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Columna publicada el 15-06-2001
En Túnez y en Marruecos se encuentran restos de ciudades romanas mucho mejor conservadas que en España. Atraen turismo y nadie negaría a esos países la propiedad de ello, pero está claro que no forman parte de sus culturas. La cultura magrebí es fundamentalmente árabe y bereber, aunque tenga algunos rasgos secundarios latinos, heredados de un pasado remoto (la influencia reciente de Francia y España es otro asunto). La conquista árabe del Magreb dio, precisamente, el golpe de gracia a la cultura latina, antes tan importante en la región, y ya debilitada por los vándalos y la expansión de los moros no romanizados al caer el Imperio Romano. No podemos juzgar si ello ocurrió para bien o para mal. Lo que cuenta es que los actuales magrebíes, con todo derecho, son y se sienten ajenos a la herencia latina, a su idioma, a sus leyes, al cristianismo.
España pudo haber seguido la suerte del Magreb, pero aquí sucedió lo contrario: la herencia latina y cristiana conservó fuerza bastante para restablecerse tras la invasión islámica y recuperar la península, quedando la cultura árabe más o menos como la latina en África del norte: como restos arqueológicos, más algunos préstamos en el idioma y las costumbres. Pero a veces, como con motivo de la reciente reconstrucción de Medina Zahara, diversos políticos y seudo-historiadores nos incita a considerar aquella cultura como “cosa nuestra”, y hacen de esa mixtificación una prenda de tolerancia y modernidad. En España, bajo el arco de triunfo de un supuesto progresismo, no paran de desfilar las falsificaciones históricas, que a menudo no supera el nivel de simples “trolas”.
Durante la Edad Media lucharon en la península dos concepciones políticas, España y al Ándalus; dos culturas, la latina y la árabe; y dos religiones, la cristiana y la islámica, en una época en que la religión definía decisivamente a los pueblos. De esa lucha salió lo que hoy somos: España ha sido el único país islamizado que volvió al cristianismo. De otro modo, hoy hablaríamos árabe, profesaríamos mayoritariamente el Islam y tendríamos mucho más en común con Marruecos que con Europa. Pero, en fin, todo ello tuvo que repasar el estrecho, junto con grandes masas humanas. Si alguien es heredero legítimo de la cultura andalusí, como algo vivo y no como recuerdo histórico o arqueológico, son los marroquíes. Los andalusíes se llevaron muy mal con ellos, al punto de preferir, a veces, las imposiciones de los cristianos a la protección de sus hermanos de África, pero en conjunto fue con éstos con quienes se identificaron. España es la propietaria de los magníficos edificios dejados aquí por el poder islámico, pero pasar de ahí a “apropiarnos” su cultura no sólo entraña una falsificación sino una usurpación.

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