiente es la actitud del mundo musulmán, que en buena medida sigue considerando a España como Al Ándalus y no se resigna a la "tragedia" de su pérdida. España es el único país del mundo que después de ser islamizado retornó a la cultura europea y al cristianismo, pero si Alá lo quiere, y por qué no había de quererlo, esa tragedia podría enmendarse. Muchos inmigrantes musulmanes actúan en España con arrogancia llamativa, empleando sin inhibiciones, pero a menudo torticeramente, unas libertades ausentes en sus países de origen, estigmatizando como "racismo" cualquier oposición a sus pretensiones. Ahora en Marruecos denuncian la "intolerancia española", por lo de la niña de El Escorial. Pues no faltaba más.
Un reciente libro empieza a dar claves sobre esa actitud y sobre las maniobras de los gobiernos marroquí, saudí y quizá otros. Conociendo la historia y la mentalidad islámica, podemos dar por descontada esa política, que tendrá manifestaciones más serias conforme pase el tiempo y los núcleos musulmanes se sientan más fuertes. Desde la invasión islámica, y durante muchos siglos, España ha sido un país de frontera, y me temo que ahora vuelve a serlo, debido, en gran parte, a una política seudohumanitaria, irresponsable y demagógica. Algunos han querido ver en lo del velo el comienzo de una serie de claudicaciones peligrosas en nuestros valores. A mi juicio no es así. Las claudicaciones son otras, mucho más dañinas, y "nuestros valores" han sufrido tal erosión que a menudo es imposible decir en qué consisten.
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