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Historia de España

¿Para cuándo el debate, señor Ucelay?

El profesor Ucelay Da-Cal ha escrito un artículo titulado “Pío Moa como síntoma” en la cadena de El Periódico. Según él, en España no existe una “cultura cívica” ni “lealtad sistémica”, y por ello “se hace imprescindible para cada facción poseer su historia y ejercerla como si de un mandoble se tratara”. A su parecer eso, precisamente, ocurre conmigo: “Si su aportación sirviera para civilizar el contexto historiográfico y recordar puntos de vista subestimados por la moda hasta ahora dominante, sería una aportación. Pero mucho me temo que refleja la ancestral cultura de la guerra civil, en la cual, como inteligencia, Moa se formó”.

Creo que el señor Ucelay exagera y continúa una corriente un tanto pesada e insustancial de pesimismo sobre España. En todos los países existen versiones de la historia divergentes y hasta encontradas. A veces, la discrepancia da lugar a saludables y fructíferos debates, y otras veces a simples encontronazos en los que sólo brilla el fanatismo. A mi juicio, mi crítico podría aplicar su pesimismo más bien a la insuficiencia de una “cultura académica” en nuestras universidades. Insuficiencia manifiesta, entre otras muchas cosas, en la reacción ante Los mitos de la guerra civil, recibido con imprecaciones y maldiciones, desvirtuaciones de mis tesis e incluso exigencias de aplicar la censura, pero sin un verdadero intento de rebatirme con argumentos, salvo por la loable excepción del profesor Moradiellos en El Catoblepas y en Revista de libros.

He escrito varios libros de análisis sobre la república y la guerra civil que, evidentemente, no son del gusto del señor Ucelay. Está en su derecho al disgustarse, pero si quiere traducir ese sentimiento en algo de valor en el terreno académico, deberá molestarse en examinar el libro en sus propios términos y demostrar su veracidad o no veracidad. Ya sé que tiene cosas más importantes que hacer, pero, puesto a opinar, debiera prescindir de lucubraciones facilonas y de adjudicarme gratuitamente un espíritu guerracivilista, como han venido a hacer tantos otros. Cada vez estoy más convencido de que el mayor mal de España es la pereza mental, con la que tropezamos en los lugares más insospechados. Edison decía que la gente, con tal de no pensar, era capaz de cualquier cosa. Estamos en el paraíso de esa gente. ¿Alguna vez emprenderemos un debate racional y con un mínimo de altura académica?

He mandado una carta de respuesta a El periódico, naturalmente sin mucha esperanza de publicación, dados otros precedentes. Conste aquí el suceso.