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La Vanguardia

¡Vivan las caenas!

Que una gran parte de la prensa esté contra las libertades, y más concretamente contra aquella que más le afecta, la de expresión, debería ser motivo de verdadero escándalo, pero a esa situación ha llegado este país. Hace años, cuando una minoría de los medios sacaba a la luz las miserias del partido de los "cien años de honradez" y la "ética", el Grupo Prisa, empeñado en ocultar y proteger la delincuencia, tuvo la osadía de acusar de "sindicato del crimen" –injuria feroz y autodescripción a un tiempo– a los periodistas demócratas, entre quienes estaba en primera fila Jiménez Losantos.

Ahora el sindicato, con La Vanguardia como fuerza de ídem y al parecer muy preocupada por las críticas a Rajoy y compañía, renueva sus intentos de silenciar a la COPE. Obsérvese bien: no es que difiera de las críticas de la COPE e intente rebatirlas, como ocurre en cualquier democracia normal; es que intenta amordazar a los críticos. Más o menos lo que han intentado e intentan en relación con mis escritos, aunque ahora en un plano mucho más vasto. En Cataluña, lo he comprobado reiteradamente, ya han logrado imponer esa mordaza sobre una prensa corrompida (intelectualmente, al menos) hasta el tuétano. Es la larga pervivencia del espíritu del "Vivan las caenas", del "Lejos de nosotros la funesta manía de pensar".

Ese prurito dictatorial, inquisitorial, lo comparten in crescendo los dirigentes rajoyanos del PP, que así nos dan una lección práctica del sentido de su famoso cambio. Tomó la iniciativa Gallardón, punta de lanza del centrismo (ya vemos en qué consiste). El político se siente injuriado porque Jiménez Losantos ha dicho simplemente la verdad: que desentenderse de la investigación del 11-M, "obviarla" so pretexto de "mirar al futuro", significa insolidarizarse con las víctimas y contribuir al oscurantismo oficial. No importa si Gallardón coincidía entonces con la línea del PP o no, sino el sentido real y práctico de ese futurismo desenmascarado sin lugar a dudas por Federico. Recuérdese, además, cómo a raíz de la matanza la primera preocupación del alcalde, o una de las primeras, fue acercarse a la comunidad musulmana para mostrarle su apoyo, como si dicha comunidad hubiera sido la víctima del atentado. Hay gestos definitorios y definitivos.

Jiménez Losantos es el hombre que por defender la libertad de todos fue secuestrado y tiroteado por los separatistas catalanes; que ha sufrido el antenicidio con que el sindicato liberticida quiso silenciarle; que por defender la democracia española debe vivir bajo la amenaza de los "trágicos accidentes", como les llama el indigno jefe del Gobierno; que tan destacadamente contribuyó a impedir la consolidación de un régimen de delincuencia en tiempos de Felipe González... En fin, él es uno de los más destacados defensores de nuestra frágil democracia, alguien muy distante de los señoritos profesionales de la política, del PSOE o del PP, siempre dispuestos a prosperar en cualquier situación y a adaptarse a lo que haga falta.

Afrontamos una ofensiva en toda regla, y desde instancias muy altas y poderosas, contra la libertad de expresión, precisamente la libertad que salvó al país de una deriva a la mexicana del PRI, dirigida por Felipe González; involución política que ahora vuelven a intentar corregida y aumentada. Ofensiva concomitante con otras: la del diálogo, de los negocios con los asesinos etarras y su contrapartida inevitable del acoso a las libertades y a las víctimas del terrorismo.

Las asechanzas del sindicato, el Gobierno y los rajoyanos contra la COPE y especialmente contra Federico nos atañen a todos y todos debemos defendernos de ellas. Demuestran la atracción de la tiranía y nos amenazan con la repetición de viejas historias que los "rojos" falsifican impunemente, amparados por los futurismos cómplices de los Rajoy o los Gallardón.

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