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Columna publicada el 12-05-2002
A veces salen en nuestras mugrientas televisiones personajes logrados. Uno de ellos, en programas juveniles, es Rocko Alicates, acompañado de una chica sabidilla y espabiladilla, llamada Cibercelia. Me parecen dos personajes, dentro de la caricatura, muy representativos. Rocko es un chaval buenazo, torpón, perfectamente romo en cuanto a intereses o inquietudes, contento consigo mismo y por ello mismo gracioso a su manera. Se le adivina forofo del rock o sus derivados más modernos, solidario con esto o lo otro que le puedan indicar sus mentores del Club Disney o similares, aficionado a “practicar botellón”, como decía una chica del “Consejo de la juventud”, institución burocrática de la Comunidad madrileña dedicada, como tantas otras, a la estafa ideológica. A Rocko, en suma, le encanta pasárselo “chachi”, le gustan las cosas “guay” y “díver”, y lo ultimo que desea es “comerse el tarro” con “malos rollos”. Esa filosofía de la vida la ha aprendido en la escuela sociata –que sigue siendo sociata–, se lo enseñan los macarras que programan la tele, hermanos gemelos suyos, pero, de colmillo retorcido, nada buenazos. A Rocko Alikates todavía no le obsesiona la “pasta” –sólo le atrae con fuerza–, aunque eso cambiará en cuanto crezca un poco.
Recientemente oí en la radio a un responsable político de asuntos juveniles ponderar la magnífica juventud española actual, la mejor, la más preparada de la historia, la más sana, la más no sé qué y no sé cuánto. Estas cosas se decían mucho en tiempos sociatas, para atraerse el voto juvenil a base de halagos y complacencias, pero la demagogia, por lo visto, es muy contagiosa. Claro que una cosa es buena o mala según se mire. El botellón, el consumo de drogas, el alcoholismo, el fracaso escolar, la delincuencia juvenil, el embarazo y aborto de adolescentes, y otras muchas plagas se han extendido sin cesar en los últimos veinte años. No obstante, ¿son plagas o manifestaciones de progreso y de calidad de vida? Innumerables políticos de izquierda, pero también de derecha, han defendido de muchas maneras todas esas cosas, y han desacreditado cualquier oposición a ellas como “retrógrada” o “represora”. En el mejor de los casos las han presentado como pequeños males que acompañan al progreso, nada grave.
Naturalmente, cuando generalizamos siempre somos excesivos, y atribuir tales o cuales rasgos a “la juventud”, o la “generación joven”, en bloque, es entrar en el terreno de la falsificación. Pero aun teniendo esto en cuenta, los fenómenos concentrados en uno de ellos, el “botellón” (ya el torpe nombre indica su carácter chabacano), tienen tal envergadura que da pie para caracterizar a buena parte de la juventud: la que podríamos llamar “Generación Rocko Alicates”, en honor del logrado personaje.

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