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Columna publicada el 08-03-2002
El director del instituto en que yo estudiaba en mis años mozos hizo un viaje a Usa, y a la vuelta dio una conferencia. En aquel país, nos informó, la familia era muy distinta. Los dos cónyuges trabajaban casi siempre fuera de casa, a menudo con horarios distintos y apenas se veían o veían a los hijos. Quedamos asombradísimos, pero el hombre volvía deslumbrado, y todo le parecía bien. Recuerdo el comentario de un oyente: en España las mujeres eran muy "señoritas", no querían trabajar, y así nos iba. Desde entonces hemos progresado mucho, y aquel tipo de familia useña se ha vuelto corriente. La "mujer trabajadora" se ha convertido en un ideal y se ha despreciado profundamente a la que se ocupa de su hogar y de educar a los hijos. Para la mentalidad reinante, incluso las prostitutas ocupan un lugar superior –implícitamente, ya que rara vez se habla con tal crudeza–: "trabajadoras del amor" las llamaban ciertos políticos sociatas; "un trabajo como otro cualquiera", en la mentalidad impuesta en estos tiempos.
Efecto típico de las ideologías es la introducción de un lenguaje "envenenado", como decía Hayek, que se pega a la vida corriente, enturbiando los significados y estereotipando el pensamiento. Buen ejemplo de ello es la consigna de "la mujer trabajadora", cuyo día ponderan en todos los tonos políticos e ideólogos, todos en plan feminista, y siempre con la misma cantinela: "hemos avanzado mucho, pero queda mucho camino por recorrer". Y así un año y otro, un decenio y otro. El ama de casa, la "maruja", no trabaja, o en todo caso su labor es desdeñable, una esclavitud, y la casa una prisión, mientras que cuando pasa a ejercer de guarda jurado, de ejecutiva agresiva o de obrera en una fábrica, "se libera".
Muy lentamente nos vamos percatando de hasta qué punto la función tradicional de la mujer es esencial para mantener la cohesión familiar, la transmisión de la cultura y, en general, la salud mental colectiva. Y no hay que ser ningún lince para ver la relación entre la ideología feminista y la disgregación de la familia, no sustituida por algo equiparable, la insania juvenil, tan bien descrita en un reciente artículo de Alicia Delibes, y mil fenómenos de embrutecimiento social que ya no nos chocan porque se han vuelto masivos. Sin que lleguemos a acostumbrarnos a ellos, por el malestar, sordo o agudo, que llena la vida, y que la ideología justifica como un coste insignificante, o atribuye –como hacía el stalinismo– a que todavía no hemos "avanzado" lo suficiente.
¿Es posible cambiar esta dinámica? No soy optimista. Las grandes guerras primero, y las urgencias del consumo después, han sido el motor de esas transformaciones, en las que el feminismo ha actuado sólo como refuerzo. Y la urgencia del consumo es hoy más acuciante que nunca. Lo que llaman "calidad de vida" impone muchos sacrificios: ¿qué familia corriente puede mantenerse hoy con un solo sueldo? No quiero decir que no exista salida, pero ella, desde luego, no será fácil ni vendrá de la simple lamentación o condena de esta realidad.
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